Vacaciones #10

Empleo media tarde en leer un cómic alucinante (El Arte de Charlie Chan Hock Chye). Si no he entendido mal –la trama– se trata de la biografía ¿ficticia? de un dibujante de cómics mítico y de escaso éxito de Singapur –sí, Singapur y sí, llevo gafas de pasta– a través de la que se reconstruye la historia de Singapur/Malasia desde el colonialismo, la segunda Guerra Mundial, pasando por el proceso de la unión con Malasia hasta la época de “prosperidad” (y las restricciones a las libertades) capitalista tras su independencia y, quizá, también algo de la historia y las reflexiones políticas del propio dibujante (real) de este cómic (Sonny Liew). El dibujante real reconstruye incluso los bocetos reales del dibujante falsamente biografiado. El efecto es, obviamente, de un realismo absoluto. De hecho, aún no sé qué es falso y qué es real (antes de entrar en Internet y enterarme de los detalles, si es que eso vale remotamente la pena). Por si la dificultad –y el placer directamente proporcional– fuera poca, todo se entremezcla con cientos de referencias gráficas a otros dibujantes, incluso a la Comic-Con de San Diego (dibujada en formato Hergè), donde, por cierto, se otorga el Premio Eisner –el “Nobel” del cómic–, cada año, desde 1988.
Y así acaba la historia: premio Eisner (para este cómic). Y premio para Amazon (por traémelo: por encontrar en solo 24 h, esta casa apartada cerca del acantilado) y premio a la resistencia para este sillón orejero donde ya he dejado hueco después de varias horas de lectura intensiva/inmersiva. Con los cómics tengo una relación ambivalente (como con casi todo, aunque a veces también tengo relaciones tri, tetra o polivalentes, según el día): los buenos, los que me gustan, los disfruto tanto que no puedo dejar de leerlos hasta que los acabo de un tirón. No me dejo nada, no me reservo un poco de placer para otro momento. Binge-reading, diríamos.
Ahora, después de esta lectura, pienso que esto que escribo aquí estos días, estos posts, son algo similar: construir la historia de un veraneante ficticio, de escaso éxito en términos de veraneo convencional, reconstruir sus comidas, sus lecturas, sus pensamientos. Y falsearlo todo y que, a la vez, sea verdad.
Literatura del –falso– yo de baja intensidad, digamos. Y todo sin citar –aún– a Walter Benjamin. Mierda, se me escapó.

Vacaciones #9

Las mañanas, entre semana, son de una especial tranquilidad. No se oyen más que los ocasionales pasos de algún turista, veraneantes, corredores de aspecto y edades diversas y algún ladrido lejano al que contesta nuestro perro –supongo que para los perros no hay distinción del hogar propio: donde estemos todos es el lugar que hay que defender, reivindicar; de alguna forma son y no son nacionalistas, simultáneamente–.

Me dedico a hacer fotografías por la casa: de los cuadros, de las estanterías –de los lomos de los libros, claro–, de algunos detalles extraordinarios como una pequeña concha repleta de dimuntas caracolas casi transparentes, de una perfección extraordinaria. Pienso en cómo y por qué habrá llegado hasta allí, al pequeño estante frente a la cama de matrimonio del dormitorio principal, la labor de recolectar las caracolas, limpiarlos, la voluntad de guardarlas, año tras año. Y como ese, el sentido de cientos de objetos: botellas de cristal tallado, pósters, postales enmarcadas, juegos de té, un reloj antiguo (detenido), un reloj moderno (funcionante), álbumes de fotos, cucharillas, tinteros, el piano de pared, alemán (también en el dormitorio).
No resolveré a John Malkovich pero las fotos me ayudarán, después –en una especie de labor forense– a la reconstrucción de una historia inventada. Los libros que parecen sin estrenar compitiendo con los de lomos arrugados permitirán saber cuáles se usaron más, cuáles leyó o leyeron, imaginando quién y cuándo. Los objetos sencillos al lado de los caros suponen –pienso–un especial significado de los primeros. Pistas, huellas, falsas o verdaderas, eso es lo de menos. El resto lo hará la –falsa– reconstrucción, la fantasía.
(También podría preguntarle directamente a la propietaria, cuando venga en unos días, cuando marchemos. Pero esto no tendría mucha gracia).
Las mañanas, supongo, siempre deben haber sido tranquilas aquí, mecidas en el sonido del oleaje: el mar junto al paseo. Creo que veo, desde tan lejos y tan improbablemente, pasear a la chica que se parece a Jaqueline Bisset. Bonito contraluz. Fantasía, digo. De forense.

Vacaciones #8

Nos regalamos una pequeña excursión en velero para ver la costa desde el mar. Vamos toda la familia, una pareja de argentinos y una mujer de Valladolid. La excursión, tan solo 2 horas costeando, incluye cervecitas (!) y música latina (?) como valor añadido. Ayer hubo lebeche, dice el capitán –nosotros aún continuamos discutiendo–, y el mar está un poco movido, así que navegamos con un considerable cabeceo que nos adormece. Las cervezas también ayudan, probablemente. Fondeamos a mitad de trayecto, nos lanzamos al agua. El mar, aquí, supera cualquier inmensa e imposible piscina, con dos o tres mil tonos de azul y verde mezclados con haces de luz, brillos que deslumbran. Vemos una raya huyendo de nosotros, volando a ras de arena y escondiéndose luego, muy segura de su habilidad para despistarnos, enterrándose en el fondo. El barco oscila –se ve enorme desde el agua– y regresar a bordo por la escalerilla es lo suficientemente difícil para que resulte divertido. La mujer de Valladolid parece algo mareada, pero sonríe, entre pálida y verdosa, encantada de disfrutar de la experiencia. Volvemos a puerto mientras las gotas del mar nos salpican la cara y nos refrescan del sol. Más cervecitas –Steinburg, claro: Mercadona también ha conquistado el mar–: sonreímos, todos.
Cuando arribamos –nótese el escrupuloso vocabulario marinero, esto en tan solo 2 horas de travesía– a tierra, sanos y salvos y como deben hacer cada día los hombres (y mujeres) del mar, damos gracias a Dios (o a Poseidón): no ha sonado “Despacito”.

Vacaciones #7

Desde la casa contemplamos el mar y los barcos que concurren, generalmente por la tarde, junto al cabo. Las proas nos señalan la dirección del viento e intentamos averiguar, por algún motivo –quizá como un juego– el nombre del viento, la eolionimia, dice Wikipedia –en la playa, en todas partes, también hay Wikipedia–. Discutimos si es jaloque o lebeche. En cualquier caso, apenas se trata de una brisa, la tarde se hace húmeda, algo pesada, el viento entra por la ventana de la cocina como si no quisiera molestar, como un invitado que quiere cerciorarse antes de pasar de que no estamos durmiendo la siesta, y nos trae noticias del Sahara, del Sahara que también seremos, pienso. Me acuerdo de aquella película, Muerte en Venecia, del siroco que envuelve toda la película de calor, de fiebre, de enfermedad –de amenaza de enfermedad–, que arruga los trajes de lino y derrite el tinte del pelo –terminal– de Dick Bogarde. Poco viento, apenas una brisa. Será Jaloque, supongo: la proas señalan al sudeste y la Wikipedia no puede equivocarse. Para completar el cuadro debería poner algo de Mahler en Spotify pero hace demasiado calor. Y esto no es Venecia, me temo / me alegro. Lo consultaré, no obstante, en Google Maps, no vaya a ser. Siroco.

Vacaciones #6

Leer es una posibilidad real en vacaciones. Me refiero a leer en largo esos libros que has ido aparcando porque te parecían demasiado voluminosos o complejos para dedicarles solo algunos minutos antes de dormir o algunos huecos de fin de semana entre la compra de Carrefour y una cena de amigos. Los libros tienen que competir con esas cosas, esperan pacientes.

Como cualquier objeto que traslada información, el libro no se hace real hasta que se utiliza. En el libro no hay nada hasta que lo lees y solo mientras lo estás leyendo. Es como el gato de Shrödinger en papel: la historia puede estar o no estar, el o la protagonista puede o no solucionar su conflicto, puede no haber conflicto ni final, puede que no lo acabemos, que la historia se termine cuando decidamos abandonar el libro porque no nos interesa, porque nos aburre (o porque nos supera: hay libros como ochomiles, que te dejan sin oxígeno y no pasas del campo base). Recuerdo hace un par de años, otro verano, leyendo “La parte inventada”, un libro enorme y hermoso que me transportó a la necesidad de leer otro libro enorme y hermoso, “Suave es la noche”, un lugar donde soñar la Costa Azul y donde experimentar –en palabras ajenas, tan cercanas– el deterioro, la erosión, la impotencia. Luego vino la serie Z en Amazon Video, con Zelda y Scott tan modernos, tan clásicos, amenazados de esa misma erosión: toda escritura es más o menos autobiográfica, toda lectura también lo es, de algún modo. Un libro, un universo, Fitzgerald, de nuevo, después.
Empiezo “La parte soñada”, otro libro que Rodrigo Fresán ha escrito para mí, aunque él no lo sabe. Me temo que esta vez me lleva a Nabokov, Pale Fire: me estoy haciendo un ingenuo autospolier con sólo un 10% leído, 7 horas restantes, dice el e-book. Tiempo por delante, eso son las #vacaciones.

Vacaciones #5

Resulta curioso pasar estas dos semanas en una casa ajena. La propietaria, que vive aquí el resto del año, nos ha dejado todas sus pertenencias –vajilla, ropa de cama y toallas, objetos decorativos y libros– en su lugar original, sin reservar ni llevarse nada, a nuestra disposición. Me siento como los personajes de aquella estupenda película “Cómo ser John Malcovich”, habitando una cabeza ajena, aunque solo sea por unos días. Podría quedarme aquí, encerrado varios años leyendo todo lo que estas pobladas estanterías ofrecen. Desde Virginia Woolf a Maupassant, desde Kipling a Zweig, de Gide a un librito semianónimo sobre Pink Floyd. Los libros que yo he traído para este tiempo y que he colocado cuidadosamente sobre un aparador modernista, apoyados entre un bronce Renoir-like y una terracota de aspecto indígena (indígena de alguna parte, no sabría decir, quizá mejicana) parecen sentirse amenazados ante tantos clásicos, tantas colecciones de Premios Nobel y Cervantes y Planetas que les miran, perfectamente encuadernadas, desde las estanterías que rodean el salón. En el periódico entrevistan a Rodrigo Fresán y dice que la lectura mató a la lectura. Creo que mis libros estarían de acuerdo, si los entrevistaran.
Cientos de objetos, fotografías, detalles. No sé por dónde empezar a ser John Malcovich. Hay unas tazas de Duralex de colores pálidos que me recuerdan tardes de una infancia muy, muy lejana. Quizá por ahí, por un café en taza ajena.

Vacaciones #4

Compro en Mercadona. Me impresiona que alguien haya tenido la capacidad de generar(nos), a la mayoría (es curioso, esto de las mayorías) un apetito universal por la uniformidad del consumo, por las escasas posibilidades de variar el objeto que se adquiere: un sólo melón piel de sapo, dos marcas de detergente de prendas delicadas, un humus (“clásico”) y otro (“mediterráneo”), un jamón york, dos marcas de queso fresco, etc. Pienso que, al final, el comunismo burocrático de Stalin ha triunfado, solo que en un formato más sofisticado y de aparente libertad: un consumismo lowcostósico. Todos –alemanes, italianos, españoles de distintas nacionalidades– al fin somos la misma masa proletaria gracias al capitalismo del padrecito Roig. La paradoja Mercadona: el Gulag somos nosotros mismos, junto a la pescadería (siempre la misma merluza, la merluza global).
Pronto, con todos ustedes: Hacendado Times, Hacendado News, Hacendado Cars, Hacendadocracia.
El objeto es contingente, la Marca Blanca, necesaria. Agrupémonos todos en la caja final.