#elurbanauta5_ciudad(i)real

Plano medio.

#elurbanauta aparece de pie frente a un aula con los pupitres vacíos [el plano intenta identificar a los lectoespectadores como los alumnos que no están, y a #elurbanauta como el profe que no es]. A su espalda una pizarra clásica, color verde. Una tiza en la mano.

“Buenas tardes. Bienvenidos a un nuevo capítulo de #elurbanauta. En tiempos de estricta globalización, les voy a comentar cosas que sólo he podido hacer en Ciudad (i)Real, hace unas semanas” nos dice, mirando a cámara.#elurbanauta se vuelve, nos da la espalda –qué expresión tan extraña, “dar” cuando en realidad, te quitan–, comienza a escribir en la pizarra.

“Cosas que solo puedes hacer en Ciudad (i)Real”, titula, en mayúsculas.

Comienza a escribir una serie de guiones bajo el título [la escritura se mezcla con imágenes de #elurbanauta en la ciudad, cámara subjetiva al hombro, que ilustran cada frase/escena].

Voz en off.

Pasear, ser un flâneur manchego, que no es poca literatura. Atravesar el parque Gasset, la Plaza Mayor, la Plaza del Prado. Ver unos buzones (independientes) en la Catedral dedicados a “Limpieza” y “Calefacción”, con objeto, suponemos, de promover una caridadfinalista, diríamos. Tomar café muy malo en tres ocasiones consecutivas. Comer un “menú de Navidad (!)” en un restaurante el 20N, quizá conmemorando el día de los Derechos del Niño. Rechazar el ofrecimiento del –presunto– periódico “La Razón” en una cafetería de la Plaza Mayor, donde el café, esta vez sí, estaba bien. Preguntarme por el concepto “neogótico”, también en la Plaza Mayor, mirando atenta y horrorizadamente al edificio del Ayuntamiento. Pensar que Calatrava tampoco está tan mal. Ver cómo la Policía desarticula un campamento de familias aparente y extremadamente pobres que habían hecho una (preciosa) hoguera junto a mi hotel de cuatro estrellas. Pagar 3€ por cinco o seis manzanas austríacas en un supermercado con mi iPhone, con la app “wallet”. Pensar en el fin de la civilización tal como la conocemos. [“Másqueahorro” se llama el supermercado ¿qué hay más que el ahorro?] Hacer tiempo en una cafetería ruidosa para ver una atracción local: el carrillón, donde, a las ocho en punto, aparecen autómatas (?) de figuras relacionadas con El Quijote. Pensar que Cervantes aparece siempre un poco desmejorado, ojeroso, en todas las representaciones de su aspecto. Pensar, acabada la música y el movimiento de los autómatas, en el sentido último de la palabra “postmodernismo”. Llorar, casi. Oír en Spotify una versión maravillosa de “Don’t think twice it’s alright” de Chris Tile y Brad Mehldau y compartirla en el FB de La Momia. Perderme mientras corría (congelado) junto a la Puerta de Toledo. Admirar, echando vapor por la boca y la espalda, la elegancia de su arco de herradura: pensar que la arquitectura actual lo ha tenido muy difícil, definitivamente. Asistir, todas las mañanas de una semana, a una Master Class de lo mío. Hacer amigos, gente estupenda. Pensar “que esto dure” y disfrutarlo. Hacer fotos raras. Intentar robar una cucharilla de café en un bar para comerme el yogur –nacional– que compré otro día en “Másqueahorro” y que tenía semirefrigerado en el minibar del hotel. Desistir no por motivos éticos sino porque ví una cámara de seguridad en la esquina del techo. En serio. Pasar frío, más frío. Alegrarme al ver en la tele que condenan a Mladic, aunque la justicia siempre llegue tarde. Hablar por teléfono con L. mientras paseo y veo y le comento lo bonita que es la Iglesia de San Pedro. Disfrutar el escaparate de una librería preciosa. Pensar que el frío hace mejores librerías. Contener el impulso de comprarme un/varios libro/s que no tendré tiempo de leer. Admirar un pabellón de balonmano de dimensiones olímpicas, prácticamente abandonado. Ver casi-urbanizaciones en la frontera que dibujó la burbuja inmobiliaria, una frontera que comparten todas las ciudades de España. Pensar en un Google Maps de la burbuja que una con una línea de puntos todos esos no lugares. No ver esteladas. Ver un niño jugando al balón vestido con una camiseta del Barça (¡de Piqué!).Hacer balance. Da positivo.

Se gira, mira a cámara. Sonríe. Sonríe raro #elurbanauta

[Fundido a negro].

Títulos de crédito. Creative commons #elurbanauta, etc.

En su proveedor de contenidos favorito. Visitez Ciudad (i)Real.

#elurbanauta_4: palos

Hoy, en un nuevo programa de #elurbanauta entrevistamos a Gonzalo Criptana, sociólogo.

Hola Gonzalo.

No, no hace falta que sonrías.

Has escrito algo así como que, en la actualidad, nuestra cultura se enmarca entre dos palos –como una acotación se enmarcaría entre dos guiones–: el palo de selfie y el palo de los que no tienen más expectativa que rebuscar en los contenedores y llenar con algo potencialmente vendible/intercambiable su carrito robado del Carrefour. Has definido la nuestra como una civilización/rizoma atrapada en un rango que oscila entre el bitcoin y la quincalla, los servidores y los contenedores de basura, el Doodle de Google y (esta es buena, ahí estuviste fino, Gonzalo) el dolor de los estómagos vacíos. Eso estuvo bien, analógico, jaja, ¿lo pillas, Gonzalo? Claro, sí, pero no era esto lo que quería comentarte. Sigo. No, no digas nada, no es el momento. En tu libro “(Extra)Ordinarios: Esquemas para una nueva antropología del desahucio” realizas una vehemente defensa de la personalidad como construcción, del yo como ficción y acabas afirmando que nuestra apreciación, la de cada uno de nosotros, de constituir “seres únicos”, irrepetibles, no va más allá de las huellas dactilares, que nuestro cerebro es perfectamente intercambiable, construido con un cableado universal y unos protocolos de activación y funcionamiento no muy diferentes a un Pentium II. Sí, no te remuevas en la silla, eso llegas a decir en el capítulo 7, “Lotería genética y minifundios (casi) humanos”, lo que, desde mi punto de vista no es más que una reinterpretación de las viejas teorías estructuralistas, no mucho más allá de Althusser, al que pocos citan ya, un filósofo amortizadísimo ¿te parece?. No, no he acabado, Criptana, Gonzalo ¿puedo llamarte Gonzo? No, claro, ese nick ya está pillado.

No te muevas tanto, no grites.

No podemos oírte, no te esfuerces: tu micro está apagado.

Por cierto, toda esta “nueva antropología” no lo parece tanto y, una vez desbrozada la paja y desgrasado el guiso, poco queda de aprovechable, no sé si coincides conmigo, bueno, claro, qué vas a coincidir.

Supongo que tendrías algo más que añadir, cuestiones que rebatir, pero, ya sabes, no estamos aquí para eso, el #urbanauta es un programa de post-entrevistas, hoy (que nos ha dado por eso), entrevistas donde el entrevistado no habla sino que es sometido al mismo rito que él –tú en este caso– nos ofreció en un libro: un discurso sin derecho a réplica, un tocho indigerible que he tenido que deglutir en una semana.

Si quieres decir algo, espera a la publicidad y hablamos off de record sobre cómo has llegado a se tan gilipollas, el rey del cut&paste y emperador de la jerga postmo.

Y, ustedes, no se pierdan –aunque están en su derecho de negarse una oportunidad única de sufrir con lo que podríamos denominar vergüenza intelectualoide ajena– el próximo capítulo: el régimen del 78, instrucciones de uso. Entrevistaremos a Manuel Fraga. Con una ouija, claro, pero lo van ustedes a entender igual de bien que cuando estaba vivo. En exclusiva. No se olviden de enviarnos sus preguntas. Las ignoraremos todas. Sistemáticamente.

#elurbanauta, el programa para lectoespectadores atentos.

Y recuerden: la postverdad les hará libres. Enjoy! El Apocalipsis somos nosotros mismos.

#elurbanauta_3: hipótesis.

 

Plano medio, la cámara enfoca a #elurbanauta mientras se revuelve en la cama. Luz tenue. La cámara se acerca hasta un primer plano. Mueve las cejas. Abre, de repente, los ojos. La escena se traslada a su sueño.
#elurbanauta sueña con una hipótesis.
Lo explico / se abre el plano / vemos una sala, casi a oscuras. Un grupo sentado.
#elurbanauta sueña que acude a una reunión de un Círculo de Podemos. Se debate, según parece por esa certeza con la que se saben las cosas en los sueños (el lectoespectador puede oír los argumentos aunque no identifica quién habla), sobre si la transición de la hipótesis populista a la hipótesis Podemos ha traicionado la identificación del sujeto político con el significante (significante vacío) que representa el Líder. El guionista tiene dificultades al trasladar esto al lenguaje cinematográfico, en realidad, a cualquier lenguaje comprensible. Desde una pantalla de plasma que preside el Círculo a una cierta altura, colgado del techo, Monedero expone su opinión y da datos históricos –en términos que podríamos denominar neosarcásticos– sobre El Partido, Las Confluencias, Los Movimientos, la generación de un nuevo sentido común. A sus pies todos asienten, distribuidos en sillas que dibujan círculos concéntricos. La luz cenital ilumina la reunión pero el resto de la habitación (parecida a una nave industrial) se degrada hacia el negro; los límites resultan imposibles de adivinar. No se ven puertas ni ventanas. #elurbanauta no recuerda cómo, cuándo ni por dónde ha entrado. El guionista tiene difícil hacer patente este no-recuerdo al lectoespectador de este programa. Porque en los sueños ya estás ahí, desde siempre, desde que empezó el sueño. Creo que este se inspira algo en la estética de aquella película sobre 1984 de Orwell. El guionista sigue sin poder reflejar todo esto.
En un momento dado –es curiosa la simultaneidad y la linealidad del tiempo en los sueños– uno de los asistentes, un hombre algo grueso, desaliñado, vestido con una camiseta negra de Amnistía Internacional que pone “No pienso…callarme” en una tipografía Arial dice que, quizá, en lugar de asaltar los cielos baste con gobernar las instituciones y ponerlas a trabajar a favor de la gente, no en su contra. Alguien sentado al lado de #elurbanauta susurra despectivamente lo que suena como “socialdemócrata” o puede que sea “anticapi”. En ese momento –en los sueños todos los momentos son ese momento, también este– la imagen de Monedero en la tele de plasma que cuelga del techo comienza a vibrar, a pixelarse y a desvanecerse hasta que es sustituida por una persona disfrazada con la máscara de F Society de la serie de TV “Mr Robot”. Problemas de copyright, publicidad de Movistar. El guionista suda, pero ahora algo menos que el productor. Una mujer se levanta, se traslada al centro del Círculo y muestra un libro que sujeta como un escudo, con los brazos extendidos, moviéndose como una peonza lentísima. El lectoespectador es incapaz de leer la portada durante un buen rato a pesar de que pasa varias veces frente a él/#elurbanauta/cámara –lo que debería crear una ¿desproporcionada? inquietud que invita a despertar/finalizar el sueño– pero finalmente #elurbanauta se convence de que se trata, sí, seguro, (se aprecia en primer plano a cámara) de “El Principito” de St Exupery, por lo que esta vez no tiene más remedio que despertar. Algunos sueños no son sostenibles.

Primer plano de sus ojos, otra vez, en la habitación. Hace frío. ¿Guionista, lo pillas?
Voz en off.
Despedimos la conexión. La semana que viene otro episodio de #elurbanauta. En su proveedor de vídeo favorito.
Aunque ya lo dijo alguien –y Rodrigo Fresán escribió un libro (La Parte Soñada) bajo esa hipótesis, otra hipótesis–: quien cuenta un sueño, pierde un lector. O un lectoespectador.
Y también votos.
En su proveedor de video favorito, como decía.

#elurbanauta: 2_vallas publicitarias

Imagino un programa de televisión: una reportera a pie de calle realiza entrevistas a los conductores en el semáforo de la Ronda Sur, cruce con el Barrio del Progreso, dirección centro ciudad, Murcia. La cuestión/cuestiones que pregunta la reportera es/son la/s siguiente/s: «¿Ha visto las vallas publicitarias junto a la carretera, al pasar con su coche? ¿Recuerda alguna? ¿Recuerda qué anunciaban?». El cámara –tiene que haber un cámara, ya vamos aumentando los costes de producción– enfoca la cara de estupor de diversos conductores, la mayoría van solos en el coche. El semáforo no da para más de una entrevista antes de que cambien las luces. El resultado es previsible: prácticamente ningún conductor recuerda los anuncios. Uno comenta algo sobre una tienda de artículos eróticos. «¿Puede ser?» le pregunta a la reportera. La reportera mira a cámara, buscando la complicidad de los espectadores.
Voz en off, imágenes de la Ronda Sur, contraluces, cierta confusión.

Hay como unas ¿cincuenta? ¿cien? vallas publicitarias en el lado Sur de la Ronda Sur, el lado malo, no podría ser de otra forma, doblemente Sur, abandonado, donde languidecen antiguas huertas ya sin cultivar, casuchas en las que parecen hacinarse personas de diversas etnias, procedencias y coloraciones de pelo y piel, pero todas ellas uniformes en su aspecto pobre, extremadamente pobre, rodeadas de lo que otros podríamos denominar “basura” pero que ellos, seguramente, catalogan como sus pertenencias.

Las vallas publicitarias que tapan a medias toda esta miseria surgen, enormes e invasivas, cada pocos metros a lo largo del kilómetro y medio mal contado entre la «Rotonda de la Muela» –escultura en forma de ¿cordal? de maxilar inferior que adorna la misma y conmemora el colegio de odontología de la ciudad– y el puente que se eleva sobre las vías del tren. Al lado de éste aún hay otra valla publicitaria más, en este caso luminosa, que compite con el sol rosado del amanecer hacia el final del valle del Segura cuando voy al trabajo y, bajando el puente, en la «Rotonda del media Markt», algunas otras más envuelven un 25% de su circunferencia, también la del lado sur. En las vallas se pueden ver anuncios de coches –mayoritariamente– perfectamente indistinguibles unos de otros (todos en esa posición elegante, algo inclinada para que se aprecie la mayor parte del perfil del objeto), algún restaurante, inmobiliarias, abogados (!), casas de apuestas, cantantes solistas de próxima actuación en salas de conciertos (!!), lugares de vacaciones, tiendas de informática, tiendas de reparación de objetos de informática, tiendas de administración de objetos de informática, impresoras, tiendas de colchones, de almohadones, etc. La cuestión es clara: ¿qué hacen ahí si nadie las recuerda, si nadie –probablemente– las ve? Una posibilidad es que se trata de publicidad por sofocación, por inundación. Otra es que necesitamos tener objetos de consumo, incluso objetos absurdos, permanentemente a la vista, disponibles, just in case.

Fin de la voz en off.
Se abre el plano (necesitaremos un dron con una cámara, más gastos) y se aprecia la ciudad, el tráfico, cada vez desde más arriba, más lejos. Música (derechos de autor, recuerda) con un tono no apocalíptico, pero intencionado. Vuelve la voz en off.
O quizá todo esto solo forma parte de una tormenta de objetos innecesarios, de objetos huérfanos de consumidores, que se acumulan en los límites, en el Sur del Sur, algo similar al cambio climático, que nos advierte sobre la temperatura que está alcanzando el capitalismo, sobre los límites de la producción, los efectos secundarios del crecimiento infinito del PIB. Hablaremos sobre estas cuestiones con un experto. Pero será después de la publicidad. Están viendo #elurbanauta, no olviden, cada semana, en su cadena favorita. En Apple TV Global Networking. Islas Cayman. The Globe.

Fundido a negro.

#elurbanauta: 1_aceras

Uno podría pensar, desde una perspectiva completamente reduccionista, que las aceras son una solución arquitectónica humana que sirve para andar, pasear a una distancia prudente del tráfico rodado y humeante de las ciudades con una cierta defensa, un pequeño escaloncito con el que nos ponemos –creemos– a salvo. Uno podría pensar en analizarlas, evaluarlas, sí, podría dedicarse a todo eso, pero lo que no podría sería, simplemente, pasear por las aceras de La Alberca, Murcia.

Las aceras de La Alberca, Murcia, son un monumento al relativismo, son el gato de Schrödinger de las aceras: son y no son aceras al mismo tiempo, están, simultáneamente, vivas y muertas. Nos invitan constantemente a apearnos de ellas y, así, a cuestionar el propio concepto de acera y, desde él, a reflexionar sobre nosotros mismos (incluso sobre nuestros sistemas de gobierno municipal, me atrevería a decir si no fueran éstos tiempos tan inciertos).

En La Alberca tenemos aceras tan estrechas que nos dan la oportunidad de –casi nos obligan a–  ser continuamente galantes, a exhibir esa educación antigua, trasnochada, a ceder el paso, a rendir la acera, diríamos, a ancianos, personas precedidas por carritos que pasean bebés propios o ajenos, grupos de amigos, parejas que pasean al atardecer, paseantes de perros (y sus perros), runners, skaters, iPhoners, etc. demostrando buenas maneras, empatía y solidaridad social.  Todo gracias a esas aceras cuya estrechez,  lejos de ser un problema o una limitación, constiyuyen una oportunidad, un símbolo, me atrevería a decir, de la autoayuda arquitectónica.

Porque en La Alberca tenemos aceras de escasos centímetros que obligan a los que llevan carritos con bebés a exhibir la rara habilidad de ponerlo “a dos ruedas” estimulando en los infantes el gusto por el vértigo mediante una suerte de carricoche-Xtreme y, más aún, tenemos aceras donde esto incluso resulta imposible debido a las señales de tráfico y a las farolas cuyos mástiles las atraviesan obligando al paseante –siempre alerta si es nativo– a un pequeño rodeo por tan minúscula borda, convirtiéndonos poéticamente en marineros en tierra cada ciertos pasos. Otras de estas aceras, menos dotadas quizá para la lírica, albergan obstáculos vulgares como baches (algunos ciertamente tan profundos y, por tanto, prometedores que nos invitan a pensar en nuestro subsuelo musulmán, incluso romano) o excrementos animales de variadas formas que nos permiten deducir reglas de proporcionalidad entre el tamaño de los perros y el de los jardines y, a la inversa, de la educación cívica de sus dueños. En el terreno de la invasión natural también disponemos de  aceras atravesadas por árboles centenarios que ya desbordan sus alcorques, inclinados como ancianos, retorcidos y apoyados en el forjado vecino, dejando un espacio por donde sólo los gatos –esos gatos de La Alberca, pero ésa es otra historia– pueden transitar. Hay también, combinados con los elementos anteriores, contenedores, rampas de accesos a garajes que exhiben falsas señales de vado (otro alarde de postmodernismo en sintonía con estas aceras que no lo son: la falsa señalética), vehículos (algunos abandonados, museos de sí mismos) y, lo mejor de todo, ausencias, vacíos: la nada, finalmente. Porque muchas aceras de La Alberca, Murcia, acaban en nada, directamente dan a la calzada, a un descampado, a un lugar no urbanizado, salvaje y prófugo del procomún, aceras que nos llevan a un no lugar: ¿qué más podríamos pedir?

Así que, cuando cae la tarde, los alberqueños, reflexionando sin querer, sin poder evitarlo, sobre el propio concepto de “acera”, llenos de la sabiduría de los que dudan de antiguas certezas, con la valentía de aquellos que no dan nada por supuesto ni fijo ni inmanente, paseamos, a falta de algo mejor –o por lo menos más ancho–, por el carril-bici que flanquea la Vía Rápida de la Costera Sur, esa construcción que, como nuestras aceras, tampoco parece ir a ninguna parte. 

Y lo del carril-bici, también es otra historia.

#zen/seny

Este verano L. y yo nos leíamos, alternativamente y tumbados en la playa junto al faro, capítulos de “Dioses y héroes de la antigua Grecia” de Robert Graves. Los dioses son siempre bienvenidos junto al sonido suave de las olas del Mediterráneo, rodeados de gente de todas, de cualquier parte (y cada cual que llegue a su Ítaca, a la que desee, en su momento). Como otras veces ocurre con nuestros grandes planes, no pasamos de los primeros capítulos, creo que era “La hija perdida de Deméter” y ya, a estas alturas, he vuelto a confundir de nuevo –me pasa siempre– a todos los dioses y a todos los héroes (griegos y no griegos). Lo podríamos llamar “efecto salsa tártara” (por El Tártaro, claro, perdón por el chiste malo), pero debe ser más cosa del Alzheimer o, simplemente, de la edad y/o mi desmemoria crónica. Ahora, en Octubre, acabamos de ver “Los Durrell”, la serie sobre la estancia en Corfú de esa familia tan bien (tan entomológicamente) retratada por Gerald, el menor de los hermanos. Grecia, otra vez. 

 Casi simultáneamente vuelvo a leer “Filosofía del budismo Zen” de Byung-Chul Han: «La substancia (lat. Substantia, griego, hypokeimenon, ousia) es el concepto del pensamiento occidental. […] Es inherente a la substancia, entonces, la actividad de sostener y persistir. Hypostasis significa, además “base” o “esencia”, “mantenerse” y “perseverancia”». Filosofía occidental, substancia, en contraste con sûnyatâ (vacuidad) Zen. Grecia, otra vez. 

Ahora veo la tele. Ondean banderas y estereotipos. Ascienden y caen repúblicas ¿À la Sísifo? Hablan, continuamente, de lo insubstancial. Llenan minutos de televisión de momentos (otra vez) históricos ¿O es vacuidad en prime-time?

Quizá me esté haciendo un lío zen/seny. O sea un momento de iluminación –satori–, pero de baja energía, algo cutre, ¿LED?: Quizá haga falta hablar menos, leer y escuchar más. 

Y reír, reírse. Como los Durrell en su pequeña república de Corfú.

#satélite

Paseo de sábado por Alcalá de Henares. Mi hija R se ha instalado esta misma mañana en su residencia universitaria. Ya hace un año que su hermano J vive en un colegio mayor, a media hora de aquí, en Madrid. R me cuenta cosas de novatos y veteranos. J corrobora, detalla, amplía. Historias tan antiguas, algunas tan rancias, como la Universidad, una caja de cuero viejo y rígido rellena de gente tan joven, pienso. La mañana es clara y algo fría ya. Los edificios que nos rodean, llenos de pompa y circunstancia pero sabiéndose, en el fondo, manchegos, están rotulados con una tipografía característica de un color entre teja y sangre. De los nombres que leo en cada fachada imagino historias: Luisa de Belén, la hermana de Cervantes, escribiendo desde su convento cartas a Miguel y corrigiendo y reprendiéndole por algunos capítulos de esa novela de caballerías tan extraña que él le ha hecho llegar, apenas bosquejada; Manolito Azaña jugando en la calle Imagen a la pelota, aunque siempre fue malo en los deportes y corto de vista (objeto de bullying, avant la lettre, seguro); los pacientes del cirujano Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel, gritando la despedida de la muela podrida mientras el licenciado Juan, su abuelo, ordena los escritos y hace las cuentas (otra vez las dueñas le hicieron sisas en el mercado de Jueves Santo). Las historias –siempre llegan sin querer– me entretienen el paseo y me alivian el fin de semana que tiene algo parecido a lo contrario de una huida. Como quizá Cervantes, Miguel, huyendo hacia adentro y creando a la vez un personaje inmortal y excesivo que, en cambio, huía hacia afuera.
El domingo nos despedimos: R se queda, llena de energía, de expectativas, de medias sonrisas. J le da un abrazo y los últimos consejos de hermano mayor antes de coger el cercanías. Nosotros nos vamos, regresamos a un lugar que tampoco es del todo nuestro. Empieza el otoño y pronto lo llenará todo con esa luz clara y vagamente cruel.
El coche, pese a ser tan viejo, arranca con una precisión quirúrgica, implacable; el GPS, hacia casa: aunque será otra casa, ahora, en las mismas coordenadas. Me entran unas ganas enormes de ponerme en órbita en la M40, de ser yo el satélite, un satélite con forma de Opel Zafira,  alrededor de Madrid, ridículo e inútil, observando, tomando notas, inventándolos, otra vez.