Marte

Terraza. Exterior noche. Cena familiar que incluye a mi esposa, mi sobrino (10 años), mi hija (23) y una amiga de ésta (también 23: se conocen desde el colegio). Mi sobrino juega cedido mientras sus padres descansan el fin de semana a dos horas de coche de esta cena ligera, ya en modo verano y que supone más fruta que proteína, más líquido que sólido. Comemos y hablamos protegidos de los mosquitos por dispositivos de diferentes modos de acción: sprays, espirales de humo, incluso pegatinas en la piel (calcomanías, ahora llamadas tatus) impregnadas con citronella de liberación retard. Además de la cena, disfrutamos de conversaciones superficiales, suaves como esa brisa que creemos notar.

Hablamos de perros, de caballos, de plantas, de proyectos personales y de veganismo. Alguien plantea incluso –no soy yo esta vez– si las personas veganas pueden/deben matar mosquitos. Alguien dijo que la ideología sobre la comida es, también, quizá ahora más, una religión, incluso una época. Yo no lo digo esta vez, tampoco.

Mi sobrino comenta algo sobre las estrellas. Desde la terraza, lejos de la ciudad en llamas, se pueden ver bastantes estrellas, sobre todo las del Sur. Yo apunto, ahora sí entro, muy seguro de mí mismo, con esa especie de cuñadismo 2.0 del adulto que educa al sobrino, que esa estrella que brilla intermitente por encima de las copas de los pinos tiene un color diferente ¿lo ves? ¿ves que no es blanca-blanca? “Naranja” dice la amiga de mi hija. “Exacto”, respondo, con la sonrisa del actor al que le dan la entrada correcta para su monólogo-estrella (literal, en este caso). Y les cuento, adornándolo de múltiples detalles, que, efectivamente, no es una estrella, es un planeta, concretamente Marte, el planeta rojo, de ahí el tono, no todo lo que hay en el cielo nocturno son estrellas, sobrino, ya tu sabes, planetas, insisto, y eso otro, que se mueve tan rápido por encima de nuestras cabezas, un satélite, cuál, ni idea, un satélite, chaval, no llego a tanto.

La amiga de mi hija duda un momento, pero finalmente interviene. Con el aplomo de una astrónoma amateur de la generación Z sostiene que no, que eso no es Marte, porque (1) los planetas no parpadean –“titilan”, añado yo, aún henchido de cuñadismo y sin darme cuenta de que mi anécdota empieza a hacer aguas en mitad de la galaxia– y (2) Marte no está en esa posición sino mucho más al Este. En un segundo, apoyando el argumento, abre una aplicación en su móvil y lo comprobamos. Efectivamente: lo que yo había señalado como Marte era en realidad, es decir, es, una estrella anaranjada llamada Gamma Aquilae o Tarazed, de una magnitud aparente de 2.7, la segunda más brillante de la constelación del Águila, etcpedia. Marte –el planeta– está, aunque no lo podemos ver, hacia allí, como detrás de esas casas. Eso dice mientras desplaza el teléfono como un pequeño telescopio y lee la información que le proporciona la aplicación. En unos segundos añade, además, una búsqueda rápida en Google que desarrolla el al parecer sobradamente conocido hecho de por qué las estrellas parpadean y los planetas no lo hacen. “Si quieres la explicación completa está aquí”, añade, señalando un link o dos más.

Balbuceo algo con lo que reconozco ante todos mi confusión, el error en la información y mi exceso de confianza astronómica, que excuso en la certeza de haber utilizado una aplicación similar en el pasado con la que identifiqué Marte –o quizá era Júpiter, ya no recuerdo bien: la noche (estrellada) me confunde– en esa posición. Es incluso posible que fuera en otra hora o en otra época del año y las órbitas ya se sabe, son elípticas y tal. Sí, es posible, creo que dice alguien o quizá no. Nadie va a dudar de la exactitud enciclopédica de Google y, menos aún, de una aplicación ad-hoc. Mientras tanto, seguimos viendo a las estrellas parpadear y quedamos en silencio durante unos segundos que me parecen años-luz.

Ya, después, en la cama, pienso en todas las noches, todos estos años, que llevo admirando el milagro del Universo, la armonía de la bóveda celeste, la coreografía de las estrellas, constelaciones y planetas, mientras miraba un planeta Marte que no lo era, todo este tiempo de reflexiones inspiradas en algo perfectamente equivocado.

O quizá no. Quizá las estrellas sean como quieras tú mirarlas, como quieras nombrarlas.

A pesar de ellas mismas y precisamente.

Y creo que me consuelo algo mientras mi sobrino, mi esposa, mi hija, ya saben que no. Que no soy (no seré nunca) nada fiable.

Aspidistra elatior

Hojas.

Yo la llamaba así, simplemente, “hojas”, quizá porque era la primera planta que reconocí como tal o porque resultaba obvio que, básicamente, esta planta eran hojas. Como cualquier planta, lo sé, pero estas hojas, no me negaréis, tan hojas. Muy hojas.

Las hojas habitaban el jardín de mi abuela, de mi abuela paterna, es decir de la yaya. El jardín de mi yaya ocupaba el patio trasero de una casa en planta baja, un jardín urbano, que entonces, cuando yo tenía cinco o seis, menos de 10 años, seguro, y lo exploraba, nadie lo llamaba así. Lo llamaban “la porchada”, o más exactamente, “la porchá”.

La casa de mi yaya era una estructura rectangular que daba a la calle por el extremo que ocupaba una puerta acristalada y, por el extremo contrario, a ese patio, a la porchada. Había un segundo piso al que se subía por una escalera estrechísima, con una habitación para mis yayos (la naia) y una donde dormíamos mi hermana y yo cuando les visitábamos. Cuando mi padre tenía la edad en la que yo entonces exploraba el jardín ––la porchada–– no había jardín, sino solo un espacio donde ensayaba la banda de música de mi bisabuelo. Por la puerta acristalada de la calle entró un día la guerra cuando mi padre era muy pequeño ––eso nos dijeron–– y la banda de música dejó de existir (supongo que para dejarle espacio a la guerra, que siempre ocupa tanto que no deja sitio para nada más). Ahora, entonces, cuando yo era pequeño, ya no había banda ni instrumentos ni partitutras, solo ese jardín umbrío, sitiado por las casas vecinas de mayor altura, con sus paredes encaladas y cientos de macetas y que llené ––la guerra ya se había ido, hacía tiempo, o eso nos dijeron–– de aventuras inventadas y que enmarcó la lectura de los mortadelos de muchas tardes de mi infancia. Mi yaya pintaba periódica y esforzadamente aquellas macetas de color de verde o de azulón, según el año, de forma que iban adquiriendo capas y capas de color y una textura como de tiza en láminas que se desprendían con apenas un roce. Yo recorría aquel lugar repleto de plantas que no sabía nombrar, de caracoles y babosas, perseguía a los escurridizos gatos del vecindario y rompía cosas, hacía carreras con mis coches de juguete, estudiaba el musgo de los rincones, regaba con una regadera de zinc, ahogando algunas plantas, cuando mi yaya no miraba. También pintaba ––a veces, en ocasiones de especial travesura, con pintura verde excedente de las macetas–– las paredes encaladas. En la parte más posterior, en el verdadero porche, que tenía un tejado altísimo y en permanente amenaza de ruina, abundaban trastos semiolvidados y los restos de unas conejeras que se utilizaron en la postguerra. También se podían ver, a más altura de la que yo entonces alcanzaba y si uno miraba con los ojos adecuados, las marcas de la antigua riada que ensució de barro los libros de mi padre. Aún conservo algunos, como el tratado de anatomía de que él mandó restaurar y encuadernar de nuevo y que hojeo de cuando en cuando, quizá para recordar de dónde vengo, de dónde venimos, más que cómo estamos hechos por dentro.

Las hojas, aquellas plantas de hojas majestuosas en sus macetones de barro y con su voluminosa generosidad de aspidistras, ocupaban un gran espacio en el jardín. Años después, cuando mi yayo murió y mi yaya tuvo que mudarse a la casa de mis padres, vencida por la edad y la demencia y la casa se vendió con mis aventuras de niño dentro (nunca las recuperé), mi padre, su único hijo, heredó ajuares y abanicos y algunas de aquellas plantas. Durante mucho tiempo, las aspidistras prosperaron verdes y brillantes en una segunda vivienda que mis padres compraron en Náquera, un bonito pueblo cercano a Valencia donde yo aprendí a ir en bici, a conducir una moto, a jugar al frontenis y a besar, todo lo anterior con mucho interés y bastante torpeza. Cuando me mudé a mi propia casa me llevé una de esas macetas, y la planta siguió fiel a sí misma dando hojas y más hojas, brillantes y enormes. De una maceta hicimos pronto otra y luego más, hasta cuatro, si no recuerdo mal. También en nuestra nueva casa ––en la actual–– están, ahora junto a la puerta de entrada, en la escalera, las mismas hojas, la misma planta.

Miro hoy otra vez las hojas arrugadas y resecas de los libros de mi padre que se salvaron de aquel naufragio y que transportan en el tiempo, pacientes y escrupulosos, sus cuidadas imágenes anatómicas. Miro también las hojas vivas, casi enceradas, de la aspidistra, con sus delicadas nervaduras, las hojas que sufrieron tantas mudanzas, también pacientes, también escrupulosas.

Aspidistra elatior es una planta exótica bien conocida que tiene fama de soportar el abandono”, dice la Wikipedia.

Y quizá sea eso.

Quizá sea por eso que nos acompañan siempre.

Citrus reticulata

Foto: Wikipedia

Paseo por los alrededores de nuestra casa (nuestra casa temporal como son todas las casas). La primavera es gris y llueve durante semanas pero los estirados naranjos amargos han florecido, inmunes a la grisura, en los alcorques, amenazados por aceras, asfaltos, ciudadanos de distinto pelaje y animalidad y mobiliario urbano, pero generosos en flores blancas de azahar. Su aroma pegajoso y único se extiende por las calles. Compite con el humo del diesel ––y gana, a veces––.

Si tuviera que identificar un aroma con mi infancia ––sé que nadie me ha preguntado ¿a qué esperáis?–– sería el del azahar. En mis primeros recuerdos me veo ––en super 8 y kodachrome, no sé si podéis verlo–– jugar en un campo de clementinas (clementina nulera, clemenules, la mejor de las clementinas) entre la sesión matutina del cole y la de la tarde. Los clementinos estaban injertados sobre pie ¿o con esquejes? resistentes a la tristeza, eso decía mi padre y yo tenía esa edad donde toda la información relevante viene de los padres. La tristeza era —eso suponía yo en mi imaginación— una enfermedad insuperable para los cítricos. Y para las personas, claro, pero eso lo supe más tarde y es otra historia.

Inicialmente aquel huerto producía naranjas de sangre —sanguinelli, dice otra vez mi padre, que no deja de decir cosas en mis recuerdos—, esas naranjas con zumo de color de fresa, dulce y ácido, inigualable. Pero la sanguinelli no se vendía y mi padres, que habían hecho esa inversión en el pequeño huerto de cítricos para sacar un extra que nos diera una vida aún mejor de la que llevábamos, lo transformaron en un huerto de clementinas: fáciles de pelar, dulces como un beso, sin semillas, perfectas para vender y exportar a Alemania o a Inglaterra. Comer uno de esas clementinas directamente del árbol, frescas, impregnadas aún del rocío de la mañana me producía entonces un placer que solo puede compararse con mi decepción cada vez que, ahora, encuentro algo similar ––similar es la palabra clave de la decepción–– en el supermercado. A veces encontrábamos también alguna sanguinelli que surgía en secreto, de alguna rama oculta, como una agente de la resistencia francesa ante el fascismo clementínico y nos bebíamos su zumo después de masajearla convenientemente durante un buen rato hasta que se ablandaba: luego le hacíamos un agujero a la piel, con el dedo, y el líquido fluía rojo y refrescante como nunca antes, como nunca después.

Pero antes del fruto, antes de todas esas frutas del paraíso, estaban las flores. Durante semanas, al comienzo de la primavera, los niños (hermanos, amigos del cole, hijos de parejas amigas de las de mis padres) jugábamos bajo aquel jardín de árboles bajitos llenos de flores blancas y que mareaba de tanto perfume. Bajo esos árboles éramos indios y vaqueros —teníamos, por supuesto, un tipi—, perseguíamos a los mirlos y capturábamos a las lagartijas que se quedaban demasiado quietas tomando el sol en los muros. En las mejores ocasiones nos dejaban jugar y mojarnos con el agua que corría transparente y abundante desde las acequias, cuando regaban a manta, o subirnos en el mulo que rastrillaba el campo, o acariciar al podenco que acompañaba siempre al carro del agricultor o merendar los nísperos que robábamos del huerto vecino.

En las mejores ocasiones que, entonces, eran todo el tiempo.

Ahora el olor del azahar invade la ciudad, estaba diciendo/sintiendo. No durará demasiado. Como el huerto aquel, que se vendió justo antes que se derrumbara el precio de las naranjas.

Como aquel huerto, resistente a la tristeza.

Prunus domestica

Hace unos ocho años plantamos un ciruelo (prunus domestica) en medio del jardín. Hicimos una herida en el césped de plástico, un pequeño hoyo y colocamos el cepellón con el minúsculo ciruelo que habíamos comprado en el vivero. Yo me había empeñado en que quería tener un árbol que marcara las estaciones con una precisión y belleza —digamos— japonesa. Un almendro, un cerezo o un ciruelo, que fue el finalmente escogido. Frente al jardín, en las riberas de lo que ya es monte y pinar, unos granados (punica granatum) ya ejercían esta función cronológica con su puntual caducidad y exuberancia —digamos— fenicia. Los granados tienen una hoja de un verde intenso y brillante y unas flores espectaculares, de un rojo carmín atractivo como —digamos— el rojo carmín. Otro día podríamos hablar de los granados, pero hoy toca el ciruelo, ese que acabábamos de plantar, hace unos ocho años.

La cuestión es que el ciruelo pasó por su primera primavera dando algunas hojas escasas en sus ramitas enclenques de árbol preadolescente y sin ninguna flor. Las ramas crecieron, el tronco engordó algo y alcanzó más altura. Cuando llegó el otoño y cayeron las hojas, ásperas y pardas, decidimos no podarlo para no menguar su escaso crecimiento. La siguiente primavera transcurrió de forma similar: hojas, esta vez en más número, de mayor tamaño. Pero ninguna flor. Por tanto, ninguna ciruela esperable en el verano. Una vez más, tuvimos paciencia y esperamos que el arbolito hiciera sus cosas que hagan los arbolitos cuando cumplen sus ciclos estacionales. Esperamos que madurara su fisiología o que el tiempo, la temperatura, la humedad, la luz le fueran más favorables. Esperamos. Que algo sucediera, sin forzar.

Al año siguiente, de una yemas al principio casi invisibles que se repartían rítmicamente por las ramas del pruno brotaron unas flores que parecían —eran— un milagro de delicadeza. Unos pétalos frágiles como papel de fumar y esos estambres amarillos que explotaban como las carcasas de los fuegos artificiales. No fueron muchas las flores y escasos los frutos. Apenas recogimos, ese verano, media docena de ciruelas, verdes y dulces a la vez, las que les robamos a los mirlos que ya habían cosechado previamente por su cuenta.

Pasó un invierno corto y muy frío y la primavera siguiente esperábamos el mismo y puntual milagro. Pero otra vez nada. No hubo flores. Como si el árbol nos echara en cara algún tipo de falta de atención o de mimo que no sabíamos interpretar. Quizá demasiado o poco riego. Falta de abono o falta de luz provocada por la sombra que da el pinar cercano. Nadie sabía. Bueno, nuestra vecina —profesora de botánica, recuerdo— sí sabía. “Es vecero, el árbol, seguramente”, dijo con su catedrática seguridad. Nosotros asentimos como un paciente ante un diagnóstico que no comprende bien. “Algunos árboles son así, florecen cada dos o tres años. Parece algo caprichoso, pero es su forma de interpretar el clima, sus necesidades o la oportunidad de reproducirse. Veceros, se les llama. O vecería, así en general, a la característica”.

El próximo fin de semana pasaré por casa y podremos ver el árbol, después de habernos alejado por un tiempo de la casa. No sé si tendrá o no flores. Pero sí sé que yo quería un árbol que señalara las estaciones y el árbol decidió señalarme a mí.

Y contarme algo.

Polycarpon tetraphylum (o no)

Siempre he admirado las plantas que surgen en las grietas, desafiando la propia posibilidad de que haya vida entre las losas, en el cemento o en las paredes encaladas y —especialmente— en los accesos a los garajes, esos joyeros de tanques de cuatro ruedas que producen carbono a mansalva y las pisotean cuando entran y salen de su cueva. En mi teléfono tengo muchas fotos —muchas más que selfis, lo prometo— de estas miniplantas resistentes, de esta muestra de débil pero irreductible fortaleza.

Esta primavera que empieza pronto se ha anunciado en el suelo de nuestra terraza con la aparición de una de estas especies. Armado de una (otra) aplicación que identifica plantas y árboles que desconozco —el 99% de las plantas y árboles que me rodean— averiguo que se trata de un ejemplar de Polycarpon tetraphylum. O tal vez no. Las hojas son demasiado pequeñas y los frutos apenas perceptibles para que la fotografía que gestionará el algoritmo correspondiente sea suficientemente precisa. Sin desconfiar de la aplicación —que sí— el nombre de la planta podría ser cualquier otro y su clasificación, para los dedicados y anónimos bot-taxonomistas online, diferente. Esto la hace aún más atractiva: una especie que se resiste a ser identificada, doblemente resistente: a las baldosas y a mi celo policial / neurosis denominativa-infotóxica.

Dice Fernández-Savater en su muy recomendable “La fuerza de los débiles” (ed. Akal) que “el pensamiento heredado ha pensado sobre todo la ofensiva y, más aún, ha hecho de la ofensiva su manera de pensar [… estableciendo] una relación privilegiada con la idea de control”. Según leo el libro admiro aún más a la planta, en su praxis —que diría Amador, supongo— que expresa “la confianza en que hay inteligencia y potencia en cada existencia”.

Porque hay un pensamiento que nace, como esta planta, a la defensiva y es, a la vez, desafiante, que “extrae toda su fuerza de su pertenencia terrenal”.

O, como dice Fernández-Savater que dice Julio Cortázar, algo que hace “necesario cambiar la vida sin moverse de la vida”.

Veo a la plantita, a las muchas plantitas asentadas sobre las muchas grietas de la terraza que han aparecido con el tiempo, el mismo tiempo que hemos habitado esta casa y que a nosotros también nos ha proporcionado grietas y heridas en nuestro cuerpo y en nuestros recuerdos —esas losas que podríamos llamar existencia— y unas pequeñas plantas débiles pero muy resistentes que nos brotan cada cierto tiempo y que hemos decidido llamar amor o alegría (o tal vez sean otros nombres, otra taxonomía, porque estas plantas escapan siempre al control absurdo de denominarlas).

Pero estas plantas la tienen. La fuerza de los débiles, digo.

Vinca major

En el jardín que fue de Ana de Bretaña, en el castillo de Nantes, la cuidada y mínima exposición que ocupa los macetones señala con un llamativo cartel a la “vinca”, una pequeña planta de flores de color violeta. [Digresión: podríamos suponer que la violeta —viola odorata— llegó antes que la vinca —vinca major— a la atención del humano que se dedicó a denominar los distintos colores con distintas palabras, ese esfuerzo: véase el catálogo Pantone].

Con el cerebro ya hace mucho tiempo fundido —como se funde el metal, para domesticarlo y hacerlo útil, esperemos, aunque quizá también en cualquier otro sentido— por mi muy, digamos, intensa educación médica, surgen de la lectura del cartel los siguientes términos: alcaloides de la vinca, vincristina y vinblastina, fármacos para el tratamiento de neoplasias hematológicas i.e. leucemia. Es un inevitable automatismo (¿pleonasmo?), como asociar dúctil con maleable en las características de un material o blando con depresible en la descripción de la exploración física de un abdomen. El inevitable automatismo (¿pleonasmo + iteración?) me impide ver simplemente a la flor en su sencillez arbustiva, su belleza de perfil bajo, su modesta elegancia. Quizá la haya visto mil veces más en otros jardines, pero hoy es Viernes, esto es Nantes y este jardín lo fue de Ana de Bretaña, hija de Francisco II y la única reina consorte de Francia que lo fue en dos ocasiones. Eso dice la guía. Y el cartel dice que la plantita es la vinca, la pervenche.

Junto al jardín, en uno de los edificios que forman el impresionante Chateau, otra exposiciónL’abîmè, la titulan— más ambiciosa, más compleja, menos decorativa, relata, con pelos y otras truculencias, la historia del negocio europeo del esclavismo. El grupo de amigos que visitamos las salas quedamos perfectamente espeluznados por tener, también, esa herencia, además de las luces de la Ilustración y la declaración de los Derechos del Hombre o el lema revolucionario —liberté, egalité, etc, en francés del XVIII, que nadie se asuste—, esos momentos estelares de la humanidad (europea). El recorrido de la exposición incluye detalles sobre la captura, trata, regulación, importancia en volumen, dinero y crueldad, y muchos vergonzantes etcéteras sobre la esclavitud infligida a millones de personas africanas, otro de los grandes negocios coloniales europeos: el primer “oro negro”, legal hasta bien entrado el siglo XIX. Un cartel bajo un libro bellamente editado, “Le Code Noir”, indica que este es el manual de uso de los esclavistas, el reglamento que estipula derechos y castigos, como con otras cosas, con cualquier cosa. En la sala final —esto no ha acabado, nos señalan— se exponen fotografías y cifras de la esclavitud aún hoy perfectamente funcionante: la trata de personas, la explotación sexual, el trabajo infantil, el sometimiento de las mujeres, el trabajo precario infra o no remunerado y tantas otras formas actualizadas de esclavitud que nos permiten comprar camisetas por 2 euros, que te traigan a casa la pizza que venden a cien metros de tu casa o disfrutar (se supone) de sexo online a petición, a cualquier hora, con alguien “anónimo” —esa es la palabra que probablemente mejor define siempre al esclavo—.

Junto al castillo descansamos, después, en un banco soleado, el grupo de amigos, exhaustos de vergüenza, ajenos al color violeta de la Vinca y a sus propiedades anticancerosas.

Y nos pesa, en los pies hinchados, la Historia.

Alguien —ya sabéis quién—corta el césped del parterre.

Tulipa gesneriana

Mi madre ha comprado dos manojos de tulipanes en el Lidl. Estaban de oferta, ha dicho. Manojo, ha dicho, sí, también. A un euro cada uno, cada manojo. Los tulipanes, rojos y amarillos, destacan ahora en el florero sobre el mueble del salón como esos peces de las peceras redondas de la infancia. Detrás del jarrón está mi bisabuelo, en el color sepia de las fotos de los bisabuelos, con los labios gruesos y los ojos tristones, muy parecidos a los que veo cada mañana en el espejo. El pelo ondulado no consiguió el salto genético y quedó ahí, varado en el tiempo de los retratos antiguos.

Leí en algún lugar que, en el siglo XVII, hubo una burbuja del comercio de los tulipanes en los Países Bajos. Una de las primeras crisis del capitalismo financiero, la tulipomanía (el turbotulipanismo, diríamos ahora). Lo leí y no entendí nada, porque carezco de conceptos básicos —y del mínimo interés— respecto a la economía financiera. Pero veo los tulipanes del Lidl, a un euro el manojo, y pienso que todo es, de algún modo, cíclico: las burbujas, los tulipanes, los labios y las bolsas de los párpados.

La genética de los tulipanes está trucada. Son el fruto, bueno, la flor, de cientos de entrecruzamientos interespecíficos, hibridaciones, recombinaciones. Son flores domesticadas, bellas como lo es una huerta, como una arquitectura clásica sobre una colina romana, como un perro dálmata o una cuerda de acero afinada en La menor. Son naturaleza forzada por la mano humana, cuando nos da por la belleza; plantas industrializadas, condenadas a generar flores exageradas en su perfección y sus colores, saturados, homogéneos, sin mancha. Son una mentira bien contada, de las que se usan para hacernos sentir mejor.

Mi bisabuelo, el del cuadro, era músico. Tocaba el trombón, eso me cuenta siempre mi padre. Tenía una banda de música antes de la guerra civil. Después solo le dejaron tener una posguerra que le duró ya para siempre. La música —pienso— también es la mentira del sonido. Un sonido domesticado, humanizado. Un ruido híbrido, recombinante, producido por extraños artilugios que dominan algunas personas entrenadas durante horas y que hacen vibrar membranas, cuerdas, cañas que suenan en timbres y tiempos y ritmos que nos emocionan o nos hacen bailar, cantar, imaginar. Un sonido que es, también y en el mejor de los casos, belleza.

Supongo que había música esa mañana sonando por los altavoces del supermercado donde compraba mi madre, música que salpicaba los paquetes de jamón de york, los melones chilenos y las naranjas sudafricanas. Y los tulipanes.

Música de supermercado, también a euro el manojo, Pepe, bisabuelo. No me mires así. No hemos sabido hacerlo de otra manera.

Como con los tulipanes.

Ficus carica.

Los ficus y, por inclusión, las higueras (ficus carica), se reproducen gracias a que ciertas avispas evolucionaron con ellos/ellas, con un éxito biológico evidente, permitiendo que ambas especies —cada especie de ficus y cada especie de avispa, grosso modo— prosperen con un sofisticado mecanismo interespecífico conocido como mutualismo ( e intersexual: la higuera, al parecer, es macho o hermafrodita, depende, no me pregunten). Para más detalles, wikipedia, o mejor aún aquí.

Lo mutuo nos construye y nos alimenta, también a nosotros, los humanos que no somos higueras pero venimos del hummus, de la tierra. Los aguijones de otros, las necesidades —claro, mutuas—, los atractivos mutuos, nos socializan, nos mutualizan. Nos permiten vivir o sobrevivir a las circunstancias.

El adjetivo “mutuo” viene del latín mutuus que significa cambiar: de ahí también mudarse y sobre todo, ahora, mutación: eso que hace el virus cambiando para que nada cambie, en un ejercicio de gatopardismo biológico muy eficaz). Así lo mutuo, el mutualismo, es un intercambio. Ambos individuos de la ecuación cambian (a la vez o, mejor, acompasadamente) e intercambian: capacidades, funciones, recursos, habilidades, materiales, dinero, amor, odio. Mutuamente nos queremos, nos enemistamos, nos ayudamos, nos entorpecemos. Nos cuidamos mutuamente o, solos, perecemos.

Las higueras pasan por ser uno de los árboles más precozmente domesticados por la especie humana, acompañándonos desde hace miles de años como alimento y también como mitología. Hemos incorporado estos árboles a los relatos que también nos alimentan, como la realidad y la ficción, mutuamente. Los hemos estudiado, clasificado, cultivado, transportado, admirado. Una enorme cantidad de especies del mismo género viven junto a nosotros, aunque resulte difícil considerar hermanas una higuera en Formentera y un ficus gigante que decora un jardín monumental de cualquier ciudad mediterránea. Hay hasta humildes higueras que se salvan por los pelos (y por un cierto grado de indignación ciudadana) de ser taladas en el patio de una cárcel que recuerda un tiempo donde nos matábamos eficaz y, también, mutuamente.

En mi jardín, los ficus se reproducen sin ninguna ayuda por nuestra parte. Aparecen en macetas vacías, en el espacio de tierra que separa dos plantas en una jardinera, en una grieta entre piedras o en una fisura del plástico del césped artificial. Desde hace años, una higuera que hemos visto crecer desde que medía un palmo da frutos (estupendos frutos que no son exactamente frutos, si os habéis tomado la molestia de leer la wikipedia) en la rambla que delimita el edificio por su cara oeste.

Hoy llueve y las hojas de los ficus lucen como zapatos bien cuidados. Las miro y, de alguna forma, las leo a la vez que leo los periódicos del domingo, llenos de palabras de hombres solitarios, amenazándose, discutiendo, afirmándose: líderes del mundo, de sus países, de sus partidos, de sus deportes.

Pero hoy, estos días, brillan más las hojas de los ficus, el triunfo de lo mutuo, de lo cooperativo, del cambio de función, de la adaptación generosa que cuida y nutre. De las inteligencias y los gestos compartidos.

Brillan, aunque de higos a brevas.

Euphorbia pulcherrima

A mí ya me parecía mucho llamarlas «poinsettias» (en casa somos muy de nombrar a las plantas por su nombre y de pronunciar la doble t). También sabía –con la obesidad informativa que a todos nos nutre de algún modo u otro– que las «flores» de la «flor de Pascua» (que es como todo el mundo en este lado del mundo las conoce) no son tales sino brácteas que rodean la inflorescencia. Cómo no saber esto si mi vecina es profesora de botánica. [Otro día igual escribo algo sobre lo que me cuenta de los magnolios –que no los ficus– y la importancia de que nos fascinen a la mínima curiosidad que podamos tener.] El caso es que –en casa esto no lo sabíamos; siempre hay una mancha intelectual en las mejores familias– llamamos poinsettias a las poinsettias por un Joel Roberts Poinsett, primer embajador estadounidense en México, quien la introdujo en su Estados Unidos en 1825 (Wikipedia, por supuesto). Así que, en un estupendo caso de doble loop de colonización anglófona, resulta que llamamos por el nombre de un embajador estadounidense a una planta que es originaria México, donde la llaman –en los últimos 4 o 5 siglos– «flor de Nochebuena». Los mexicas, con mucho mejor criterio, la llamaban previamente –en su lengua náhuatlcuetlaxóchitl («Flor que se marchita»), término que proviene de la unión de otros dos: cuetlahui, marchitar, y xochitl, flor (más Wikipedia). Nuestros antepasados la «descubrieron» allí, decidieron que quedaba muy mona en las (sus) iglesias en Nochebuena y la introdujeron en Europa en 1678 (fin del wikipedismo).

Pero los que tenían más habilidad descriptivo-nominal eran, claramente, los mexicas, es decir, los aztecas. Mucho más incluso que Linneo –sin menospreciar la (en)ciclópea labor designativa que acompaña a su taxonomía– que la llamó Euphorbia pulcherrima. Porque la cuetlaxóchitl, como su nombre azteca ya indicaba y Poinsett seguro que calló en su export-import bussiness, se marchita al poco de terminar las fiestas. Sus rojas brácteas que tan bien maridan con la decoración (china) del árbol, con las diminutas esferas rojas del acebo (de invernadero) y las cintas de tela (escocesa) suelen entrar en huelga de hojas caídas a las pocas semanas y toda la planta queda reducida a unas tristes ramas de un verde pálido y mortecino para cuando acaban las rebajas. Un esfuerzo titánico que combina luz, riego y poda adecuada puede pretender mantenerlas vivas hasta la siguiente Navidad aunque lo común es que esto resulte ineficaz y, en algún momento, el esqueleto vegetal acabe arrumbado y, poco más tarde, en la basura.

El año pasado, al terminar una de estas Navidades aún más raras que cuando fuimos normales (no lo fuimos nunca, ya sabemos; no lo seremos jamás, ya lo sabremos), plantamos sin ninguna esperanza botánica una de ellas (que había resistido estoicamente junto al abeto de plástico y las luces led intermitentes) en una jardinera, al exterior, junto al alcornoque que gigantea en –okupa, más bien– la esquina de nuestro exiguo jardín. Sin cuidados específicos salvo la visita de algún mirlo y la compañía de unas margaritas. Sin más luz que la que asegura la orientación meridional del jardín. Sin control de temperatura excepto por la benignidad del clima local. Sin otro cuidado que la ausencia de intervención humana.

Y aquí está, ha estado todo este tiempo, un año entero, combinando de nuevo el rojo y el verde intenso. Como una verdadera azteca. Hermosa. Libre de civilización.

(Des)propósitos del año nuevo (2022)

Adoptar una nueva personalidad, criarla y dejar, después, que me abandone (y volver a adoptar una nueva personalidad).

Corregir de una vez la “Crítica de la Razón Pura” para que no haya más equívocos con ese panfleto escrito sin ton ni son.

Dejar de beber a deshoras. Arreglar el reloj.

Dejar de ver series inanes y buscar “inane” en el diccionario.

Fundar un gimnasio que te cobre solo si no vas y forrarme.

Fundar un cineclub para películas que se comentan solas.

Fundar un club de lectura con una sección “Yo me acuso…” donde poder confesar que no he podido acabar “El Principito”.

Inventar la trinchera portátil (quizá hinchable). Venderla en el Parlamento.

Inventar la trinchera permeable. Venderla en el Parlamento.

Aprender a nadar en aguas abiertas, por si los flujos de migración cambian de sentido.

Tomarme un día de asuntos propios para cuando el destino decida matarme.

Tomarme la calma con la necesaria calma.

Tomarme el tiempo necesario para que no sea necesario tanto tiempo.

Celebrar la injusticia en su justa medida.

Amar a distancia tanto como en presencia propia. Teleamar.

Transformar mi mirada sin necesidad de unas gafas nuevas.

No echar de menos lo que no se lo merece (y saber distinguirlo).

No buscar más el sentido de la vida (que siempre va en dirección contraria). Apreciar el sabor de este día, cada día.

Responder al instante, ya que ha llegado.

Ser dichoso sin decirlo.

Aprender a dar las gracias más a menudo, más adecuadamente, más efusivamente.

Hacerme compañía.

Decir menos “no sé por qué” y hacer menos lo que vino antes de esa frase.

Leer a Blanchot (no sé por qué).

Citar bien a Lévinas, cuando haga falta.

Tener siempre una frase de Walter Benjamin a mano para los viajes en ascensor. (Cuando voy solo).

No aburrir a la #gente. Ya tienen bastante con lo que son para aburrirles con lo que soy.

Inventar la vacuna mRNA del tiempo: que no impida que se transmita, pero que las consecuencias sean menos graves.

Seguir respirando un año más y saberlo apreciar.