CYCLING TRIVIALITIES

So how’s it gonna be
When it all comes down, cycling trivialities
José González. Cycling Trivialities.

Lo piensas seriamente. Tener un accidente, caerte de la bici, a propósito. Cualquier día, hoy, en tu ruta habitual. Romperte un fémur, romperte la crisma, como decía tu madre. Un accidente deliberado, buscado, planificado. Podía ser ahora mismo, mientras pedaleas, cerca ya del trabajo. Es una idea que te da vueltas desde hace ya unos cuantos días. No te engañes: más de unos pocos días. Lo piensas continuamente, es una fantasía recurrente, una obsesión. Piensas en Fernández Mallo, el escritor, el más moderno entre los modernos. En algún sitio leíste que había comenzado a escribir su trilogía, su éxito, después de –gracias a– un accidente de moto o de coche en algún lugar de Asia. ¿Singapur? ¿Filipinas? Bueno, cuidado ahora en la rotonda. Las rotondas no son para las bicis. Un accidente, una baja está bien, pero si te atropella un autobús estás muerto. Y a estas horas casi no se ve nada, tan temprano. Pero tú eres prudente, llevas el chaleco reflectante y el piloto trasero LED ese del Decathlon. Mira el tío ese, cómo se cruza. Asesinos en potencia, es que ni te ha visto, ni le importa.

Te imaginas tumbado en la cama, en el hospital, con uno de esos marcos metálicos enormes y una pesa tirando de la pierna. Rodeado de los tuyos, la habitación llena de flores, bueno no, sin flores: con bombones y una botella de whisky de parte de tu cuñado Paco y las enfermeras con batas blanquísimas. Luego, en una semana, ya en casa, solo. Los demás haciendo sus cosas durante el día y tú anclado a la cama y al portátil, rodeado de libros: Cortázar, Vila-Matas, Faulkner. Y Hemingway, claro, que no falte Hemingway. Todos aquellos que leíste con tanta veneración, ya hace ¿dos? no: tres años, en el taller de escritura online. Bueno, tampoco leíste tanto, la verdad, fragmentos, sobre todo. Y, si te paras a pensar, apenas si recuerdas los detalles. Qué mala memoria. Vaya mierda, tiempo y dinero perdido. Pareces un viejo, no se te queda nada. Y mira que lees, pero como si deglutieras comida rápida. Todo te suena igual. Sí, qué bien escrito, dices. Pero luego no te acuerdas de nada. Cuidado, el semáforo, vale: pasas sin problema, joder la moto, ha estado cerca. Bueno, sí te acuerdas sobre todo de anécdotas, de tonterías sobre las vidas de los escritores. De las cosas de Onnetti, en su casa de Madrid, sin salir de la cama durante años. Aquella habitación, como un santuario, la viste en algún documental también. La cama, eso es, hay que llegar a esa cama, la cama del escritor, el lugar sagrado donde podrás escribir La Gran Novela, una nueva propuesta que supera la Generación Nocilla, un estilo ambicioso, algo aberrante, difícil pero de inapelable calidad. Una voz nueva, extraordinaria, escribirán en la faja, las críticas en Babelia, en El Cultural. Hay que llegar a esa cama, tener ese accidente, necesitas parar, dejar de trabajar. Así que toca planificarlo bien. Pero ya lo has pensado, mil veces. La solución Nocilla, la operación Fernandez-Mallo. El accidente que te hará libre, dices, pedaleando cerca ya del trabajo, en la calle de Correos, siempre hay coches mal estacionados: te fijas en uno, esperas a que abra la puerta o a que haga una maniobra tonta. A estas horas van todos medio dormidos. Lo has visto mil veces, los has esquivado mil veces. Pero ahora no, ahora te vas a dejar tirar, directo al asfalto y de ahí a la cama-escritorio y a la Gran Novela De Tu Generación. ¿Generación González? No suena muy bien. “Los novísimos” , eso sí que era una buena denominación. Bueno, ya habrá tiempo. ¡Atento! El Seat León que acaba de parar, seguro que el tío va al bar: ese es. Ahora mismo, es el momento, adelantas, te pegas a su izquierda, frena un poco, va a bajarse, fijo, va a ser la hostia, la gran hostia, piensas, mientras notas la puerta, el frenazo de otro coche, el asfalto que te abrasa la piel. Un hostión, sí señor, perfectamente planificado. Ya era hora de que te decidieras, piensas, sonríes, en el suelo, mientras te duele todo y te ayudan a levantarte. El del Seat León debe ser ese tío tan pálido que se acerca. Por fin.

En la oficina no dan crédito. Más que apiadarse, se descojonan, tienes que reconocerlo. Llevas el pantalón hecho un asco, con manchas de grasa y sangre del desconchón que te has hecho en las rodillas como un niño pequeño, peladas, en carne viva, que decía tu madre. Pero lo peor son las manos, desolladas, como si las hubieras pegado a la caldera de un transatlántico o al tubo de escape de un Vespino. ¿Qué ha pasado? Pero tío, ¡vaya leche! ¿No llevabas guantes? dice alguien. No contestas, jodido en un lugar tan íntimo, tan inconfesable, mientras te curas en el baño y esperas a ver si te ayudan cuando dejen de descojonarse. No ha habido suerte, piensas. Ni un hueso roto. Y con las manos así no vas a poder escribir una palabra en tres meses. Aunque eso no es noticia ¿verdad?.

“Pues el seguro no te cubre si vas en bici, macho”, dice Goyo mientras entran tu vieja BH en el banco. La rueda delantera está hecha un ocho. “Fíjate Carmen –sigue Goyo con la brasa– Y eso que puso un recurso, Carmen ¿sabes? ni un duro. La baja corre de tu cuenta, lo pone en la póliza”. Sí, ahora lo sabes y te acuerdas de la madre que parió a Onnetti y a Fernández Mallo y a la póliza. Generación un capullo, concluyes, mientras la lámina de piel que se ha desprendido de tus manos se cuela por el sumidero del lavabo.

En Tailandia fue, sí, ahora te viene –por fin– a la cabeza. Lo atropellaron.

Tres tristes tankas.

Sufre el poeta

contando sílabas

y muere el poema

de vana exactitud,

envuelto en porcelana.

***

El vino blanco

empañando la copa

de un llanto frío;

La marca de tus labios

riendo, del otro lado.

***

Tener la aurora

no por milagro sino

por descontado.

(Tener la arrogancia

de los calendarios).

#elurbanauta_7: entrevista (post/grama especial fin de año)

#elurbanauta_entrevistadesímismo

[Plano general. Blanco y negro. Nos encontramos en una sala diáfana en rigurosa escala de grises, modo charla profunda-profunda del Banco de Sabadell. #elurbanauta (con papeles en sus manos, modo entrevistador) sentado en un sillón de oficina frente a –también, sorpresa– #elurbanauta (sin papeles, modo entrevistado) sentado en –también, sorpresa– un sillón de oficina. Ambos bien trajeados pero informales (i.e. sin corbata), ya se sabe, lo de siempre cuando parece que estamos de trabajo pero solo nos estamos exhibiendo. Una mesa baja en medio con vasos transparentes con agua. Un jarrón con una orquídea, perfectamente equidistante. La(s) cámara(s), según se produce la conversación, enfocan a ambos, entrevistador y entrevistado alternativamente, según la norma; ocasionalmente se aprecian las caras de interés (en forma de arqueo de ceja o de mano a la comisura de la boca) del entrevistador.]

– Bienvenido a otro capítulo de #elurbanauta. Encantado de tenerle aquí, con nosotros, haciendo balance de este primer año de su post/grama.

– Gracias. Un placer, ya sabe.

– Empecemos por lo más general. ¿Cuál ha sido o es la intención de este programa? ¿Cuál es su característica definitoria, lo que, desde su punto de vista lo hace diferente? ¿Cuál es su aportación específica al lectoespectador actual?

– Bueno… déjeme pensar. No estoy seguro de que tenga nada en particular, salvo que es un programa en vídeo que no estamos filmando y su canal de distribución es un blog de un cirujano que no lee casi nadie. La temática es la habitual: la perplejidad. No queda otro tema. Así que, nada muy original. Hablar de nada. Operación Triunfo, Gran Hermano VIP, los especiales de Ferreras sobre Cataluña… lo mismo

– ¿A qué se refiere? Lo dice por aquello de que «de lo que no se puede hablar, hay que callar»

– Me lo ha quitado de la boca (y a Wittgenstein).

– Se lo devuelvo.

– Ni se lo ocurra, ha muerto. Wittgenstein, digo.

– Leemos/vemos en sus post/gramas que es usted aficionado a correr y que oye música mientras entrena. ¿Cuál sería su canción favorita para una llegar a la meta, pongamos, en una carrera larga, una media maratón?

– Cualquiera de Nick Cave

– Ya veo. Ha venido graciosillo.

– Para nada, se lo digo de verdad. Usted se lo pierde: Nick Cave, un subidón para un mediomaratoniano.

– Fijo. Pasemos a otra cosa más general, de nuevo. ¿Se considera usted lo suficientemente, no sé, relevante, importante… interesante, esa era la palabra que buscaba, para tener seguidores, «lectoespectadores», personas, en fín, que le presten atención?

– En absoluto. Cuando me pongo a tope, como mucho, llego a «ocurrente», nunca a «interesante». Creo que no merezco el tiempo que se me dedica. Por si acaso, dejo pistas para el entretenimiento ajeno, por si acaso pican.

– ¿Pistas?

– Alguna cosa que haga pensar, ya sabe, esa experiencia que hace que las cosas ya no sigan como estaban.

– Profundo ¿de quién lo ha copiado?

– De Josep María Esquirol, «La resistencia íntima».

– Interesante¿lo está leyendo ahora?

– Lo alterno con ficción: «Fred Cabeza de Vaca» de Vicente Luis Mora. Una falsa biografía de un artista auténtico. Una delicia. Imperfecta, pero ambiciosa. Eso es lo que se le pide a un escritor que desea serlo, supongo.

– ¿Le gusta leer difícil? ¿Cuál es el último libro que se le ha resistido? ¿Y el último que no ha conseguido acabar?

– Se me hizo difícil «Métrica española» de JM Domínguez Caparrós, pero me fue bien para escribir un T-Rap. No pude acabar «Manual de Gestión Clínica en Cirugía», y eso que me han dicho que el final es muy ingenioso, inesperado –se ríe con un gesto algo inquietante, un poco a lo J Mª Aznar, digamos. De ficción acabé el último de Ray Loriga pero porque le tengo aprecio, son ya muchos años.

– Hablemos ahora de artes visuales ¿Cuál cree que es el futuro de la televisión? ¿Cree que las series son, como opinan algunos, el nuevo Shakespeare?

– El futuro de la televisión es el Apocalipsis Zombie. Los zombies somos nosotros, los espectadores, naturalmente.

– Pero, lo suyo, #elurbanauta ¿es televisión?

– Post-televisión, naturalmente. acTVismo, tal vez, en el mejor de los casos.

– Ya veo. En sus post/gramas, por cierto, alterna la primera con la tercera persona ¿A qué narrador hemos de creer?

– Es ficción ¿se lo había dicho?

– Sí, claro, me refiero al punto de vista del narrador, al enfoque, la lente de la cámara, el plano…

– Me lo pone fácil. Soy un personaje de ficción. Pregúntele al narrador, yo solo pasaba por aquí.

– Ahí tiene razón: nos han inventado.

– Pues eso. ¿Qué creía? ¿Que nos habían invitado los del Banco de Sabadell? ¿Es usted periodista de la SER o de la COPE?

– No, que yo sepa.

– Lo que yo le diga: es usted completamente inventado. Y no hay nada más patético que un periodista de ficción haciendo preguntas a otro personaje de ficción que se supone que no conoce. Ahora el narrador se parte de risa. Ya se sabe el diálogo, así que ya me dirá qué hacemos aquí.

– A no ser que la entrevista se le vaya de las manos.

– Sí, ahora mismo, por cierto, se ha liado y no sabe quién es el entrevistador y quién el entrevistado: está contando los guiones y dudando si escribir «P» y «R» antes de cada entrada.

– Vaya pringao. Podría, por lo menos, poner acotaciones.

– Un aficionado. Si yo le contara.

[Miran hacia el techo de la sala que no vemos completamente, como buscando al narrador real. Se abre el plano. Fundido a negro. Logos de los patrocinadores. (Ah, no, no tenemos) . Aspecto institucional. Voz en off de locutor con voz de locutor, que dice:]

#elurbanauta: ¿Cómo hemos llegado, nosotros, a ser lo que no somos? Del diletantismo a la ascesis, pasando por Ciudad (i)Real. No se pierda la próxima temporada y feliz 2018.

[Fundido a negro. Cierre. Música de Nick Cave.

Copyleft. Texto libre de corta-pegas]

https://youtu.be/dxkUK3SQlWI

#elurbanauta6_enlacomarca

Salgo a correr por el monte. [Los lectoespectadores disfrutan de unas cuidadas y muy HD imágenes subjetivas de #elurbanauta gracias a la action-camera ajustada a su frente.]

Subo por el Valle Perdido, llego a las Tierras Rojas y, desde ahí, a la senda de las Columnas. Con esos nombres, L.A. es como La Comarca de El Señor de Los Anillos, pienso. Mis pies quizá pronto se ensancharán y les crecerá pelo, hobbit style. Entre las Tierras Rojas y el desvío a la Senda de los Veteranos hay una pista forestal que acaba en el Puerto de la Cadena –en serio, ¿Tolkien era murciano?– donde pasa poca gente, incluso los días festivos. El cielo, esta mañana fría, es de un azul intenso, azul-anuncio-de-seguros-de-salud-privado, diría.

A mitad de la senda, llevo ya 10 km de carrera, me siento bien, abro los brazos y sé que estoy vivo. Momento “corro luego existo”, diría Descartes si hubiera sido runner pero solo era geómetra analítico que era lo que se llevaba entonces. Justo en ese momento, después de una curva, me cruzo –sorpresa, no estás solo ni en la Tierra Media– con una pareja de chicas que van perfectamente vestidas y calzadas, podrían ir así por la ciudad, tacones y bolso, gafas de sol de espejo, abrigo tres cuartos abierto. Así, a 10 km del bar / merendero de chuletas asadas más cercano. Sonríen al verme correr con los brazos abiertos, modo avión, vestido con gorro de forro polar negro y mallas del mismo color, las mallas de correr-cuando-hace-mucho-mucho-frío de Decathlon. Supongo que el conjunto me da un aspecto entre un Spiderman anoréxico y oscuro o un Batman sin nada de tórax (pero, al menos, sin máscara ni orejitas). No sé que hacer con los brazos abiertos bajo el azul eléctrico del cielo-etc. mientras las chicas me miran (lo sé, sé que me miran a pesar de las gafas de espejo –azul-etc. también–).

¿Sigo haciendo el avión? ¿Los bajo y subo imitando el vuelo de una rapaz vestida de lycra? Decido bajarlos y disimular (demasiado tarde) y me encuentro corriendo pero con los brazos rígidos, en una especie de extraño paso militar/legionario. Me doy cuenta que voy oyendo algo de The War On Drugs y tanto rever y ecos me están mareando. Tropiezo. Caigo con poca elegancia y cierto estrépito. Las chicas se llevan la mano a la boca y tapan su cara perfectamente maquillada. Han debido gritar algo pero no las oigo (sigo con The War On Drugs en los oídos, les recuerdo; otros detalles relevantes: auriculares Sennheiser, función megabass, loudness on, etc). Me levanto como ágilmente pero no cuela, claro. Sacudo algo la tierra que queda sobre la lycra negra. Ahora parezco más un soldado en misión secreta, con trazos de tierra y hojas-camuflaje, sobre un lecho de ridículo. Las chicas ríen y mueven la boca (dicen cosas). Leo sus labios. ¿Está usted bien?. Dicen “usted” aunque no las oigo.

Sé que estoy vivo.

Y viejo.

¿Llevan los orcos gafas de espejo?

Bajo por la Senda de las Columnas a una velocidad que no creeríais.

Despido la conexión.

GoPro patrocina #elurbanauta. O quizá ya no.

#elurbanauta5_ciudad(i)real

Plano medio.

#elurbanauta aparece de pie frente a un aula con los pupitres vacíos [el plano intenta identificar a los lectoespectadores como los alumnos que no están, y a #elurbanauta como el profe que no es]. A su espalda una pizarra clásica, color verde. Una tiza en la mano.

“Buenas tardes. Bienvenidos a un nuevo capítulo de #elurbanauta. En tiempos de estricta globalización, les voy a comentar cosas que sólo he podido hacer en Ciudad (i)Real, hace unas semanas” nos dice, mirando a cámara.#elurbanauta se vuelve, nos da la espalda –qué expresión tan extraña, “dar” cuando en realidad, te quitan–, comienza a escribir en la pizarra.

“Cosas que solo puedes hacer en Ciudad (i)Real”, titula, en mayúsculas.

Comienza a escribir una serie de guiones bajo el título [la escritura se mezcla con imágenes de #elurbanauta en la ciudad, cámara subjetiva al hombro, que ilustran cada frase/escena].

Voz en off.

Pasear, ser un flâneur manchego, que no es poca literatura. Atravesar el parque Gasset, la Plaza Mayor, la Plaza del Prado. Ver unos buzones (independientes) en la Catedral dedicados a “Limpieza” y “Calefacción”, con objeto, suponemos, de promover una caridadfinalista, diríamos. Tomar café muy malo en tres ocasiones consecutivas. Comer un “menú de Navidad (!)” en un restaurante el 20N, quizá conmemorando el día de los Derechos del Niño. Rechazar el ofrecimiento del –presunto– periódico “La Razón” en una cafetería de la Plaza Mayor, donde el café, esta vez sí, estaba bien. Preguntarme por el concepto “neogótico”, también en la Plaza Mayor, mirando atenta y horrorizadamente al edificio del Ayuntamiento. Pensar que Calatrava tampoco está tan mal. Ver cómo la Policía desarticula un campamento de familias aparente y extremadamente pobres que habían hecho una (preciosa) hoguera junto a mi hotel de cuatro estrellas. Pagar 3€ por cinco o seis manzanas austríacas en un supermercado con mi iPhone, con la app “wallet”. Pensar en el fin de la civilización tal como la conocemos. [“Másqueahorro” se llama el supermercado ¿qué hay más que el ahorro?] Hacer tiempo en una cafetería ruidosa para ver una atracción local: el carrillón, donde, a las ocho en punto, aparecen autómatas (?) de figuras relacionadas con El Quijote. Pensar que Cervantes aparece siempre un poco desmejorado, ojeroso, en todas las representaciones de su aspecto. Pensar, acabada la música y el movimiento de los autómatas, en el sentido último de la palabra “postmodernismo”. Llorar, casi. Oír en Spotify una versión maravillosa de “Don’t think twice it’s alright” de Chris Tile y Brad Mehldau y compartirla en el FB de La Momia. Perderme mientras corría (congelado) junto a la Puerta de Toledo. Admirar, echando vapor por la boca y la espalda, la elegancia de su arco de herradura: pensar que la arquitectura actual lo ha tenido muy difícil, definitivamente. Asistir, todas las mañanas de una semana, a una Master Class de lo mío. Hacer amigos, gente estupenda. Pensar “que esto dure” y disfrutarlo. Hacer fotos raras. Intentar robar una cucharilla de café en un bar para comerme el yogur –nacional– que compré otro día en “Másqueahorro” y que tenía semirefrigerado en el minibar del hotel. Desistir no por motivos éticos sino porque ví una cámara de seguridad en la esquina del techo. En serio. Pasar frío, más frío. Alegrarme al ver en la tele que condenan a Mladic, aunque la justicia siempre llegue tarde. Hablar por teléfono con L. mientras paseo y veo y le comento lo bonita que es la Iglesia de San Pedro. Disfrutar el escaparate de una librería preciosa. Pensar que el frío hace mejores librerías. Contener el impulso de comprarme un/varios libro/s que no tendré tiempo de leer. Admirar un pabellón de balonmano de dimensiones olímpicas, prácticamente abandonado. Ver casi-urbanizaciones en la frontera que dibujó la burbuja inmobiliaria, una frontera que comparten todas las ciudades de España. Pensar en un Google Maps de la burbuja que una con una línea de puntos todos esos no lugares. No ver esteladas. Ver un niño jugando al balón vestido con una camiseta del Barça (¡de Piqué!).Hacer balance. Da positivo.

Se gira, mira a cámara. Sonríe. Sonríe raro #elurbanauta

[Fundido a negro].

Títulos de crédito. Creative commons #elurbanauta, etc.

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#elurbanauta_4: palos

Hoy, en un nuevo programa de #elurbanauta entrevistamos a Gonzalo Criptana, sociólogo.

Hola Gonzalo.

No, no hace falta que sonrías.

Has escrito algo así como que, en la actualidad, nuestra cultura se enmarca entre dos palos –como una acotación se enmarcaría entre dos guiones–: el palo de selfie y el palo de los que no tienen más expectativa que rebuscar en los contenedores y llenar con algo potencialmente vendible/intercambiable su carrito robado del Carrefour. Has definido la nuestra como una civilización/rizoma atrapada en un rango que oscila entre el bitcoin y la quincalla, los servidores y los contenedores de basura, el Doodle de Google y (esta es buena, ahí estuviste fino, Gonzalo) el dolor de los estómagos vacíos. Eso estuvo bien, analógico, jaja, ¿lo pillas, Gonzalo? Claro, sí, pero no era esto lo que quería comentarte. Sigo. No, no digas nada, no es el momento. En tu libro “(Extra)Ordinarios: Esquemas para una nueva antropología del desahucio” realizas una vehemente defensa de la personalidad como construcción, del yo como ficción y acabas afirmando que nuestra apreciación, la de cada uno de nosotros, de constituir “seres únicos”, irrepetibles, no va más allá de las huellas dactilares, que nuestro cerebro es perfectamente intercambiable, construido con un cableado universal y unos protocolos de activación y funcionamiento no muy diferentes a un Pentium II. Sí, no te remuevas en la silla, eso llegas a decir en el capítulo 7, “Lotería genética y minifundios (casi) humanos”, lo que, desde mi punto de vista no es más que una reinterpretación de las viejas teorías estructuralistas, no mucho más allá de Althusser, al que pocos citan ya, un filósofo amortizadísimo ¿te parece?. No, no he acabado, Criptana, Gonzalo ¿puedo llamarte Gonzo? No, claro, ese nick ya está pillado.

No te muevas tanto, no grites.

No podemos oírte, no te esfuerces: tu micro está apagado.

Por cierto, toda esta “nueva antropología” no lo parece tanto y, una vez desbrozada la paja y desgrasado el guiso, poco queda de aprovechable, no sé si coincides conmigo, bueno, claro, qué vas a coincidir.

Supongo que tendrías algo más que añadir, cuestiones que rebatir, pero, ya sabes, no estamos aquí para eso, el #urbanauta es un programa de post-entrevistas, hoy (que nos ha dado por eso), entrevistas donde el entrevistado no habla sino que es sometido al mismo rito que él –tú en este caso– nos ofreció en un libro: un discurso sin derecho a réplica, un tocho indigerible que he tenido que deglutir en una semana.

Si quieres decir algo, espera a la publicidad y hablamos off de record sobre cómo has llegado a se tan gilipollas, el rey del cut&paste y emperador de la jerga postmo.

Y, ustedes, no se pierdan –aunque están en su derecho de negarse una oportunidad única de sufrir con lo que podríamos denominar vergüenza intelectualoide ajena– el próximo capítulo: el régimen del 78, instrucciones de uso. Entrevistaremos a Manuel Fraga. Con una ouija, claro, pero lo van ustedes a entender igual de bien que cuando estaba vivo. En exclusiva. No se olviden de enviarnos sus preguntas. Las ignoraremos todas. Sistemáticamente.

#elurbanauta, el programa para lectoespectadores atentos.

Y recuerden: la postverdad les hará libres. Enjoy! El Apocalipsis somos nosotros mismos.

#elurbanauta_3: hipótesis.

 

Plano medio, la cámara enfoca a #elurbanauta mientras se revuelve en la cama. Luz tenue. La cámara se acerca hasta un primer plano. Mueve las cejas. Abre, de repente, los ojos. La escena se traslada a su sueño.
#elurbanauta sueña con una hipótesis.
Lo explico / se abre el plano / vemos una sala, casi a oscuras. Un grupo sentado.
#elurbanauta sueña que acude a una reunión de un Círculo de Podemos. Se debate, según parece por esa certeza con la que se saben las cosas en los sueños (el lectoespectador puede oír los argumentos aunque no identifica quién habla), sobre si la transición de la hipótesis populista a la hipótesis Podemos ha traicionado la identificación del sujeto político con el significante (significante vacío) que representa el Líder. El guionista tiene dificultades al trasladar esto al lenguaje cinematográfico, en realidad, a cualquier lenguaje comprensible. Desde una pantalla de plasma que preside el Círculo a una cierta altura, colgado del techo, Monedero expone su opinión y da datos históricos –en términos que podríamos denominar neosarcásticos– sobre El Partido, Las Confluencias, Los Movimientos, la generación de un nuevo sentido común. A sus pies todos asienten, distribuidos en sillas que dibujan círculos concéntricos. La luz cenital ilumina la reunión pero el resto de la habitación (parecida a una nave industrial) se degrada hacia el negro; los límites resultan imposibles de adivinar. No se ven puertas ni ventanas. #elurbanauta no recuerda cómo, cuándo ni por dónde ha entrado. El guionista tiene difícil hacer patente este no-recuerdo al lectoespectador de este programa. Porque en los sueños ya estás ahí, desde siempre, desde que empezó el sueño. Creo que este se inspira algo en la estética de aquella película sobre 1984 de Orwell. El guionista sigue sin poder reflejar todo esto.
En un momento dado –es curiosa la simultaneidad y la linealidad del tiempo en los sueños– uno de los asistentes, un hombre algo grueso, desaliñado, vestido con una camiseta negra de Amnistía Internacional que pone “No pienso…callarme” en una tipografía Arial dice que, quizá, en lugar de asaltar los cielos baste con gobernar las instituciones y ponerlas a trabajar a favor de la gente, no en su contra. Alguien sentado al lado de #elurbanauta susurra despectivamente lo que suena como “socialdemócrata” o puede que sea “anticapi”. En ese momento –en los sueños todos los momentos son ese momento, también este– la imagen de Monedero en la tele de plasma que cuelga del techo comienza a vibrar, a pixelarse y a desvanecerse hasta que es sustituida por una persona disfrazada con la máscara de F Society de la serie de TV “Mr Robot”. Problemas de copyright, publicidad de Movistar. El guionista suda, pero ahora algo menos que el productor. Una mujer se levanta, se traslada al centro del Círculo y muestra un libro que sujeta como un escudo, con los brazos extendidos, moviéndose como una peonza lentísima. El lectoespectador es incapaz de leer la portada durante un buen rato a pesar de que pasa varias veces frente a él/#elurbanauta/cámara –lo que debería crear una ¿desproporcionada? inquietud que invita a despertar/finalizar el sueño– pero finalmente #elurbanauta se convence de que se trata, sí, seguro, (se aprecia en primer plano a cámara) de “El Principito” de St Exupery, por lo que esta vez no tiene más remedio que despertar. Algunos sueños no son sostenibles.

Primer plano de sus ojos, otra vez, en la habitación. Hace frío. ¿Guionista, lo pillas?
Voz en off.
Despedimos la conexión. La semana que viene otro episodio de #elurbanauta. En su proveedor de vídeo favorito.
Aunque ya lo dijo alguien –y Rodrigo Fresán escribió un libro (La Parte Soñada) bajo esa hipótesis, otra hipótesis–: quien cuenta un sueño, pierde un lector. O un lectoespectador.
Y también votos.
En su proveedor de video favorito, como decía.