Los virus

[En Julio 2018 dejé de escribir —es lo mío, ser un escritor Bartleby de los que describe Vila-Matas— un ensayito que se llamaba “Breve Historia de lo Breve”. Uno de sus capítulos se titulaba “Los virus”. Lo transcribo aquí porque me lo acabo de reencontrar navegando entre archivos y por su indudable interés histórico y cierto humor negro o, más bien, naive que ha adquirido con el paso de este último año].

La primera vez que me los presentaron adecuadamente, creo que en la Universidad, me di cuenta de todo su potencial. Son pequeños, extraordinariamente eficientes y están vivos. Aunque quizá de esto último pudiera haber alguna duda. No vamos, sin embargo, a entrar en la discusión de qué significa estar vivo. O sí, pero entre líneas.

Un virus es algo muy pequeño. Miden entre 30 y 300 nanómetros (10^-9 m), lo que significa que son unas 100 veces menores que una bacteria o 1000 veces más enanos que un glóbulo rojo.  Para los que no dispongan ahora mismo de un microscopio, pongamos que son de un tamaño unas 10.000 veces menor que el punto y seguido que sigue.  Sí, ése que acaban de pasar. La mayoría de la gente los confunde con otros microorganismos como las bacterias y dice cosas que repugnan a los expertos tales como «virus resistentes a antibióticos». Pero los antibióticos no tienen nada que hacer contra esa máquina perfectamente ensamblada que es un virus.

Los virus, en su ambiciosa pequeñez, han acortado incluso su nombre. Inicialmente denominados virus filtrables (lo que significaría algo así como «veneno que es capaz de traspasar un filtro») por un científico – el botánico holandés Martinus Willem Beijerin , en 1898 al repetir la experiencia seis años previa de Dimitri Yosífovich Ivanovski– que, mientras investigaba la enfermedad del mosaico del tabaco, vio que el agente patógeno que debería encontrarse en el líquido obtenido a partir de las hojas de la planta enferma no era retenido por un filtro que hubiera atrapado cualquier bacteria. Así, mientras España perdía Cuba (o viceversa) y se hacía infinitamente más pequeña para siempre en la Historia, un holandés descubría un nuevo mundo plagado de miles de especies muy pequeñas. Suele pasarnos.

Si un virus está vivo —lo que parece bastante probable en la definición que le hemos dado a la vida— es porque son la propia vida en esencia: se reproducen e interactúan con el medio y a un coste cero para ellos (carecen de metabolismo propio). Parasitan células altisonantemente complejas y pedantemente eucariotas o procariotas utilizando los mecanismos reproductivos de éstas en beneficio propio. Todo eso apenas con un fragmento de ácido nucleico y una membrana proteica, lo que, en términos biológicos se puede traducir por «sin hacer apenas gasto». Mi madre estaría encantada. 

Los virus suponen un prodigio tal de simplicidad que nos impide, paradójicamente, comprenderlos lo suficiente. Mientras ellos se reproducen, nosotros moqueamos, nos sube la fiebre, nuestros músculos se debilitan y aletargan, nuestros linfocitos mueren, sangramos, nos inflamamos; a veces morimos, gracias a ellos. 

Tomando, suponemos, ejemplo de estos mínimos y eficaces seres, en 1972 se produjo el primer ataque de un (no pudo ser denominado de otra forma) virus informático a una computadora IBM. Un breve programa informático fue capaz de reproducir incesantemente la frase «I am a creeper… catch me if you can» en la pantalla del ordenador afecto. Para tanto esfuerzo, la frase no parecía especialmente brillante. Tampoco sabemos si el exitoso tema «Creep» del grupo británico Radiohead en los 80 está o no inspirado en esta historia.

Porque, al final, los virus, como algunas frases, lo infectan todo.  

Un año ya. Un año todavía.

Hace hoy un año nos (en)cerraban. Todos nos adaptábamos a lo nuevo: nuevos usos, precauciones, normas (y multas, también). Un giro argumental de tono medieval, absolutamente inverosímil —qué gilipollas el guionista, esto no hay quien se lo trague— cuando el futuro estaba, una vez más, a la vuelta de la esquina.

Los hospitales, los centros de salud, dejaban de serlo, arrastrados por un tsunami que algunos llamaban ola. Algunos dejaban de operar lo que hasta hace nada parecía urgente y hacían protocolos para el hospital por si se operaba algo urgente y, a la vez, contaminado porque ya todo estaba contaminado: todo era contagio y asfixia y miedo. Muchos, como si le importara a alguien, escribíamos un diario de la pandemia, más o menos desestructurado, más o menos personal y, por supuesto, falso, como son los diarios, los poemas, la publicidad, los discursos y otras formas de ficción narcisista venidas a más.

Pero ahora es ahora, como siempre: ahora es ya porque ya hace un año, pero todavía –todavía– no hemos salido de esta. Porque esta nos ha dejado, nos está dejando, mal parados.

Nos está dejando mal y en mal lugar.

En mal lugar porque no hemos sabido proteger lo esencial, no hemos sabido qué era, en realidad. No hemos sabido identificar y cuidar los puntos débiles, lo frágil, lo crítico, lo fundamental. Años de discurso sobre vulnerabilidad y cuidados y todos, de repente, asustados como un rebaño en busca de inmunidad, buscábamos a alguien —fuerte, poderoso, decidido— que viniera y lo arreglara todo, alguien al mando, con su metavisión, sus superpoderes, experto en algo de lo que no hay experiencia, capaz por encima de todos y todas, un Superman blindado incluso ante la kryptonita. Un líder total. Porque no nos merecemos menos que no nos pase nunca nada, ultrapoderosos por delegación.

Hoy hace un año que nadie iba a quedar atrás y da miedo mirar hacia atrás, ahora. A esa multitud.

Entre toda esa gente que ha quedado atrás están nuestros hijos cuyos trabajos, cuyos proyectos —¿qué hay más esencial que un proyecto si tienes veinte años?— han quedado aparcados, pospuestos, deteriorados, tocados y hundidos, quizá. Jóvenes señalados, perseguidos, multados, ilegalizados, tan irresponsables siempre los jóvenes (sin trabajo, sin clase, sin alternativa salvo la habitación y el móvil, en el mejor de los casos, sin resignarse estoicamente al carpe diem de la marmota).

Y están nuestros padres, detrás de los cristales donde los colocamos hace ya tanto tiempo, como figuras de cerámica, como piezas de museo, arrugadas y arrumbadas, muriendo o viendo morir en vitrinas que no los han protegido de nuestra ignorancia y nuestra inoperancia. Viejos irresponsables que no han sabido gestionar una vejez sana y sin demencia y sin dependencia y sin soledad, una vejez como esa que sale en los anuncios de los bancos y de los seguros de salud. Seguros de salud, esa expresión.

Y están nuestros vecinos que tuvieron que cerrar, que fueron despedidos, que tuvieron que suplicar una subvención, una ayuda —¿una ayuda? ¿pero a quién pertenece el Estado sino a ellos?— que tardó en llegar si es que llegó, siempre corta, insuficiente, rácana, porque aquí no repartimos, aquí solo respetamos al que, por sus méritos los conoceréis, se ha blindado una buena cuenta corriente, a salvo de IRPFs y solidaridades mal entendidas.

Y están las colas de los comedores sociales, donde nadie queda atrás porque todos lo están.

Y están, aún más atrás, los de siempre, los de esos países sin nombre pero siempre en guerra, en derrumbe, exportando familias con bebés cruzando desiertos y mares donde rescatarlos es de una generosidad intolerable porque aquí no cabe todo el mundo; están los refugiados sin refugio, abandonados en las escolleras de los puertos, los inmigrantes que recogen nuestra comida malviviendo en campamentos que, ocasionalmente, se incendian, suplicando papeles que no les vamos a dar, porque aquí no se queda nadie atrás y tú no eres nadie.

Están los que se van a vacunar los últimos porque las vacunas son primero para nosotros.

Están las mujeres que  se han cargado a la espalda todo lo que había que cargar: casas, familias, educación, cuidados.

Están todos los que nos han entretenido al otro lado de las pantallas, cantando, bailando, actuando, escribiendo, tirando de ahorrillos y de ingenio, juglares montados a lomo de ese streaming que nos cobran a precio de oro las telecos: pero están ahí porque quieren, esos artistas, siempre tan bohemios, en su simpática y eterna precariedad.

Y están todos esos pacientes al otro lado de otra frontera cuyos países no tienen suficiente espacio en los hospitales, no tienen oxígeno o mascarillas o ventiladores, y nosotros sí, aunque de milagro, pero no, no podemos colaborar, estamos demasiado ocupados escribiendo otro protocolo más, un artículo muy importante, una (otra) crónica (imprescindible) de la debacle, un decreto ley, un diario de la peste donde nada ni nadie iba a quedar atrás (salvo que estés en otro hemisferio o en otro barrio o en otra ciudad o en otro sexo o en otra generación o hables otro idioma o no tengas papeles o…).

Hoy hace un año que empezamos a equivocarnos y a mentirnos, y hasta ahora.

Hoy hace un año que nos ha servido de espejo aunque da miedo mirarse.

Hoy hace un año en que un día los pájaros y el aire parecieron revivir, porque el monstruo se había quedado en casa y su coche en el garaje o en la calle, cogiendo polvo, por fin.

Hoy hace un año que nos aplaudimos a nosotros mismos por nada, por tan poco, quizá por no desanimarnos en medio de tanta impotencia.

Hoy hace un año que fuimos, de nuevo, los campeones del mundo del desastre.

Hoy hace un año que no sabemos qué hacer pero seguimos haciendo y no parece que demasiado bien aunque todo va a salir bien.

Hoy hace un año que empezó el gran fracaso que ya éramos.

Un año.

Neogótico

La parroquia de mi colegio era imponente. Es decir, daba miedo. Sus columnas y nervaduras proyectaban sombras alargadas y calculadoramente inquietantes, como varas —o como fustas, más bien— en una exhibición de terror —religioso, como siempre es el terror— neogótico. El neogótico es una falsedad, es decir, algo muy contemporáneo. Una especie de pornoarquitectura. Una falsedad y, a la vez, una nostalgia de lo medieval, de otra arquitectura, de otras estructuras, tal vez prerrenacentistas, premodernas, algo, por tanto, pretencioso: un arte cuya creatividad se articula en torno a los metros que alcanza la clave de la bóveda, a ver quién la tiene —la torre, el cimborrio, la nave, la capilla— más alta. 

Éramos ya no tan pequeños e íbamos a Misa a aquella iglesia neogótica con una frecuencia inexorable, industrial. Nos aburríamos con la —también neogótica— solemnidad debida y hacíamos todo lo posible por evitar una amonestación, por parecer devotos y que nuestra genuflexión se leyera en toda su majestad, es decir, en su absoluta humillación. Adolescentes de rodillas: una imagen, a la postre, también inquietante (como las sombras alargadas y etc.) con todo lo que ha llovido (en denuncias) desde entonces. No allí, no me consta, no alimentemos rumores.

Recuerdo una vez que mi madre vino a casa después de una reunión rutinaria con el tutor de mi curso, el Padre X  —a.k.a. “el sopas”— un cura de los de halitosis en astillero, jersey de pico y amabilidad eternamente ausente. No sé cómo llegaron a esa conversación, pero mi madre, al volver a casa, me transmitió, con ese raro orgullo de madre hasta donde yo sé agnóstica, que el Padre X le había comentado que, si yo alguna vez me perdía —lo que era, bajo mi punto de vista, sumamente improbable ya que ni siquiera llegué nunca tarde a mi casa (mi padre era, para la puntualidad ajena, tan británico como violento)— me podrían encontrar en la iglesia, en aquella iglesia neogótica, rezando. Que ese sería —potencial, eventualmente— mi refugio secreto, mi seguridad: eso, al menos, interpretaba “el sopas” en su infinita sabiduría de cura y, simultáneamente, profesor de historia. Yo veía clara la imagen que ellos habían desarrollado (disecado) en aquella conversación: mi desorientación adolescente,  mi ira, mi tormenta hormonal, todo ello perfectamente domesticado, aquietado, recogido, humillado en un banco de iglesia rodeado de candelas eléctricas, cepillos vacíos e imágenes de vírgenes y santos (éstas, incongruentemente neobarrocas).

Desde entonces sé dos cosas: que lo aparentemente falso es falso y que yo proyecto una imagen muy alejada de quien realmente soy (o que, en el peor de los casos y seguramente, no me conozco en absoluto: lo siento ¿nos han presentado?). 

Una estructura neogótica, alejada de los tiempos, de su tiempo, alejada de mí tantos años y ahora frente a mí, impasible, esperando, de nuevo, mi genuflexión.

Ser, pero (al menos) no ser neogótico.

Despropósitos del año nuevo (21)

Mantener la posición del aprendiz. 

Seguir intentando imitar la voz de Matt Berninger.

Excribir, también, un poco.

Tomar café cada vez más largo, cada vez más de cuando en cuando, tomar cada vez menos café, no tomar café.

Pasar de Byung-Chul Han a Marina Garcés. Pasar de Byung-Chul Han.

Aumentar el conocimiento en agnotología.

Comparecer ante el espejo con dignidad suficiente.

Frecuentar desvíos que resulten cruciales.

Seguir odiando la hybris, pero no demasiado, respetando el límite exacto porque lo exacto es bello. Y porque el oráculo tenía razón pero la redacción puede mejorarse.

Leer a los clásicos exclusivamente a través de los autores contemporáneos, pensando que ellos hicieron lo mismo por mí, antes y mejor.

Buscar, en los días malos, ese sol tímido que no sabe dónde ponerse.

Bajarme una app que me diga qué apps debo bajarme.

Quitarme de tertulias, de liturgias solemnes, de discursos, de tribunas editoriales y otras opinologías. Opinar de forma adánica, ininterrumpidamente, como si nada hubiera sido antes opinado. Metaopinar, incluso.

No sospechar de la amabilidad.

Frecuentar más las librerías de viejo. Frecuentar más, ahora ya de viejo, las librerías.

Celebrar simplemente [ojo spoiler] otro año.

Pasarlo, pero pasarlo bien, “para saber que soy yo y no todos ellos” (marcarme, pues, un anti-Panero).

Vacunarme (y no enfermar, tampoco, una vez vacunado).

Dejar de confundir a Martín Caparrós con Jorge Carrión o viceversa.

Progresar adecuadamente hacia la irrelevancia y que no me importe ni a mí ni a nadie.

Aprender de memoria eso de que “La fe es una apuesta, la moral es una elección”. Saber elegir.

Seguir con esta obligación de creerme libre.

Vivir, que eran dos días.

Vivir como cuando uno oye una canción y dice “me encanta esta parte”.

No hacer propósitos. Hacerlo público.

Café Pombo

Supongamos que empiezo a escribir y el predictor de textos me dice, una vez más, la palabra que ya sé que voy a emplear. O quizá no, supongamos que quizá la sugiere unos instantes antes, quizá verdaderamente se anticipa y yo la leo antes de haberla escogido en algún lado de mi cerebro, con sus precarios algoritmos neuronales de cazador-recolector sedentarizado, y creo que lo hago libremente, pero sólo y en realidad la postescribo, predictado, predecido, humillado, en cierto modo, por ser tan predecible. (Yo, tan redicho, en realidad pre-redicho).

Supongamos que Spotify me dice en su lista de fin de año lo que ya sé que me gusta oír o lo que, en realidad, coincide con lo que he ido escuchando todo el año gracias a su algoritmo (este electrónico pero también cazador-recolector) que escoge, en el modo aleatorio (¡ja!), de todas las canciones que me gustan, extrañamente y casi siempre, las mismas y en un orden similar o las deja caer, incansable y quizá algo asustado del horror vacui que pueda generar en mis auriculares, al final de un álbum o una playlist de algún músico que sí —te lo juro Spoti— me gusta (aunque no sabes cuándo ni con quién me gusta ¿o quizá sí? ¿o quizá también?).

Supongamos que ese anuncio de Amazon del utensilio de cocina que aparece en la página del periódico electrónico acribillada de banners y cookies y ads de apps y popups, y otros mil anglicismos doblemente invasivos, supongamos, digo, que es solo casualidad cibernética que ese anuncio corresponda al mismo tipo de utensilio de cocina que he estado mirando la última semana para sustituir al triste y analógicamente roto. Supongamos, incluso, que lo he consultado para despistar al sistema mientras lo que en realidad deseo es un Tesla Model X o unas tijeras para zurdos o un rotulador de caligrafía gótica o unas lentillas progresivas. Supongamos que yo pudiera hacer, de algún modo, que la imagen de la Crockpot (el utensilio de cocina antes mencionado) no estuviera como de oferta infinita, universal e iterativamente presente en La Opinión, La Verdad, Levante, El País, eldiario.es, infolibre… Supongamos que pudiera leer lo que me interese sin agresiones intermitentes y persistentes, aunque culinariamente sanas. Supongamos un mundo libre de publicidad epileptógena (y otros posibles placeres ya extintos).

Supongamos que Kindle, al sugerirme otro libro de Yuval Noah Harari ignora que no, que no me ha gustado Sapiens, aunque no sabría decir demasiado bien por qué (no puedo discutir con Kindle esta falta de matices, esta sólida —y pesada—hipercertidumbre de Harari que me da como acidez de estómago, un poco como el arroz al horno o las lentejas con costillas: esa rotundidad) pero que, de algún modo, entiende que sí, que cada vez acaricio más de cerca la compra de Homo Deus aunque sólo porque esa portada desaparezca de mi vista (o quizá no, quizá Kindle solo lo hace por ignorancia, porque Amazon me sugiere en muchas ocasiones objetos y libros que ya he comprado, incluso en su web y quiere, tal vez que vuelva a leer Sapiens, o que lo lea de otra forma o que me atreva, de nuevo, con otro platazo de arroz al horno).

Supongamos que Google es capaz de leer, en su artificial inteligencia, este post y se engaña, en su también artificial entendimiento algorítmico y silicónico, con el simple hecho de que yo nombre aquí el “Café Pombo” para despistarlo y que pique el anzuelo y que comience a sugerirme libros, lecturas y vídeos de Ramón Gómez de la Serna.

Café Pombo. Café Pombo. Café Pombo.

Café.

Pombo.

A veces escribo.

A veces escribo para poder pensar mejor, es decir, pensar. Por aclararme. Por fijarme en y a las palabras (que actúan como eslabones de una cadena que ya me ata a algo, a esas ideas, a esa forma de expresar lo que antes solo es una nebulosa, un océano informe y algo agitado, un murmullo).

A veces escribo solo porque me gusta emborronar un folio, un cuaderno, una pantalla. Escribo con la energía estúpida —con las malas formas— del que hiere el tronco de un árbol o el respaldo de un banco con sus iniciales.

A veces escribo por aburrimiento: por alejar el horror, literalmente.

(A veces escribo entre paréntesis, por aquello de los matices).

A veces escribo para intentar entender qué es lo que realmente quiero, soy, represento, hago o he hecho o espero.

Escribo por encontrarle el sentido a algo o a todo o a mí, sabiendo que eso no sucederá por más que lo escriba, porque no cesa el murmullo, pero que de eso, precisamente, se trata: de estar en modo búsqueda.

[Búsqueda: del sentido, de la dirección ¿única?, del significado que le damos a las cosas, a la vida (sea lo que sea eso que sucede mientras no escribimos o leemos, que es casi lo mismo): del hilo que va enhebrando cada acción, cada relación, cada palabra.]

A veces uno cuenta y otras se cuenta.

A veces uno cuenta un paso adelante, o una cuenta atrás (a veces, demasiadas veces, es lo mismo).

Otro párrafo. A veces hay que abrir otro párrafo. En inglés se dice “to move on”, nosotros, mejor, decimos, “pasar página”.

A veces escribo, digo, por engancharme a algo. A una frase.

A una frase ardiendo.

La verdad.

La verdad, con su complejidad siempre en tránsito lento y fatigoso (si se quiere ser fiel a la verdad). La mentira, como una bala directa al corazón (más que al cerebro), penetrando todo tan rápido, viajando tan lejos, a la velocidad de la sombra, dando siempre en el blanco, simple y eficaz, nacida para ser creída. La verdad, llena de aristas, incómoda, difícil de manejar, siempre trayendo otro problema más, más hondo, más amplio, una verdad embarrada, siempre impura, la verdad. La mentira haciéndose la víctima, en su claro falso esplendor, diáfana, obvia, indiscutible. Lo contrario de la verdad es otra verdad, lo contrario de la mentira es también otra verdad ¿cómo distinguirlas? La verdad con su elegancia decadente y algún roto en los calcetines, la mentira siempre a la moda, inmaculada, tan bien afeitada. La verdad como un cacharro roto y mil veces reparado, aún útil, quizá más por el recuerdo, por añoranza, por nostalgia de cuando era una verdad más nueva, joven, ilusionada, tan capaz. La mentira como una llave inglesa, puro acero que se adapta a todo, que todo lo aprieta o lo afloja y que, a fin de cuentas, no arregla nada. La verdad con los pies en la tierra y las manos en la faena, la mentira paseando, de domingo, al salir de Misa, del museo, del bar de tapas trufadas de falsas trufas. La verdad inestable, frágil, quebradiza, apoyándose en todos para poder salir adelante un día más, con suerte. La mentira adelantándote con su agenda repleta de compromisos, en su BMW, este sí, ecológico, sostenible, sólido y eterno, garantizado. La verdad de la letra pequeña, la verdad después del asterisco, de las notas al pie o en los márgenes, la verdad entre paréntesis. La mentira del tópico en mayúsculas, mil veces repetido, con su rima sencilla y su idioma fácil de traducir. La verdad de la frase subrayada y después tachada. La mentira del algoritmo. La verdad, justo antes de dormirte, si es que puedes. La mentira, en la sobremesa, en la tertulia, en el periódico, edición nacional. La verdad humana de los héroes trágicos, la divina mentira que Dios guarde muchos años. La verdad de la ficción, la mentira de los tratados. La mentira de que, al final, triunfará la verdad. Aunque no estaremos allí para verlo, de verdad.

Umbral, el frío de una vida

Llegué a Umbral, regresé a Umbral, no hace mucho, documentándome sobre Ramón (Gómez de la Serna) y, hace nada, a través de la biografía de Anna Caballé (que se titula como esta entrada).

Porque a Umbral hay que llegar.

Porque hoy Umbral, sería/es imposible.

Esa especie de gamberrismo columnista, extraordinariamente incómodo, aberrante, aparentemente libre, barroco, incendiario (a veces solo en superficie), emocionante siempre. Columnismo lírico, diríamos. Quizá —ahora y en otro orden, también literario— Guerriero (cuando quiere/se deja), Jabois (a veces, cuando puede). Pero no, Umbral, irrepetible.

Umbral, absolutamente despreocupado por la —supuesta/imposible/ignorable— veracidad de los hechos, por la relevancia del tema. Umbral centrado en el efecto que, a propósito de cualquier cosa (pero/aunque siempre sobre sí mismo) provocan sus frases. Umbral poseído por la posibilidad de encontrar el adjetivo correcto. Un escritor del dardo más aún que de la palabra, que también.

Umbral, atrapado en una voz/personaje que decía lo que nadie.

Umbral hurgando en una herida kilométrica, primordial, incurable, hurgando en sí mismo y, cada vez, en otro.

Umbral como el escritor proteico, prometeico, prolífico, al que los premios no merecían lo suficiente; el a-cadémico, el príncipe republicano de las letras y también el escritor del Movimiento (perpetuo)

Narciso Umbral.

Umbral también como el escritor zombie, el vivísimo no-vivo, con el frío en los huesos, con los huesos en carne de gallina, con el cuerpo envuelto en papel, en papel higiénico —su escudo de Quijote vallisoletano—. Umbral tan duro y de piel tan fina, a la vez.

Umbral imposible, intratable, ilegible. Porque no hay cojones a leerse todo Umbral (¿#Umbralchallenge?).

Aunque yo creo que a un hombre al que se le muere entre los brazos un hijo de seis años se le debe escuchar siempre y perdonar todo. O tal vez no.

Umbral y su Mortal y Rosa, al menos, concédamonos eso.

El Confinauta (31 y final).

25/04/20

El Confinauta desconfía. El Confinauta sabe que tiene que desconfiar. Permanentemente. Sabe que eso que todavía no aparece lo hará en cualquier parte, de cualquier manera, intempestiva pero no inesperadamente. Porque El Confinauta espera. Espera pero sin esperanza, con experanza. Sabe que no puede confiar en el gobierno, en los expertos, en los médicos, en los periódicos. No puede fiarse de Internet aunque pasa el día en twitter, en Facebook, scroleando noticias que le llegan a través del algoritmo de Google, noticias que pasan, incesantes, de abajo arriba, como se desenrolla el papel higiénico.

El Confinauta vigila.

El Confinauta sale a la calle e, inmediatamente, se convierte en un espía del MI6, en un encuestador del CIS, en un epidemiólogo, un salubrista, un periodista, mejor, un reportero. El Confinauta no toma notas pero hace fotos que luego colgará pronto en Instagram o Flickr o Tumblr o tal vez Nevr, tal vez solo las disfrute en la oscuridad de su confinamiento, y que demuestran (que ilustran) que el infierno son los demás. Que nadie tiene ni idea. Que fíjate, las mascarillas, los guantes, los envases, las distancias, las aceras, los perros, los niños, los parques, los tomates, los extranjeros.

Aunque, también, El Confinauta tiene miedo.

El Confinauta no calibra los números, no calcula del todo bien. En su salvaje heurística, con su respuesta combinada y confinada de altas dosis de adrenalina y cerveza y tertulias en la Sexta, grita a la pantalla, sale al balcón, golpea cacerolas y aplaude con el ritmo lento y la violencia suficiente como para matar un crustáceo o para abrir una nuez, con cada palmotada. Pero grita y golpea y aplaude fuerte porque tiene miedo. Se le ha metido dentro, el miedo. Un miedo que se reproduce, se replica en el núcleo de sus células, hace copias de sí mismo e infecta a otros. Un miedo que corre por los grupos de whatsapp, por los comentarios sin filtrar —sin filtrar como el humo de los puros de los aficionados a ir al fútbol a insultar, sin filtrar, infiltrados que gritan sin filtrarse—, que corre, decía, por los comentarios de los periódicos digitales, por las conversaciones a pleno pulmón, en el móvil, desde el balcón. Un miedo desbocado, al galope.

Porque El Confinauta se teme lo peor.

El Confinauta teme morir por culpa de alguien, por culpa de algo, porque, si no, de qué, de qué se iba a morir.

Mientras, animado por ese mismo miedo, El Confinauta rebusca.

El Confinauta revuelve cajones, cajones virtuales. Busca entre los chats y las noticias y los titulares como quien busca en un vertedero, por pura supervivencia. El Confinauta, carne de clickbait, revuelve bytes a ver qué encuentra, algo que le reafirme más, que le dé la certeza de que, como siempre, está y ha estado en lo cierto. Colecciona hechos (virtuales) para sus continuos yalodecíayos, sus oslodijes. Atesora sus pequeños triunfos de Confinauta («Véis, ya os decía yo que pasaríamos de veinte mil. ¡¡Veinte mil!!» —el Confinauta, solo e hiperyoico, piensa con muchos signos de admiración pero con pocos interrogantes—). Porque, El Confinauta, en su acontecer histérico (sic, y gracias, F) es un individuo, en realidad, ahistórico. Es un mojón, una señal inamovible, anclada en el camino que transitan los demás.

Usted está aquí, nos dice, el Confinauta. Nuestro movimiento es relativo a su inmovilidad, su tesón como señal de tráfico, perfectamente dibujada e ignorante del tráfico.

El Confinauta, en estos días, desconfía del desconfinamiento. Como ese animal, como un animal, decíamos, ahistórico —no prehistórico— tan agresivo como tímido que apenas asoma el hocico de la cueva. Espera, paciente, a que los demás se lancen, se exhiban con su aroma de presa flotando en la brisa del aire libre —aire libre pero peligroso, libre pero insensato— para contarlos, de nuevo (El Confinauta lleva una estricta contabilidad) como víctimas o como casi víctimas o como ingenuos ignorantes confiados desconfinados que solo se han librado por esta vez de milagro. De milagro.

Porque El Confinauta cree en los milagros, pero en milagros inversos, milagros en los que Lázaro no resucita y los leprosos no se curan, de milagro. El Confinauta sabe que, si (quizá) ahora no, habrá otra vez. Las veces son así: inexorables.

El Confinauta disfruta de su vida en cuarentena vs la vida, posponiendo su Apocalipsis —su Apocalipsis privado— mientras disfruta en secreto a voces del Apocalipsis público.

El Confinauta ya te lo decía, pero no lo querías oír. Ya te lo advertía, desde el principio de los Tiempos, de sus tiempos, en su eternidad de Confinauta. Porque El Confinauta ve la distopía en lo inmediato, cada minuto (y los minutos se le hacen eternos).

El Confinauta os daría más detalles, pero no quiere aburriros (más), porque os queda poco tiempo, porque la eternidad se va quedando corta, cada vez más corta, la eternidad, hoy en día.

El Confinauta piensa, piensa así, haciendo un cuidadoso inventario de las pérdidas por venir en su —en nuestro— porvenir.

Ya.

Libros en cuarentena (30)

24/04/20

Es viernes y me acuerdo perfectamente, según llego a casa y me descalzo y me quito la mascarilla y pongo spray con lejía por las distintas superficies de la compra que acabo de hacer después del trabajo, me acuerdo, decía antes de tanta lejía, de haber predicho hace un mes que hoy acabaría el confinamiento. Es viernes y recuerdo cómo me equivoco tanto, tantas veces.

La consulta ha transcurrido sin sobresaltos. Las salas de espera están vacías estas últimas semanas gracias a las teleconsultas y a la reprogramación de actividad (reprogramar es una palabra-talismán o, mejor, una palabra-nicho que sirve para decir “dejadlo para más tarde”). Confinamiento más procrastrinación, esa fórmula antivírica generalizada, como la lejía.

Llego a casa envuelto en nostalgia (una nostalgia de lo reciente, de lo de hace tan poco, una cuasinostalgia o posnostalgia o covidalgia) y lejía y miro la estantería, repleta de libros de tamaños y colores diversos, apilados en dos filas y recuerdo, también, que ayer fue el día del ídem y me/nos —en serio, familia, lo hago también por vosotros— regalé varios que aún no han llegado. Alimentos esenciales que traerán desde librerías de las de verdad —ya sé cómo hacerlo sin Amazón, gracias @jorgecarrion, una vez más—. [Pongo aquí un par de sitios, por si cae, cualquier día de estos, que también hay (muchos) libros más allá del día del libro: libelista, librostraperos.

Pero, sí, tengo demasiados libros.

Y sí, no debería comprar ni uno más. Ni uno. En serio.

Y sí, por supuesto que no he leído todos los libros que tengo, y por supuesto que no podré llegar a leer todos los libros que tengo. No sé por qué compro, compré y compraré tantos libros.

Soy un libralcohólic anónimo.

Mi biblioteca engrosará algún día todas esas librerías de viejo donde siempre nos preguntamos ¿quién leería, quién compraría este libro alguna vez? Qué mal gusto o qué gusto tan raro o que obsesión con C o con D o con F, con F, con F, sobre todo con F. Libros incluso repetidos, duplicados como greguerías que no recuerdas y caes, de nuevo, en ellas, cualquier día y te deslumbran y te las traes, otra vez, a casa creyendo que es la primera vez. Muchos libros que serán, algún día y en el mejor de los casos, en el mejor de los futuros posibles para ellos —los libros— y para los que vengan —los lectores, los lectoescritores, los videoneoluditas—, vendidos a muy bajo precio; libros llenos de subrayados, anotaciones y notas marginales, muy marginales, afeando libros ya marginados para siempre.

Tengo, en esa estantería y en otras y tirados en mesas y mesillas y rincones, libros comprados en librerías estupendas, en librerías míticas, míticas de mitos particulares, de mitos de andar por casa, de esos que deberían contar con campañas de «apadrina un mito». Y también comprados en las demás, en librerías nada míticas pero muy prácticas, de centros comerciales, de cadenas libreras (cadenas de librerías, pienso, librerías encadenadas, condenadas a trabajos forzosos a bestselear al ritmo de la percusión del bombo del mercado).

Veo, en la estantería, el “Animal Farm” de Shakespeare & Co, veo el lomo de uno de Chomsky y otro de Lorri Moore, los que tienen el sello (¡y marcapáginas!) de Tattered Cover, Denver, Colorado (¡gracias JG!); tengo también, cuidadosamente perdidos entre todos los demás, varios libros con el sello de Railowsky (Valencia) y un par de la librería Gil (Santander) y de la librería Cervantes (Oviedo). Tengo por ahí, quién sabe dónde es «ahí», “Contemplación”, de Kafka, que compró R en ¿Palác knih Luxor? y me regaló, cuando volvió de Praga, envuelto en una bolsa de papel casi tan bonita como el libro. Tengo varios de Ramón adquiridos en la cuesta de Moyano, porque, qué menos, Madrid, que tener siempre a disposición a Ramón, que te puso vanguardista y tertuliada y te mantuvo cerca y a distancia, después, tantos años. Está el “Cómo ser perfecto” —en edición bilingüe— de Ron Padgett que tanto me costó encontrar hasta que entré en La Central de Barcelona, la de la calle Mallorca, después de salir de Altair y de regalarle “Seda” de Baricco a R, aunque no se gustaron, el libro y ella, lástima: otro error de cálculo como el de cuándo acabará la cuarentena. Hay también unos cuantos de La Central pero de la del Museo Reina Sofía de Madrid (uno muy raro, sobre fiestas raras ¿encuadernado? con gusanillo y otro sobre cómo cuidar que se llama así “Los cuidados”, libros de títulos literales y no literarios, libros de paso para llegar a otros libros). Tengo uno sobre una mesilla con ruedas, siempre está allí (no sé por qué le gusta tanto ese rincón), adquirido en una sala de exposiciones de Birmingham —Ikon Gallery— (id, si podéis, id), de su librería temática sobre arte (y filosofía y otras cosas), una librería pequeña y perfecta, como toda la galería, un libro lleno de colores, fotos y tipografías diversas (y de buenas ideas para llevar en el bolsillo): “Is capitalism working?” se llama. Quizá se esconde ahí, en ese rincón de la mesilla, porque le da un poco de vergüenza ser tan llamativo, tan divulgativo, él, aunque es un buen libro, un libro honesto que apenas cuesta dos pintas leérselo en Birmingham, mientras llueve fuera del pub, incesantemente, y piensas —ahora, no en aquel pub— que el capitalismo es como otra cuarentena, la definitiva, palabra de wannabe Peaky Fucking Blinder.

Los libros con el sello de la librería son, para algunos, como niños, como bebés a los que les hubieran estampado el tampón del registro civil en la frente. Pero para mí no sólo no pierden belleza ni integridad sino que adquieren una memoria extendida, un vínculo, una marca de nacimiento que puedes mirar una y otra vez. Libros tatuados, de algún modo, de ese modo tan cuidadoso con el que lo hacen los libreros cuando se lo pides y te preguntan dónde ponen el sello, si va bien aquí, en la segunda página, junto al título. Me pasa también con los cines y las películas (me pasaba, cuando había más de un cine en cada ciudad). Yo recuerdo dónde (y cuándo) vi “Senderos de Gloria” (en un Renoir, en Madrid) y todas aquellas de Fassbinder y de Rohmer (en el Acteón, Gran Vía Marqués del Turia, Valencia). Y los sellos, en los libros, me ayudan a lo mismo, a saber de dónde vienen, quién los escogió por primera vez, quién los dispuso, ordenados o no, atractivos o amontonados, quién los recomienda, quién se libra de ellos o los libera a ellos. Quién los ha tatuado.

Todos esos libros sin leer, esperando, esperándome, como en un bolero, algunos también con mi nombre tatuado, mi ex libris, sobreviviéndome, cuando yo sea su ex hominis. Libros, digo, con mi ex libris, sí, ese de la foto, el que me regaló R, la otra R, la que vive cerca de la París-Valencia del carrer Pelai, donde también he revuelto tantos y tantos libros, desde hace tanto, desde niño (de ahí vino, por cierto, el segundo “Ecuador”, de Benjamín Prado, el que compré cuando perdí, prestándoselo a alguien, seguro, el primero).

Toda esa gente, libreros como bartenders, como dealers, alimentando mi libralcoholismo, alimentando esa futura librería —random, pero tan random, que dice R— de viejo, cuando yo ya ni siquiera lo sea, cuando me pase de viejo.

Leed con cuidado. A mí algunos libros que parecían tan amables, tan tranquilos, me han hecho mucho daño.

A mí, a su criatura Frankenstein, hecha de sus fragmentos.