Diario de cuanterenas (12)

29/03/20

Otro saliente de guardia, de nuevo en la bici. La vuelta, no hay prisa, por la vía amable (que hoy realmente lo es, sin tráfico). Paso por Gran Vía (modo Amenábar en “Abre los Ojos”), mercado de Verónicas (cerrado, muy cerrado) y por el jardín de Murcia-Río, esa especie de mini Parque del Retiro de nuevos ricos (perdón, es el cansancio).

Después Barriomar: la calidad de una ciudad es la de su barrio más descuidado. Cruzo la vía con las barreras bajadas, el tren se ve de lejos, estoy buscando otra peli de CCTV (ver capítulo anterior). La huerta hacia Aljucer es todo soledad y azahar. El perfume de los árboles. Significa que no tienes anosmia (una prueba más, aunque débil, de que no tienes El Virus, de momento) y que te toca rememorar, esos recuerdos, Los Recuerdos: niñez, plano medio, travelling lateral, íbamos, primer plano del Renault R8, toda la familia, al mediodía, cuando ya hacía buen tiempo, de Marzo en adelante, a una casa de huerta rodeada de naranjos, plano general, Puzol, Valencia, la infancia. Los niños, mi hermana, los amigos de ambos que se venían, comíamos bocadillos (entrepáns) en medio de ese aroma y, meses después, en medio de esos mismos árboles ya cuajados de clementinas. A veces había aún más suerte (más que el azahar o las clementinas frescas, dulces y ácidas a la vez, recién cogidas del árbol) y regaban a manta: los niños corríamos entre los ríos del agua cristalina, entre los surcos de tierra que hacían de diques. Entonces el agua de las acequias era transparente: he visto cosas que no creerías, etc.

De camino cometo otra infracción, debo estar un poco mal o un poco punk: paso ilegalmente por casa de una compañera de trabajo y me presta ilegalmente un rodillo de bici para poder transformar una bici vieja de casa en una máquina de spinning pandémico que pienso orientar al (ahora ilegal) monte: pandémica y celeste, la bici.

Cuando llego a casa todo sigue en su sitio, incluyendo la tonelada de hojas del alcornoque, que también sabe que es primavera y cambia de hoja. Empiezo a contarles lo del azahar y eso pero las noticias lo invaden ya todo a primera hora y nadie está para mucho recuerdo. J declara que el olor del azahar le aturde, muy dulzón. Como no me hacen mucho caso, decido escribirlo aquí, que tampoco.

La bici con el rodillo queda perfecta, mirando al monte. Tenéis que creerme: he visto rayos C, Orión, etc.

Luego, en Spotify, oigo lo de Dylan, esa canción (nueva y ya clásica) donde Kennedy vuelve a morir pero mejor y por mejores motivos. Esa canción, esa elegía con una playlist dentro, con cientos de pistas, imposible de resolver como la buena literatura.

Y ahora vamos y le discutimos el Nobel otra vez, nosotros, que etc. como lágrimas en la lluvia, etc.

A dormir, queda un día menos para algo que aún no sabemos.

Diario de quarks y penas (11)

28/3/20

Hoy de de guardia de nuevo. Limpio la bici, mojada de la lluvia de ayer; dejé las alforjas fuera de la parte de la terraza que cubre el toldo y los guantes que guardo ahí se han mojado. Murcianos bajo la lluvia: falta de costumbre, manos mojadas.

Salgo de casa a las 8 —los fines de semana damos el relevo un poco más tarde— y el camino está despejado. Despejado 2.0. Nunca hay mucha gente a esas horas cualquier sábado pero hoy faltan hasta los ciclistas —agrupados, de dos en dos, como los cirujanos en los hospitales— que suben al monte. Echo de menos sus risas, las que esperaban el fin de semana para poder tener sentido, las risas de los amigos que ahora no nos vemos.

Cuando subo el puente sobre la autopista me doy cuenta de que me falta fuerza y bajo una marcha, un desarrollo que dirían los ciclistas habituales. Pienso que la inactividad me empieza a pesar. En las piernas, al menos. Desde la parte de arriba del puente más feo del mundo veo Sierra Espuña. Nevada. Uno se empieza a acostumbrar muy pronto a lo inusual. El aire es limpio y frío. Se puede ver, mucho más lejos que cualquier día, un paisaje precioso y, a la vez, un horizonte de mierda (en sentido figurado, entiéndase).

Ya en la ciudad me cruzo con alguna pareja de hombres jóvenes, subsaharianos, volviendo de alguna parte o yendo a alguna parte. Con ellos no parece ir este drama. Tienen y han tenido demasiados para que este les preocupe lo más mínimo. Piel de cuero y alma de acero, que podría cantar cualquier pésimo cantante folk.

Por la calle correos me paso todos los semáforos en rojo. Todos. Fantaseo con una película tomada por la policía desde esas cámaras CCTV que usan para poner las multas. Pagaría muy a gusto la multa por tener esa imagen grabada en casa, para repasarla, si llego a (más) viejo: yo solo, la calle desierta, como Will Smith en cualquier película heroica —si Will Smith ha ido alguna vez en bici— pedaleando sin manos, pasando de obedecer a la autoridad porque a esas horas aún no hay, ni falta que hace.

Al girar veo la frutería pakistaní de la calle Merced abierta, el hombre ordenando las peras conferencia o las chirimoyas, no lo distingo bien. La librería DM, en cambio, cerrada. Hace días que el escaparate no cambia. Las estanterías empiezan a parecer un columbario de libros sin leer, muertos también por El Virus. Nada de esto tiene sentido. Las peras conferencia no pueden disculpar un riesgo de contagio que los libros no merezcan también. Es un asunto de simple nutrición.

Cuando llego, el hospital sigue en pie, rodeado de silencio, lleno de silencio.

La bici se queda sola junto al aparcamiento. Nadie se va a acercar a intentar robarla. Hoy no.

Saludo a los que se irán y alguien me recuerda que hoy tendremos una hora menos de guardia: un horizonte de mierda para todos menos una hora. En sentido figurado, entiéndase.

Un día más corto y un post demasiado largo, mis disculpas.

Por lo de los semáforos, también.

Diario de cuarintensa (10)

27/3/20

Por la mañana en consulta, la mayor parte telefónica. Una consulta que consiste, en su mayor parte, en decir que vamos a aplazar la consulta.

Veo a tres pacientes presenciales. Todos llevamos mascarillas, pero a ellas no les disimula la tristeza, la mala noticia, la catástrofe sobre la catátrofe. Pregunto, apoyo, explico algunas cosas con más detalle, intento descatastrofizar la catástrofe, acerco una mano a un lugar neutro, así me han enseñado. Pero no soy capaz, después, delante de ellas, de lavarme con solución hidroalcohólica, lo que también me han enseñado. Nos damos un poco de tiempo (hoy hay tiempo). Se desnudan, se visten, firman documentos. Programo la intervención. JL me dice que igual no se puede, que ya veremos, que tal como están las cosas.

Todo normal.

Por la noche me llama A, médico en la zona cero de la zona cero. Acaba de llegar de trabajar, de ocuparse del desastre —el desastre de hoy— en las residencias de ancianos. Dice que no me va a contar, que ha sido, que es, demasiado horrible.

Se lo agradezco. Las dos cosas.

No sé si alguien más se lo agradecerá, pero va a haber que ir haciendo una lista de gente para agradecer. Helarte de agradecer, ya sabéis.

Después veo a J en TV. Habla con normalidad de lo extraordinario, lo extraordinario de coordinar un equipo para cualquier cosa.

Nuestra normalidad.

La normalidad de lo presencial.

(Casi) Diario de Karenina (9)

25/03/20

R sale a pasear al perro. Vuelve con el perro y una multa. Demasiado lejos en el protocolo de paseo de perros (la Policía también tiene los suyos —sus protocolos—, qué le vamos a hacer).

J sigue haciendo canciones —él lo llama “beats”— desde un lugar tan dentro de sí mismo que yo sé que nunca podré alcanzar.

Me siento a leer pero me muero de ganas de salir a correr. Mañana trabajo presencial, por fin: no veo el momento de coger la bici otra vez, aunque siga lloviendo, porque sigue lloviendo, por mojarme.

L viene del trabajo exhausta. Muchas veces (demasiadas) nos referimos a nuestro trabajo como “la trinchera”, “la mina”, incluso “el frente”. L también lo suele llamar “implosión de Realidad” (las mayúsculas son mías, pero juro que lo pronuncia con mayúscula cuando me mira por encima de esas ojeras que la Realidad le impone).

Comemos. Abro la nevera y veo que nos quedan pocas manzanas. Intento no pensar en que es la primera vez en mi vida que pienso que la cantidad de manzanas en la nevera puede ser un problema.

Después de comer vemos un rato la TV. Acabamos una serie y nos quedamos, como siempre, un poco huérfanos. Los personajes ya han hecho todo lo que tenían que hacer, han librado sus batallas, han dicho todas sus frases, tan ocurrentes. Creo que todas las series, ahora, son de superhéroes con mucha labia. Los personajes siempre tienen un superpoder que administran a la perfección y un vocabulario tan afilado y rápido como un buen insulto. Carne de guionistas.

Por la tarde R y yo planificamos un área de paseo de perro libre de multas (APPLM). R, después, fabrica una mascarilla con retales mirando un tutorial en You Tube. Le queda perfecta. Propone hacer otra para el perro.

Me sigo muriendo de ganas de coger la bici. Este presente continuo.

(Esa expresión “me muero de ganas de”, para designar, paradójicamente, cuando más vivo te sientes, lo que más deseas.)

Mañana —me deseo— buen día: día de bici y de sol, si hay suerte.

Y comprar manzanas, recuerda.

Diario de Quar’n’tnaa (8)

24/03/20

Limpiar. Fregar. Barrer. Poner lavadoras. Tender, no: hoy secadora (sigue lloviendo en Ciudad Mendoza).

Me prometo no ver noticias de la epidemia, sobre la epidemia, en función de la epidemia. Y no hay manera. Es como si las noticias de la invasión te invadieran.

Conecto con amigos y compañeros —a veces coincide— a cargo de otra zona cero: las residencias (de ancianos, de personas en otro lugar de la normalidad que nos asola). Vidas que escapan como la realidad se escapa entre las hojas de los protocolos. Escribimos protocolos, escribimos cualquier cosa por muchas razones, también con ánimo —con la fantasía— de control. Esa fantasía que es nuestra fantasía: alojar todo en patrones, diagnósticos, indicaciones, síndromes, actitudes recomendadas, pautas, recomendaciones. Nombrar las cosas, todas las cosas, con ánimo de poseerlas, de alguna forma. Escribir, para no perder (el hilo).

Pero la realidad se compone de infinitas notas al pie, variantes no previstas, apuntes al margen. Y tachones, sobre todo tachones.

Veo a alguien en la tele subrayando un titular, algo así como enmarcar un marco, pienso.

Hago la cena.

Escribo otro protocolo.

Diario de cuartoenvena (7)

23/03/20

Soy un cirujano en stand-by. La cirugía ordinaria suspendida. Las consultas ordinarias suspendidas, prácticamente solo contactos telefónicos. Y sólo queda estar(se) así, solo, en stand-by, pendiente del siguiente compañero que dé positivo (o un familiar suyo, o un contacto cercano) para ir a sustituirlo. Esa eventualidad.

Desde casa afino protocolos, corrijo trabajos fin de grado, tesis que quedaron a mitad de camino, trabajos pendientes de publicar. No es muy heroico: los aplausos de las ocho van, otro día más, para otr@s, los míos también en este extraño ritual de autohomenaje.

L trabaja todo el día —todo el día— desde su ordenador. Hace unas cien llamadas (bajas, controles, cuarentenas, síntomas, situaciones familiares muy complicadas, más complicadas ahora). Primaria es la zona cero de una catástrofe con muchas zonas cero: UCIs, residencias de ancianos, personal sanitario, familias monoparentales, pobres o en proceso de ser (más) pobres. Yo veo un seminario virtual sobre cirugía en tiempos de virus, en la red, en directo. Lo organiza el Imperial College (qué bueno, para una institución, llamarse así: nada puede salir mal). Hablan un intensivista desde Génova y dos cirujanos desde Milán. No voy a contar los detalles de lo que dicen, no quiero hacer spoiler. Ya vendrá, en una o dos semanas. Ya lo veremos, en riguroso directo, más periodismo. Después miro un curso —sencillo, muy sencillo— sobre respiradores (no he tocado un botón de un respirador desde que era residente, hace treinta años), por hacerme una idea.

Después pienso y escribo esto.

Porque recuerdo esa frase del médico de intensivos de Génova: “Just a comment: Think, not only act”.

Por si se me olvida.

Diario de cuar&tena (6)

22/03/20.

Es domingo pero da absolutamente igual. El domingo es ya como cualquier otro día. Un día encerrado en sí mismo, un día sin más pero con demasiado, días atascados. Estudio un rato, leo periódicos, veo vídeos y escucho conciertos virtuales. Los músicos, los poetas, desde casa, todos varados en esta especie de falso mar de la tranquilidad. De todo lo que leo, como siempre, solo quedan algunos fragmentos, recortes (electrónicos): “La humanidad es hoy un único continente”. “Que, ante este drama, nos quede cierto carácter”. La mejor: “Se necesita al menos un terremoto para dispensar a un funcionario de no de ir a su trabajo”. Yo soy ese funcionario, al menos de momento.

“Quien solo piensa en él, no piensa en nada”, dice, después (o quizá fuera antes), Benjamín Prado. Lo apunto aquí porque estoy a punto de dejarme atrás o a la deriva de mí mismo, no sé bien. Lo apunto por si me salva la tarde.

Navego así, a la deriva, por una red congestionada y me acuerdo de aquellos primeros tiempos de Facebook y sus fotos llenas de gintonics y hamacas y sus “Aquí, sufriendo”. Ahora todo es más como: “Aquí, viviendo al borde de nuestro margen de error” y fotos de gente con mascarillas.

Dejo aparcadas las noticias (en bucle) y las canciones (que suenan todas, esta tarde, demasiado parecidas). Toca seguir haciendo nuestro precioso trabajo sucio. Nadie nos pide otra cosa.