Despropósitos del año nuevo (21)

Mantener la posición del aprendiz. 

Seguir intentando imitar la voz de Matt Berninger.

Excribir, también, un poco.

Tomar café cada vez más largo, cada vez más de cuando en cuando, tomar cada vez menos café, no tomar café.

Pasar de Byung-Chul Han a Marina Garcés. Pasar de Byung-Chul Han.

Aumentar el conocimiento en agnotología.

Comparecer ante el espejo con dignidad suficiente.

Frecuentar desvíos que resulten cruciales.

Seguir odiando la hybris, pero no demasiado, respetando el límite exacto porque lo exacto es bello. Y porque el oráculo tenía razón pero la redacción puede mejorarse.

Leer a los clásicos exclusivamente a través de los autores contemporáneos, pensando que ellos hicieron lo mismo por mí, antes y mejor.

Buscar, en los días malos, ese sol tímido que no sabe dónde ponerse.

Bajarme una app que me diga qué apps debo bajarme.

Quitarme de tertulias, de liturgias solemnes, de discursos, de tribunas editoriales y otras opinologías. Opinar de forma adánica, ininterrumpidamente, como si nada hubiera sido antes opinado. Metaopinar, incluso.

No sospechar de la amabilidad.

Frecuentar más las librerías de viejo. Frecuentar más, ahora ya de viejo, las librerías.

Celebrar simplemente [ojo spoiler] otro año.

Pasarlo, pero pasarlo bien, “para saber que soy yo y no todos ellos” (marcarme, pues, un anti-Panero).

Vacunarme (y no enfermar, tampoco, una vez vacunado).

Dejar de confundir a Martín Caparrós con Jorge Carrión o viceversa.

Progresar adecuadamente hacia la irrelevancia y que no me importe ni a mí ni a nadie.

Aprender de memoria eso de que “La fe es una apuesta, la moral es una elección”. Saber elegir.

Seguir con esta obligación de creerme libre.

Vivir, que eran dos días.

Vivir como cuando uno oye una canción y dice “me encanta esta parte”.

No hacer propósitos. Hacerlo público.

Café Pombo

Supongamos que empiezo a escribir y el predictor de textos me dice, una vez más, la palabra que ya sé que voy a emplear. O quizá no, supongamos que quizá la sugiere unos instantes antes, quizá verdaderamente se anticipa y yo la leo antes de haberla escogido en algún lado de mi cerebro, con sus precarios algoritmos neuronales de cazador-recolector sedentarizado, y creo que lo hago libremente, pero sólo y en realidad la postescribo, predictado, predecido, humillado, en cierto modo, por ser tan predecible. (Yo, tan redicho, en realidad pre-redicho).

Supongamos que Spotify me dice en su lista de fin de año lo que ya sé que me gusta oír o lo que, en realidad, coincide con lo que he ido escuchando todo el año gracias a su algoritmo (este electrónico pero también cazador-recolector) que escoge, en el modo aleatorio (¡ja!), de todas las canciones que me gustan, extrañamente y casi siempre, las mismas y en un orden similar o las deja caer, incansable y quizá algo asustado del horror vacui que pueda generar en mis auriculares, al final de un álbum o una playlist de algún músico que sí —te lo juro Spoti— me gusta (aunque no sabes cuándo ni con quién me gusta ¿o quizá sí? ¿o quizá también?).

Supongamos que ese anuncio de Amazon del utensilio de cocina que aparece en la página del periódico electrónico acribillada de banners y cookies y ads de apps y popups, y otros mil anglicismos doblemente invasivos, supongamos, digo, que es solo casualidad cibernética que ese anuncio corresponda al mismo tipo de utensilio de cocina que he estado mirando la última semana para sustituir al triste y analógicamente roto. Supongamos, incluso, que lo he consultado para despistar al sistema mientras lo que en realidad deseo es un Tesla Model X o unas tijeras para zurdos o un rotulador de caligrafía gótica o unas lentillas progresivas. Supongamos que yo pudiera hacer, de algún modo, que la imagen de la Crockpot (el utensilio de cocina antes mencionado) no estuviera como de oferta infinita, universal e iterativamente presente en La Opinión, La Verdad, Levante, El País, eldiario.es, infolibre… Supongamos que pudiera leer lo que me interese sin agresiones intermitentes y persistentes, aunque culinariamente sanas. Supongamos un mundo libre de publicidad epileptógena (y otros posibles placeres ya extintos).

Supongamos que Kindle, al sugerirme otro libro de Yuval Noah Harari ignora que no, que no me ha gustado Sapiens, aunque no sabría decir demasiado bien por qué (no puedo discutir con Kindle esta falta de matices, esta sólida —y pesada—hipercertidumbre de Harari que me da como acidez de estómago, un poco como el arroz al horno o las lentejas con costillas: esa rotundidad) pero que, de algún modo, entiende que sí, que cada vez acaricio más de cerca la compra de Homo Deus aunque sólo porque esa portada desaparezca de mi vista (o quizá no, quizá Kindle solo lo hace por ignorancia, porque Amazon me sugiere en muchas ocasiones objetos y libros que ya he comprado, incluso en su web y quiere, tal vez que vuelva a leer Sapiens, o que lo lea de otra forma o que me atreva, de nuevo, con otro platazo de arroz al horno).

Supongamos que Google es capaz de leer, en su artificial inteligencia, este post y se engaña, en su también artificial entendimiento algorítmico y silicónico, con el simple hecho de que yo nombre aquí el “Café Pombo” para despistarlo y que pique el anzuelo y que comience a sugerirme libros, lecturas y vídeos de Ramón Gómez de la Serna.

Café Pombo. Café Pombo. Café Pombo.

Café.

Pombo.

A veces escribo.

A veces escribo para poder pensar mejor, es decir, pensar. Por aclararme. Por fijarme en y a las palabras (que actúan como eslabones de una cadena que ya me ata a algo, a esas ideas, a esa forma de expresar lo que antes solo es una nebulosa, un océano informe y algo agitado, un murmullo).

A veces escribo solo porque me gusta emborronar un folio, un cuaderno, una pantalla. Escribo con la energía estúpida —con las malas formas— del que hiere el tronco de un árbol o el respaldo de un banco con sus iniciales.

A veces escribo por aburrimiento: por alejar el horror, literalmente.

(A veces escribo entre paréntesis, por aquello de los matices).

A veces escribo para intentar entender qué es lo que realmente quiero, soy, represento, hago o he hecho o espero.

Escribo por encontrarle el sentido a algo o a todo o a mí, sabiendo que eso no sucederá por más que lo escriba, porque no cesa el murmullo, pero que de eso, precisamente, se trata: de estar en modo búsqueda.

[Búsqueda: del sentido, de la dirección ¿única?, del significado que le damos a las cosas, a la vida (sea lo que sea eso que sucede mientras no escribimos o leemos, que es casi lo mismo): del hilo que va enhebrando cada acción, cada relación, cada palabra.]

A veces uno cuenta y otras se cuenta.

A veces uno cuenta un paso adelante, o una cuenta atrás (a veces, demasiadas veces, es lo mismo).

Otro párrafo. A veces hay que abrir otro párrafo. En inglés se dice “to move on”, nosotros, mejor, decimos, “pasar página”.

A veces escribo, digo, por engancharme a algo. A una frase.

A una frase ardiendo.

La verdad.

La verdad, con su complejidad siempre en tránsito lento y fatigoso (si se quiere ser fiel a la verdad). La mentira, como una bala directa al corazón (más que al cerebro), penetrando todo tan rápido, viajando tan lejos, a la velocidad de la sombra, dando siempre en el blanco, simple y eficaz, nacida para ser creída. La verdad, llena de aristas, incómoda, difícil de manejar, siempre trayendo otro problema más, más hondo, más amplio, una verdad embarrada, siempre impura, la verdad. La mentira haciéndose la víctima, en su claro falso esplendor, diáfana, obvia, indiscutible. Lo contrario de la verdad es otra verdad, lo contrario de la mentira es también otra verdad ¿cómo distinguirlas? La verdad con su elegancia decadente y algún roto en los calcetines, la mentira siempre a la moda, inmaculada, tan bien afeitada. La verdad como un cacharro roto y mil veces reparado, aún útil, quizá más por el recuerdo, por añoranza, por nostalgia de cuando era una verdad más nueva, joven, ilusionada, tan capaz. La mentira como una llave inglesa, puro acero que se adapta a todo, que todo lo aprieta o lo afloja y que, a fin de cuentas, no arregla nada. La verdad con los pies en la tierra y las manos en la faena, la mentira paseando, de domingo, al salir de Misa, del museo, del bar de tapas trufadas de falsas trufas. La verdad inestable, frágil, quebradiza, apoyándose en todos para poder salir adelante un día más, con suerte. La mentira adelantándote con su agenda repleta de compromisos, en su BMW, este sí, ecológico, sostenible, sólido y eterno, garantizado. La verdad de la letra pequeña, la verdad después del asterisco, de las notas al pie o en los márgenes, la verdad entre paréntesis. La mentira del tópico en mayúsculas, mil veces repetido, con su rima sencilla y su idioma fácil de traducir. La verdad de la frase subrayada y después tachada. La mentira del algoritmo. La verdad, justo antes de dormirte, si es que puedes. La mentira, en la sobremesa, en la tertulia, en el periódico, edición nacional. La verdad humana de los héroes trágicos, la divina mentira que Dios guarde muchos años. La verdad de la ficción, la mentira de los tratados. La mentira de que, al final, triunfará la verdad. Aunque no estaremos allí para verlo, de verdad.

Umbral, el frío de una vida

Llegué a Umbral, regresé a Umbral, no hace mucho, documentándome sobre Ramón (Gómez de la Serna) y, hace nada, a través de la biografía de Anna Caballé (que se titula como esta entrada).

Porque a Umbral hay que llegar.

Porque hoy Umbral, sería/es imposible.

Esa especie de gamberrismo columnista, extraordinariamente incómodo, aberrante, aparentemente libre, barroco, incendiario (a veces solo en superficie), emocionante siempre. Columnismo lírico, diríamos. Quizá —ahora y en otro orden, también literario— Guerriero (cuando quiere/se deja), Jabois (a veces, cuando puede). Pero no, Umbral, irrepetible.

Umbral, absolutamente despreocupado por la —supuesta/imposible/ignorable— veracidad de los hechos, por la relevancia del tema. Umbral centrado en el efecto que, a propósito de cualquier cosa (pero/aunque siempre sobre sí mismo) provocan sus frases. Umbral poseído por la posibilidad de encontrar el adjetivo correcto. Un escritor del dardo más aún que de la palabra, que también.

Umbral, atrapado en una voz/personaje que decía lo que nadie.

Umbral hurgando en una herida kilométrica, primordial, incurable, hurgando en sí mismo y, cada vez, en otro.

Umbral como el escritor proteico, prometeico, prolífico, al que los premios no merecían lo suficiente; el a-cadémico, el príncipe republicano de las letras y también el escritor del Movimiento (perpetuo)

Narciso Umbral.

Umbral también como el escritor zombie, el vivísimo no-vivo, con el frío en los huesos, con los huesos en carne de gallina, con el cuerpo envuelto en papel, en papel higiénico —su escudo de Quijote vallisoletano—. Umbral tan duro y de piel tan fina, a la vez.

Umbral imposible, intratable, ilegible. Porque no hay cojones a leerse todo Umbral (¿#Umbralchallenge?).

Aunque yo creo que a un hombre al que se le muere entre los brazos un hijo de seis años se le debe escuchar siempre y perdonar todo. O tal vez no.

Umbral y su Mortal y Rosa, al menos, concédamonos eso.

El Confinauta (31 y final).

25/04/20

El Confinauta desconfía. El Confinauta sabe que tiene que desconfiar. Permanentemente. Sabe que eso que todavía no aparece lo hará en cualquier parte, de cualquier manera, intempestiva pero no inesperadamente. Porque El Confinauta espera. Espera pero sin esperanza, con experanza. Sabe que no puede confiar en el gobierno, en los expertos, en los médicos, en los periódicos. No puede fiarse de Internet aunque pasa el día en twitter, en Facebook, scroleando noticias que le llegan a través del algoritmo de Google, noticias que pasan, incesantes, de abajo arriba, como se desenrolla el papel higiénico.

El Confinauta vigila.

El Confinauta sale a la calle e, inmediatamente, se convierte en un espía del MI6, en un encuestador del CIS, en un epidemiólogo, un salubrista, un periodista, mejor, un reportero. El Confinauta no toma notas pero hace fotos que luego colgará pronto en Instagram o Flickr o Tumblr o tal vez Nevr, tal vez solo las disfrute en la oscuridad de su confinamiento, y que demuestran (que ilustran) que el infierno son los demás. Que nadie tiene ni idea. Que fíjate, las mascarillas, los guantes, los envases, las distancias, las aceras, los perros, los niños, los parques, los tomates, los extranjeros.

Aunque, también, El Confinauta tiene miedo.

El Confinauta no calibra los números, no calcula del todo bien. En su salvaje heurística, con su respuesta combinada y confinada de altas dosis de adrenalina y cerveza y tertulias en la Sexta, grita a la pantalla, sale al balcón, golpea cacerolas y aplaude con el ritmo lento y la violencia suficiente como para matar un crustáceo o para abrir una nuez, con cada palmotada. Pero grita y golpea y aplaude fuerte porque tiene miedo. Se le ha metido dentro, el miedo. Un miedo que se reproduce, se replica en el núcleo de sus células, hace copias de sí mismo e infecta a otros. Un miedo que corre por los grupos de whatsapp, por los comentarios sin filtrar —sin filtrar como el humo de los puros de los aficionados a ir al fútbol a insultar, sin filtrar, infiltrados que gritan sin filtrarse—, que corre, decía, por los comentarios de los periódicos digitales, por las conversaciones a pleno pulmón, en el móvil, desde el balcón. Un miedo desbocado, al galope.

Porque El Confinauta se teme lo peor.

El Confinauta teme morir por culpa de alguien, por culpa de algo, porque, si no, de qué, de qué se iba a morir.

Mientras, animado por ese mismo miedo, El Confinauta rebusca.

El Confinauta revuelve cajones, cajones virtuales. Busca entre los chats y las noticias y los titulares como quien busca en un vertedero, por pura supervivencia. El Confinauta, carne de clickbait, revuelve bytes a ver qué encuentra, algo que le reafirme más, que le dé la certeza de que, como siempre, está y ha estado en lo cierto. Colecciona hechos (virtuales) para sus continuos yalodecíayos, sus oslodijes. Atesora sus pequeños triunfos de Confinauta («Véis, ya os decía yo que pasaríamos de veinte mil. ¡¡Veinte mil!!» —el Confinauta, solo e hiperyoico, piensa con muchos signos de admiración pero con pocos interrogantes—). Porque, El Confinauta, en su acontecer histérico (sic, y gracias, F) es un individuo, en realidad, ahistórico. Es un mojón, una señal inamovible, anclada en el camino que transitan los demás.

Usted está aquí, nos dice, el Confinauta. Nuestro movimiento es relativo a su inmovilidad, su tesón como señal de tráfico, perfectamente dibujada e ignorante del tráfico.

El Confinauta, en estos días, desconfía del desconfinamiento. Como ese animal, como un animal, decíamos, ahistórico —no prehistórico— tan agresivo como tímido que apenas asoma el hocico de la cueva. Espera, paciente, a que los demás se lancen, se exhiban con su aroma de presa flotando en la brisa del aire libre —aire libre pero peligroso, libre pero insensato— para contarlos, de nuevo (El Confinauta lleva una estricta contabilidad) como víctimas o como casi víctimas o como ingenuos ignorantes confiados desconfinados que solo se han librado por esta vez de milagro. De milagro.

Porque El Confinauta cree en los milagros, pero en milagros inversos, milagros en los que Lázaro no resucita y los leprosos no se curan, de milagro. El Confinauta sabe que, si (quizá) ahora no, habrá otra vez. Las veces son así: inexorables.

El Confinauta disfruta de su vida en cuarentena vs la vida, posponiendo su Apocalipsis —su Apocalipsis privado— mientras disfruta en secreto a voces del Apocalipsis público.

El Confinauta ya te lo decía, pero no lo querías oír. Ya te lo advertía, desde el principio de los Tiempos, de sus tiempos, en su eternidad de Confinauta. Porque El Confinauta ve la distopía en lo inmediato, cada minuto (y los minutos se le hacen eternos).

El Confinauta os daría más detalles, pero no quiere aburriros (más), porque os queda poco tiempo, porque la eternidad se va quedando corta, cada vez más corta, la eternidad, hoy en día.

El Confinauta piensa, piensa así, haciendo un cuidadoso inventario de las pérdidas por venir en su —en nuestro— porvenir.

Ya.

Libros en cuarentena (30)

24/04/20

Es viernes y me acuerdo perfectamente, según llego a casa y me descalzo y me quito la mascarilla y pongo spray con lejía por las distintas superficies de la compra que acabo de hacer después del trabajo, me acuerdo, decía antes de tanta lejía, de haber predicho hace un mes que hoy acabaría el confinamiento. Es viernes y recuerdo cómo me equivoco tanto, tantas veces.

La consulta ha transcurrido sin sobresaltos. Las salas de espera están vacías estas últimas semanas gracias a las teleconsultas y a la reprogramación de actividad (reprogramar es una palabra-talismán o, mejor, una palabra-nicho que sirve para decir “dejadlo para más tarde”). Confinamiento más procrastrinación, esa fórmula antivírica generalizada, como la lejía.

Llego a casa envuelto en nostalgia (una nostalgia de lo reciente, de lo de hace tan poco, una cuasinostalgia o posnostalgia o covidalgia) y lejía y miro la estantería, repleta de libros de tamaños y colores diversos, apilados en dos filas y recuerdo, también, que ayer fue el día del ídem y me/nos —en serio, familia, lo hago también por vosotros— regalé varios que aún no han llegado. Alimentos esenciales que traerán desde librerías de las de verdad —ya sé cómo hacerlo sin Amazón, gracias @jorgecarrion, una vez más—. [Pongo aquí un par de sitios, por si cae, cualquier día de estos, que también hay (muchos) libros más allá del día del libro: libelista, librostraperos.

Pero, sí, tengo demasiados libros.

Y sí, no debería comprar ni uno más. Ni uno. En serio.

Y sí, por supuesto que no he leído todos los libros que tengo, y por supuesto que no podré llegar a leer todos los libros que tengo. No sé por qué compro, compré y compraré tantos libros.

Soy un libralcohólic anónimo.

Mi biblioteca engrosará algún día todas esas librerías de viejo donde siempre nos preguntamos ¿quién leería, quién compraría este libro alguna vez? Qué mal gusto o qué gusto tan raro o que obsesión con C o con D o con F, con F, con F, sobre todo con F. Libros incluso repetidos, duplicados como greguerías que no recuerdas y caes, de nuevo, en ellas, cualquier día y te deslumbran y te las traes, otra vez, a casa creyendo que es la primera vez. Muchos libros que serán, algún día y en el mejor de los casos, en el mejor de los futuros posibles para ellos —los libros— y para los que vengan —los lectores, los lectoescritores, los videoneoluditas—, vendidos a muy bajo precio; libros llenos de subrayados, anotaciones y notas marginales, muy marginales, afeando libros ya marginados para siempre.

Tengo, en esa estantería y en otras y tirados en mesas y mesillas y rincones, libros comprados en librerías estupendas, en librerías míticas, míticas de mitos particulares, de mitos de andar por casa, de esos que deberían contar con campañas de «apadrina un mito». Y también comprados en las demás, en librerías nada míticas pero muy prácticas, de centros comerciales, de cadenas libreras (cadenas de librerías, pienso, librerías encadenadas, condenadas a trabajos forzosos a bestselear al ritmo de la percusión del bombo del mercado).

Veo, en la estantería, el “Animal Farm” de Shakespeare & Co, veo el lomo de uno de Chomsky y otro de Lorri Moore, los que tienen el sello (¡y marcapáginas!) de Tattered Cover, Denver, Colorado (¡gracias JG!); tengo también, cuidadosamente perdidos entre todos los demás, varios libros con el sello de Railowsky (Valencia) y un par de la librería Gil (Santander) y de la librería Cervantes (Oviedo). Tengo por ahí, quién sabe dónde es «ahí», “Contemplación”, de Kafka, que compró R en ¿Palác knih Luxor? y me regaló, cuando volvió de Praga, envuelto en una bolsa de papel casi tan bonita como el libro. Tengo varios de Ramón adquiridos en la cuesta de Moyano, porque, qué menos, Madrid, que tener siempre a disposición a Ramón, que te puso vanguardista y tertuliada y te mantuvo cerca y a distancia, después, tantos años. Está el “Cómo ser perfecto” —en edición bilingüe— de Ron Padgett que tanto me costó encontrar hasta que entré en La Central de Barcelona, la de la calle Mallorca, después de salir de Altair y de regalarle “Seda” de Baricco a R, aunque no se gustaron, el libro y ella, lástima: otro error de cálculo como el de cuándo acabará la cuarentena. Hay también unos cuantos de La Central pero de la del Museo Reina Sofía de Madrid (uno muy raro, sobre fiestas raras ¿encuadernado? con gusanillo y otro sobre cómo cuidar que se llama así “Los cuidados”, libros de títulos literales y no literarios, libros de paso para llegar a otros libros). Tengo uno sobre una mesilla con ruedas, siempre está allí (no sé por qué le gusta tanto ese rincón), adquirido en una sala de exposiciones de Birmingham —Ikon Gallery— (id, si podéis, id), de su librería temática sobre arte (y filosofía y otras cosas), una librería pequeña y perfecta, como toda la galería, un libro lleno de colores, fotos y tipografías diversas (y de buenas ideas para llevar en el bolsillo): “Is capitalism working?” se llama. Quizá se esconde ahí, en ese rincón de la mesilla, porque le da un poco de vergüenza ser tan llamativo, tan divulgativo, él, aunque es un buen libro, un libro honesto que apenas cuesta dos pintas leérselo en Birmingham, mientras llueve fuera del pub, incesantemente, y piensas —ahora, no en aquel pub— que el capitalismo es como otra cuarentena, la definitiva, palabra de wannabe Peaky Fucking Blinder.

Los libros con el sello de la librería son, para algunos, como niños, como bebés a los que les hubieran estampado el tampón del registro civil en la frente. Pero para mí no sólo no pierden belleza ni integridad sino que adquieren una memoria extendida, un vínculo, una marca de nacimiento que puedes mirar una y otra vez. Libros tatuados, de algún modo, de ese modo tan cuidadoso con el que lo hacen los libreros cuando se lo pides y te preguntan dónde ponen el sello, si va bien aquí, en la segunda página, junto al título. Me pasa también con los cines y las películas (me pasaba, cuando había más de un cine en cada ciudad). Yo recuerdo dónde (y cuándo) vi “Senderos de Gloria” (en un Renoir, en Madrid) y todas aquellas de Fassbinder y de Rohmer (en el Acteón, Gran Vía Marqués del Turia, Valencia). Y los sellos, en los libros, me ayudan a lo mismo, a saber de dónde vienen, quién los escogió por primera vez, quién los dispuso, ordenados o no, atractivos o amontonados, quién los recomienda, quién se libra de ellos o los libera a ellos. Quién los ha tatuado.

Todos esos libros sin leer, esperando, esperándome, como en un bolero, algunos también con mi nombre tatuado, mi ex libris, sobreviviéndome, cuando yo sea su ex hominis. Libros, digo, con mi ex libris, sí, ese de la foto, el que me regaló R, la otra R, la que vive cerca de la París-Valencia del carrer Pelai, donde también he revuelto tantos y tantos libros, desde hace tanto, desde niño (de ahí vino, por cierto, el segundo “Ecuador”, de Benjamín Prado, el que compré cuando perdí, prestándoselo a alguien, seguro, el primero).

Toda esa gente, libreros como bartenders, como dealers, alimentando mi libralcoholismo, alimentando esa futura librería —random, pero tan random, que dice R— de viejo, cuando yo ya ni siquiera lo sea, cuando me pase de viejo.

Leed con cuidado. A mí algunos libros que parecían tan amables, tan tranquilos, me han hecho mucho daño.

A mí, a su criatura Frankenstein, hecha de sus fragmentos.

Diario de Q. BSO (29)

23/04/20

Saliente de guardia, de nuevo.

Os ahorro —esta vez sí— los detalles, incluyendo la forma de controlar la hemorragia del mesoapéndice, en su caso, y la vuelta al mundo en 80 PCRs.

De nuevo en casa escribo, esta mañana, jueves, al lado de L que, ordenador on fire, llama y llama y llama por teléfono. Teletrabajo. El call-center de la Atención Precaria —perdón, Primaria— de Salud.

L normaliza lo normal, es decir, lo normal que sus pacientes consideran anormal. Hace fácil lo que debería ser fácil pero no, desde luego que no es fácil. Describe, detalla, aclara y contextualiza, calibra y redefine los síntomas, los problemas que le consultan. Los “devuelve” perfectamente procesados por el filtro de la normalidad. Hace fácil lo que siempre debería ser fácil. Como médico —la médico que L es, alineada en esa tradición de siglos— conoce el funcionamiento del cuerpo, de los cuerpos (y, hasta donde se puede, de las cabezas, esas cabezas) y de sus circunstancias. Las personas con cuerpo, las propietarias, muchas veces no conocen cómo funciona, cómo habla el cuerpo. O desconfían de ese lenguaje, ese latín original, tan antiguo que apenas recuerdan, que tarde o temprano les (nos) susurrará “exitus”, bajito, al oído, o gritando, directo al corazón. Las personas con cuerpo saben que su móvil tiene 4 o 5 G, saben lo que es G, incluso saben lo que es encriptación, ancho de banda o los megapixels de la cámara de su móvil. Saben resetear el ordenador cuando hay que hacerlo, robarle la wifi al vecino, con un tutorial que ven en YouTube mientras le roban la wifi al vecino. Muchos saben de añadas de vino o cómo pasarse el Call of Duty Warzone o quién es la última novia de Bertín o por qué deberían nominar a Gèrard para la nueva última gala de OT.

Saben. Muchas cosas.

Pero les aturde, les aterra, a veces, ese movimiento intestinal o ese temblor apenas perceptible, esa mancha que siempre estuvo ahí pero que ahora la veo, no sé, distinta, un (como un) ardor detrás del esternón o esa sensación (como) de fiebre pero sin fiebre, o esto que ¿no será ansiedad, verdad? y que sí, claro que es ansiedad. Desconfían de su cuerpo, ese cuerpo tan antiguo, sin Gs, sin actualizaciones, sin tutoriales, ese cuerpo que es capaz de desfallecer ante una peste, un cuerpo medieval en medio de toda esta tecnología. Íbamos a ser cyborgs y nos hemos quedado en leprosos, en leprosos potenciales, aislados en nuestros lazaretos privados, con nuestros móviles de (pen)última generación intactos. Somos, sin embargo, cuerpos primera generación, gente-Pentium, en el mejor de los casos.

Oigo a The Divine Comedy mientras tanto, es decir, a la vez que oigo a L trabajando, llamando y hablando con su tono tranquilo, su asertividad —que se dice así cuando es así—, su familiaridad con los problemas —porque ella atesora problemas como el que colecciona sellos o monedas, los clasifica y les pone nombre y solución, en ese álbum, en esa libreta de más o menos hojas—, su paciencia, su infinita paciencia. Oigo todo eso, parte de eso, filtrado a través de los auriculares, entre canciones, cuando la música se acaba o baja el volumen.

En un taller de escritura —sí, lo confieso, soy P y he ido a talleres de escritura, pero llevo limpio al menos dos años— me aconsejaron que no escribiera con música porque el texto se impregna de la música que escuchas. ¿Se nota? ¿Se nota que estoy oyendo ahora “I believe in the certainity of chance”? Pero ahora lo cruzo todo —en uno de esos mashups mentales tan habituales en mí— y pienso en la música que podría acompañar, la banda sonora original para el profesionalismo, la habilidad y la finura clínica de L.

Le doy vueltas.

[pausa de minutos, aquí]

Miles Davies.

Pero Miles con El Primer Quinteto.

O no, mejor El Miles de Kind of Blue: esa es la música de L, al teléfono.

Así suena, así está sonando, esa voz, toda la mañana —y seguirá por la tarde, lo necesario—, improvisando sobre lo que ya sabe que funciona, lo que le conviene al modo: un sonido, un tono adecuado, real, presente. Suave y directo, sin vibrato.

Facilitar: Ease.

Ease vs (dis)ease.

The (re)birth of the (so) cool APS.

Diario de noria (28)

21/04/20

Quirófano, por la mañana.

Actividad, por fin, profesional. Se echa de menos practicar eso para lo que uno lleva toda la vida practicando. Al menos hoy, al menos un día a la semana, aprendiendo de las heridas, otra vez.

El quirófano hoy va lento, como si todos estuviéramos un poco oxidados (todos estamos un poco oxidados). Los protocolos se han complicado y los pacientes tienen que ser testados, valorados y revalorados, no sea qué, no vaya a ser, porque esto es que está por todas partes. Las medidas de protección para el personal también han aumentado.

Todo esto lo denominamos “minimizar el error beta (o tipo II)”. Y cuesta mucho tiempo. Y dinero, estoy seguro.

Una vez más, todo sale bien, es decir, hacemos un daño lo más controlado posible para conseguir un bien lo menos improbable posible. Hablo con los familiares, reviso la consulta del día siguiente, hablo por teléfono con varios pacientes, pido sus pruebas, reajusto su agenda de controles habituales, tan desorganizada —desastrada (que diría mi madre) como una habitación donde hubiera entrado a vivir un niño revoltoso— por El Virus. Hablo con la enfermera de la consulta. Decido irme a organizar la agenda de quirófano. Me cruzo con M, la chica que limpia la planta de hospitalización, día tras día, hoy, más que nunca, más veces que nunca, y que me obliga a pisar por un lado del pasillo que acaba de fregar, otra vez. Nos saludamos con los ojos (porque el resto es todo mascarilla) irritados de lejía. En un despacho vacío donde solía haber un montón de compañeros tomando café y criticando a los compañeros ausentes ordeno papeles que contienen, en realidad, pacientes pendientes de intervenir cuando sea que se puedan intervenir de forma segura. Papeles que contienen multitudes, como Dylan, como Whitman, pero peor, mucho peor. Termino el papeleo y me cambio en la taquilla del vestuario de quirófano. Bajo por la escalera a por la bici.

A la vuelta, el trayecto de siempre (transítese en detalle, si se precisa, por capítulos anteriores).

Los días así, transcurren circulares —es decir: no—, dando la vuelta a su propia rutina, el burro atado a la noria, etc. Los días, así, dan esta sensación de encierro, aunque yo me intento convencer de que sigo haciendo prácticamente lo mismo de siempre. Lo mismo excepto ir al cine los lunes y los jueves, a ver la VO en los Centrofama, o a la Filmoteca cualquier otro día (el abono se ha quedado a medio gastar, números que se diluyen, se apagan, pendientes de ser rodeados por el bolígrafo de la mujer que atiende la taquilla); haciendo lo de siempre, digo, excepto correr por el monte, senda de las columnas arriba y abajo, salvo rebuscar en las librerías como un cazador solitario (el corazón es, etc.) o sentarme en el patio renacentista de La Merced, solo por admirarlo, una vez más o buscar el mujol o el sanpedro perfecto en Verónicas, tomarme un Vermú en Las Mulas (ese bar que le daría nombre a lo contrario de lo que sea “hipster”) y decidir otra vez si en esta ocasión con o sin soda; estos días donde sigo haciendo lo mismo, insisto, excepto darme una vuelta en bici por el barrio y fantasear con todas esas casas en venta que no pienso comprar, aunque estaría bien, quizá, quitándole esa balaustrada, pintándola toda de azul o, mejor aún, si no fuera tan cara, esos días en que no puedo visitar a la familia, en Valencia y correr por el parque del río, de amanecida, un costa-a-costa (desde casa hasta el Oceanográfico y desde allí hasta la comisaría de El Sol, en el otro extremo y de nuevo a casa) y caminar por Ruzafa y entrar en Bartleby o en Railowsky y hablar con JP antes de ir a la Malva a ver al sobrino (A) y reírme y recordar mientras habla y habla y paseamos perfectamente paralelos a la línea del horizonte, junto a un mar enorme y viejo y llevarme, de vuelta, un Tupper lleno de albóndigas de bacalao (de mi madre, sí, ese tópico) y ensayar, los viernes, o los domingos, o cuando apetezca, con La Momia e intentar, una vez más, que nos salga esa versión de esa versión de esa versión de James Taylor porque, en invierno, primavera, etc. you’ve got a friend y escuchar entre semana, cualquier tarde, cualquier noche, a esos músicos enormes (como F o J) que se dejan caer por bares demasiado pequeños para su talento y, cualquier fin de semana de estos que no llegan nunca en este tiempo circular que no circula, beberme, sí, en casa, el cava que nos regaló Fç pero en unas condiciones de dignidad suficiente para ese cava y, luego, algo más borrachos y menos dignos, pensar en comprar de nuevo el abono del Festival de Cine de San Sebastián donde lo pasamos tan bien —pero tan corto— con R y, añadir, quizá, este año sí, la transpirenaica en bici (V ya lo está mirando, hace meses) o tal vez no, pero poder pensar en ello, planificarlo, como se planifica lo que puede ser, lo que podría ser, la diferencia entre imaginar y fantasear y entre el buen cava y todo lo demás.

Estos días donde puedo hacer lo de siempre, cualquier cosa excepto salir del círculo vírico y virtuoso de lo excepcional. Todo menos salir de la noria, de esta noria cutre como de bajo presupuesto, una noria triste y tonta que no te permite ni siquiera reírte del ridículo de subirte a la noria.

Estos días para imaginar hacer lo mismo, lo de siempre, o sea: vivir.

Otra vez.

Zen y el arte de la cuarentena (27)

20/04/20

Por la mañana no trabajo. Lunes y no trabajo. El Virus y su reestructuración de turnos, labores y modos de hacer. El Virus que se ha hecho su lugar, entre nosotros, con nosotros.

El Virus que se te mete dentro, como el miedo. (Esa expresión: “meter miedo”).

Me pongo a arreglar la bici. La lámpara de delante se apaga continua y aleatoriamente y, cuando voy al trabajo por la mañana, aún con poca luz, me expone a ser atropellado estúpida e impunemente. Lleva así todo el invierno y en la casa donde la llevo a reparar no consiguieron hacerlo bien. Apenas funcionó durante un par de semanas para volver a apagarse, en cualquier momento, siempre en el peor momento, claro.

Hace una mañana preciosa, una consecuencia necesaria de la tormenta de ayer (adviértase la poco sutil metáfora). Brilla un sol suave en un cielo limpio como nunca, un aire a estrenar. Las hojas de las plantas presumen con el mejor de sus verdes y esas gotas que les favorecen tanto (y yo me voy poniendo cada vez más cursi, a tono con el día, perdón). En la terraza, subo la bici al trípode que uso para las pequeñas reparaciones. Saco la caja de las herramientas (una de estas donde un montón de llaves —llaves Allen, llaves de boca fija, de estrella, de carraca, destornilladores, llave inglesa, alicates, pinza extensible— esperan perfectamente colocadas en una especie de panoplia toledana (pero de plástico) a que surja una reparación cuya herramienta imprescindible no esté incluida en el set). Esta vez no, está todo lo que necesito porque necesito poco: un destornillador y un par de llaves fijas sencillas. Desmonto el portalámparas, lo que me obliga también a desmontar el freno delantero, abro e inspecciono todo el mecanismo e identifico el problema: el cable que alimenta la lámpara desde el generador de la rueda delantera está suelto y no hace contacto con el interruptor.

Sencillo.

Refresco el cable, rehago la conexión, vuelvo a atornillar todos los pequeños tornillos que he quitado para llegar hasta allí. Lo pruebo varias veces y funciona, perfectamente. Golpeo la bici para comprobar que el movimiento, cuando la use, no va a aflojar de nuevo las conexiones de los cables. Aprovecho y ajusto el freno trasero, algo destensado últimamente. Hago rodar la rueda en el aire y oigo el traqueteo metálico y perfecto del buje, de los trinquetes, que disminuye en su ritmo según la rueda va dejando de girar, como el mecanismo de un reloj que se parara, lenta y sigilosamente.

(Clic).

Hace muchos años leí un libro, un libro de los 70: “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”. No tengo ni idea de por qué lo leí, nunca he sido motero ni me ha atraído ese asunto de disfrazarme como un “Ángel del Infierno” o, en modo menos radical, de Dennis Hopper en “Easy Rider”. Tampoco ha tirado demasiado de mí “lo” Zen, aunque me ha interesado y he leído alguna cosa (lo que más me ha gustado, lo más reciente, la “Filosofía del budismo Zen” de Byung-Chul Han, ese filósofo tan de moda y tan claro que no le gusta a los demás filósofos de moda) . Pero me gustó el libro de Pirsig —el de la motocicleta y lo Zen— por todo lo que no tiene que ver —y sí, y también— con el mantenimiento de la motocicleta, la mecánica, por todas aquellas digresiones filosóficas de un hombre que viaja en moto por las carreteras de Estados Unidos, acompañado por su hijo, su mujer, amigos. Un lugar común, casi, un lugar mental común: el momento de concentrarse, de dedicarse a la reparación de un objeto, el momento, el presente continuo, de conducir (de ir conduciendo), la metáfora del viaje, el milagro de aparecer en cualquier otra parte, después, y seguir y no seguir siendo el mismo.

El momento de pensar con los otros, sobre los otros, sobre nosotros.

La mecánica de la bici es relativamente sencilla, al menos para el mantenimiento habitual. Los tutoriales en YouTube ayudan cuando la reparación te supera y resulta muy gratificante cuando consigues hacerte con el problema y que vuelva a oírse ese sonido tan elegante de la cadena al deslizarse por los engranajes. Comparada con la tecnología casi mágica que nos rodea y nos domina y a la que apenas podemos acceder, esa hiper-tecnología impermeable a cualquier intento de reparación, la mecánica de la bici resulta un verdadero placer (¿cuál no lo es?) y, como todo placer, algo bastante recomendable.

Y luego, claro, están los chautauquas, algo así como todo esto.

Y este aire. Este aire, esta mañana de lunes, después de la tormenta.