Diario de kuarentena (5)

21/03/20

Es el cumple de J. Es un cumple raro. Porque todo es raro ahora, en la virosfera. Llueve desde hace varios días en Ciudad Mendoza y parece que va a durar. Es una lluvia tranquila, casi británica. Cuando salgamos de aquí, la primavera va a estar preciosa, tan bien vestida, tan a su aire. Sin nosotros y con esta lluvia, los árboles, las plantas, los pájaros, están también de celebración, de fiesta. Nadie nos echa de menos ahí afuera.

Le regalamos a J unos libros usados pero bien escogidos o, al menos, escogidos con cuidado: Vonnegut, Feynman y @queridoantonio. Todo es raro en la virosfera, insisto, esta combinación de libros también. La estantería, pienso, daría para muchos cumpleaños más, incluso míos, si leo todo lo que tengo pendiente. Igual mañana me pongo a ordenarla, como pensé ayer.

Un montón de gente, de amigos, familia, felicita a J por teléfono o por whatsapp. Vemos (qué caras, qué pinta, mira esa boca, ¿quién es ese?) una foto de J cuando cumplía cuatro años. Están en la terraza, sentados. Es este mismo cumpleaños, en esta misma casa, dieciocho años atrás. Hoy J no lleva una corona de cartón en la cabeza, pero la tarta está igual de buena. Su madre y yo bebemos demasiado cava y decimos demasiadas tonterías en la sobremesa, pero nos reímos lo suficiente. Nos gusta celebrar. Aunque falta gente.

Estáis todos ahí, quizá algunos leyendo esto. Celebradlo. “Días preciosos para ceremonias de interior”, leo, en alguna parte, que escribió Cortázar

Diario de cuarentena (4)

20/03/20

Encerrado en casa. No tengo tiempo para nada o más bien, no tengo nada —nada significativo, nada suficientemente intenso para todo este drama, nada, al fin y al cabo— para todo este tiempo.

El protocolo de nunca acabar sigue su curso. Guías para aplacar la incertidumbre, para mejorar la sensación de control. Pero los protocolos no se terminan, se abandonan, que diría Paul Valery.

Las redes se incendian de heroísmo, de filosofía, de poemas, de aplausos, de información mal filtrada. Hay, ya, demasiadas metáforas bélicas y la retórica del gobierno (y la puesta en escena) también es de guerra. Recuerdo mis clases de guerra NBQ en los 80’. Y Senderos de gloria —Kubrick—, la vi en la misma época (acababan de levantarle la censura en España). La repaso mentalmente, volveré a verla. Guerra. No me atrevo a pensar —a anticipar— la postguerra.

Empiezan también a aparecer los del “ya lo dije” y “se veía venir”. Siempre hay un profeta antes de cada epidemia, un agorero antes de cada desgracia, nuestras queridas Casandras: “¿Ves? ¡Por ir en moto!”. Pero los falsos negativos, las adivinaciones incorrectas de los profetas de la desdicha ¿en qué repertorio salen? Si algo va mal es porque, claro, todo estaba mal pensado antes. Filosofía ad hoc en el lineal del Mercadona. Casandra, “la que enreda a los hombres/la hermana de los hombres” (Wikipedia).

De los agoreros, esa pandemia, también se sale. Easy ride.

Diario de cuarentuna (3)

19/3/20

Es fiesta pero no tanto: hoy tengo guardia. De camino —en bici, de nuevo— al trabajo, las calles se ven vacías, silenciosas, tan solo habitadas por gente pobre. Gente muy pobre. Los inquilinos de Jesús abandonado esperan el autobús, un autobús que tal vez no llegue hoy. Los africanos en la gasolinera del Rollo esperan las furgonetas que les lleven, hacinados, a los campos de Cartagena, a un trabajo que tal vez no tengan hoy. Pequeños grupos de gente con pieles de diferentes grados de oscuridad caminan por las aceras buscando algo, algo que tal vez no llegue hoy. Visten ropa pobre, andan con pasos de pobre, te miran de la forma en que te miran las personas pobres. Fuman. No sonríen. Hay algo de apocalipsis zombie en todo esto, pero ¿quién es el zombie? (Alguien ya ha dicho esto en alguna parte. Alguien ya ha dicho todo alguna vez).

Todos, toda la ciudad, esperamos, encerrados, a mañana: mañana es cuando todo se soluciona, mañana será una mañana azul, azul ansiedad. Todos encerrados en su casa, hasta mañana, menos los que no tienen casa.

Mañana se acabará la guardia, otra guardia.

Diario de una cuarentina (2)

18/3. Voy en bici al trabajo (doble privilegio). En el trabajo se habla fundamentalmente de mascarillas. M está bien y mañana podrá ser alta. Lo de A y lo de I ha ido bien. Me he alegrado de ver a Paco, hacía tiempo ya. La resi sigue en el camino —paciente— de ser una buena cirujana. Resuelvo un par de consultas por teléfono (esas son las instrucciones). Creo que R ha entendido bien lo de la quimioterapia y no se ha asustado (demasiado). Creo, por teléfono. Un par de reuniones organizativas (y fructíferas) intercaladas y doscientos whatsapps más tarde pedaleo de vuelta y noto que me duele la rodilla —la rodilla derecha— y pienso que el cuerpo no tiene ningún sentido de lo importante. No es el momento de que te duela levemente la rodilla, pienso. Es el momento del drama y el heroísmo. O quizá es el momento de que veamos menos “La Sexta”. A la altura de la carretera de Santa Catalina ya no me duele. En la puerta de Jesús Abandonado hay un montón de gente. Eso no cambia, ese momento, para esa gente, siempre es el mismo momento.

En casa —la familia bien, gracias— oigo lo nuevo de Fito Páez en Spotify (“Qué pasó en el mundo/que se puso tan policía”). Eso. Ya lo sabemos.

Diario de una cuarentona (1)

17/3 (día 2 ó 3 (o 5, quién sabe) de la PP –puta pandemia–): Empiezo (esto) tarde, porque siempre empiezo tarde y porque ayer me pasé todo el día escribiendo, con otr@s (gente maja, mira que aparecen pronto cuando se l@s necesita), un protocolo de cómo operar de urgencia un paciente infectado con COVID-19, si es que esto sucediera. Me doy cuenta de que el sistema de reconocimiento de voz de iPhone reconoce bien “COVID-19”, a la primera. Eso no puede ser bueno aunque sea bueno. Me cuesta mucho más añadirle las comillas. Seguro que hay un atajo. Lo hay: “”“.

Imagino o sueño o fantaseo que despierto después de un coma, después de haber sido intubado durante un mes por esta enfermedad. Lo primero que me llama la atención al despertar del coma es que de los 100.000 mensajes que tengo sin leer en el correo no me importa ninguno. No me atrevo a mirar el WhatsApp por si da noticia de algún muerto o por si el muerto soy yo. “Pepe salió del grupo”. Me despierto de mi sueño/no sueño pensando que hay muertos cerca y que me duele la garganta, junto a esa cicatriz en el cuello, una cicatriz nueva. Fantasías morbosas (sic, sick). Lo que más me jode es no poder decir “Hoy ha empezado la epidemia. Por la tarde fui a nadar”. Ya es que ni Kafka.

Volver a Woody Allen

Volver a ver la última de Woody Allen, como cada año, puntualmente. Volver a Manhattan de su mano, la mano del perfecto anfitrión, el connaisseur mentiroso que te va a enseñar los rincones que solo los nativos conocen, los lugares solo para iniciados, los bares favoritos, ese lugar en Central Park por el que parece que nadie, nunca, hubiera pasado antes, el cómplice que te va a dar una vuelta por el museo para que los cuadros y su silencio te miren otra vez a ti, que eso es lo que hacen los cuadros, no al revés. Volver a dejar que te engañen, tan ricamente, que te hagan sonreír, que te hagan cómplice de esa mentira, de los clichés (los lugares comunes son, también, una forma de cortesía) donde te instalas tan cómodo como en uno de esos lofts tan elegantes, tan chics —hasta la palabra “chic” está ya en desuso—, que nunca vas a pisar y donde nadie, nunca, excepto Woody, te va a invitar. Conocer, de nuevo, a esos personajes dibujados con cuatro trazos —estereotipos, sí: personajes, sí, so what?— pero que hablan como deben hablar los dioses, con todo el ingenio, la precisión y la astucia y, a la vez, con la vulnerabilidad necesaria para que todos podamos sentirnos tranquilos en esa fragilidad, tan suya, tan nuestra, tan mentirosa, tan alta comedia de la edad dorada del cine. Volver a querer comprarte una chaqueta de tweed como la del protagonista —ya lo hiciste, recuerda, te quedaba fatal—, y a oír, de nuevo, todo el American Songbook de la edad de oro (otra edad de oro ¿para cuándo la nuestra?) del jazz; volver a escuchar esos chistes de stand up comedy de división élite. Sentir la lluvia, porque la película va de cómo nos gusta, de lo bien que nos sienta (a nosotros y a las ciudades) la lluvia, los días magníficos por nublados, la luz tamizada y suave, el tiempo entre detenido y apresurado en la ruta del flaneur —el urbanauta—, en este caso una especie de Holden Caulfield transitando un Bloomsday pero sin el trastorno psiquiátrico, sin la sordidez: eso no cabe, eso no es de este mundo, busquen otra película. Un hombre joven, un —de nuevo— trasunto de Woody Allen, construyéndo(se) como persona(je), encontrando el amor —romántico ¿es que hay otro?– porque ¿para qué si no hicieron los días de lluvia?: para poder besarse, en una película dentro de la película, detrás del parabrisas de un coche, como en aquellas noirs franceses donde, también, siempre llovía y todo el mundo fumaba.

Volver a estar en Manhattan de la mano de Allen para no necesitar nunca ir a visitar Manhattan, para no deshacer la magia, no vulnerar el mito, no estropear las postales enviadas desde tan lejos. Volver a desear que no muera nunca este hombre, este monstruo, si es que es un monstruo. Poder seguir admirándolo, disfrutándolo, cada año, por estas fechas. Volver a Woody Allen.

Volver (al Mar Menor)

Volver al cliché. Del cliché, precisamente, uno nunca se ha ido: el cliché, el lugar común. El cliché de que uno no se baña nunca en el mismo río. Heráclito y eso y tal.

Volver a bañarse en el Mar Menor. Algún día. Como aquellos veranos hace doce o quince años: el agua translúcida, los peces entre los dedos de los pies, jugando, con los niños, con los abuelos. El sol brillando en su piel mojada, pequeños Sorollas portátiles. Otro cliché: ya había redes por el excesivo número de medusas, ya nos picaba la piel, ya se denunciaba (algunos) el futuro que ahora nos ha estallado, con olor a pescado podrido, en las narices. Ya se veía, de puro turbio, venir. Pero los recuerdos, necesariamente, nos engañan. Por cortesía, quizá.

Mi padre ahora apenas puede ya andar. Hace doce, quince años, llevaba a mis hijos a la espalda, saltaban al agua desde sus hombros. Él está ya muy mayor y el Mar Menor está ya muerto. Mis hijos estudian en otra ciudad, una ciudad sin mar, casi sin aire, y, cuando vuelven, no se les ocurre volver allí donde fueron tan felices. Porque allí los peces ya no juegan, boquean en la orilla en suaves olas de muerte, perfectamente malolientes, como un insulto, como un escupitajo. Mis hijos y sus amigos lo han visto en los periódicos, en la televisión, en sus móviles. Nos falta inteligencia pero no nos faltan fotos. Se preguntan qué pasa, qué ha pasado, cómo ha podido pasar, qué más va a pasar, cuándo.

Alguien se (nos) ha respirado el oxígeno, vamos estrangulándolo todo, exprimiéndolo todo, vendiéndolo todo, comprándolo todo. Ahora tenemos un mar verde-sopa, un mar zombie, un algo que fue un mar sitiado, rodeado de estupidez, de imprudencia, de excesos, un mar que ya no nos puede ni ver, que ya no disfruta con nosotros, que no sabe ya qué hacer para quitársenos de encima, de adentro. Tenemos un magnífico vertedero surcado por motos de agua, con las estelas verdes, espesas, que dejan los veleros (a motor) de los empresarios de la lechuga (industrial), de reyes del melón (dopado), de emperadores del tomate (insípido). Hemos hecho una barrera mal alineada de edificios horteras, colmenas de gente en chanclas brillando de filtro solar en lo que era un paraíso estrecho y elegante rizado de dunas, otro centro comercial, otro lugar igual a cualquier otro lugar por donde ya no se puede ni pasear, donde solo queda un atasco continuo que huele a diesel y a alcohol de garrafón. En la otra orilla hemos sustituido ramblas por oleoductos de nitratos, orillas por asfalto, praderas de algas por desierto. Más desierto, también bajo el agua muerta. Un éxito, pero en latín. Y, como niños que se portan mal, como niños mentirosos, le hemos echado la culpa a otro. A la tormenta. Mala, tormenta, mala. Fíjate lo que has hecho. Lo has echado todo a perder. Nos has roto el juguete. El juguete que tratábamos a golpes, que nunca cuidamos, ese juguete tan frágil, tan delicado, ese que nos habían dejado en herencia, de tantos años, tantas generaciones hasta que llegamos esta panda de baby-boomers malcriados. La Generación M. M de…

Volver al Mar Menor. Pero antes habrá que volver, mañana, a la calle, en Cartagena, a una calle que, de tanto pisarla para que nada cambie, empieza a oler a amortizada, a empresa en vías de cierre, de cierre por defunción.

Pero hay que volver a la calle, volver para gritar, al menos “¿Y mañana? ¿Mañana qué hacemos? ¿Qué dejamos de hacer?”.

Volver, porque uno no se puede bañar dos veces en la misma mierda.