Erizos en cuarentena (24)

18/04/20

Parece que empieza el despegue, la descompresión, las “fases”, sean lo que sean esas “fases”, pienso, yendo en bici de nuevo al trabajo. Hay bastante más tráfico que estos días atrás y, en el puente que cruza el Reguerón, veo lo que queda de un erizo atropellado, en mitad del asfalto, como un peluche de púas ya inservibles.

Comienza el desconfinamiento, la vuelta a la (nueva) normalidad [ver (o no) capítulo anterior] y todos, de nuevo, tenemos una idea —La Idea— sobre cómo hay que hacerlo (bien). Todos tenemos ese corazón-Mourinho que sabe cómo hay que afrontar el partido, aunque solo conozcamos el juego (como tantas cosas) superficialmente, desde un ángulo, en tribuna, en el gol sur o a este lado de la pantalla. Aunque no seamos, ni de lejos, Mourinho. La abundancia de información nos ha dado pie a creer que, porque conocemos el grip de los neumaticos semiblandos —¿o eran semiduros?— y el spin de la bola en el drive y los milibares de las isobaras, somos Alonso, Nadal y Brasero, respectiva e ilusoriamente.

Y luego está la OMS, y las (otras) instituciones, en las que no creemos porque claro —¿quién hay ahí?/¿hay alguien ahí?—, no saben nada, fíjate, las consecuencias los delatan, vagos, mamandurrias, funcionarios, apesebrados, incompetentes (y tantos otros malos adjetivos y epítetos y memes y etcéteras). Los expertos solo saben equivocarse pero aparentando estar absolutamente convencidos de estar en lo cierto, pensamos, como expertos que somos en todo.

Es, tal vez, un fracaso de lo teológico.

Ya no creemos. No confiamos en las recetas salvíficas, no creemos en el Apocalipsis aunque tengamos el olor a azufre en las narices. Decimos “más ciencia” y queremos decir “que nos salven esos que dicen que lo saben todo” con la misma intensidad con la que no nos podemos creer (de tanto que creemos) que no haya wifi en el avión o que no hayan inventado ya, al menos, una energía limpia y gratis y para siempre o la vacuna del SIDA. ¿A qué esperan? La nuestra es una Fe de (e)ratas, de las que saltan del barco, apenas huele a tormenta (y sin salir del puerto).

Teníamos fe, decía.

(Y yo tenía un diario —un D’n’D— y ahora parece que estoy escribiendo una “Carta al Director” de un periódico de provincias, como hacía mi abuelo y con el mismo tono de queja; me hago viejo y me hago quejoso).

Teníamos fe en la inteligencia colectiva, en La Ciencia, en La Medicina, en los Modelos Predictivos, en lo virtual, en la ciberseguridad y la propiedad de nuestros datos, en El Mercado, en El Mercado Regulado, en el Estado del Bienestar. Teníamos fe en Bill y Melinda Gates. Teníamos fe en la suerte. Teníamos fe en que alguien contaría con nosotros para este partido.

Pero La Realidad (con su gesto hosco que repite Mourinho, como un espejo) nos ha dejado calentando banquillo, sin salir a jugar. Y nadie, tampoco, nos pregunta quién tiene que salir por la banda, pegado a la línea de cal, porque no somos del “cuerpo técnico”, porque solo somos cuerpos, sin apellido.

Teníamos una fantasía.

Creíamos que la información nos hacía más listos, que conocíamos mejor, más íntimamente las cosas. Creíamos, como el erizo, que un escudo invulnerable, la superficie, lo superficial, algo vagamente ajeno a nosotros como esas púas pegadas al asfalto, nos protegería.

Estábamos, como tantas veces, como casi siempre, perdidos (que no es lo mismo que equivocados). Estábamos andando a tientas como andaban en Lost antes de saber El Final. Tomando —virtualmente—decisiones basadas en información sesgada, confusa, incluso algo alucinatoria.

En (la) realidad, no confiamos. Levantemos nuestros corazones, etc.

Quizá es porque, de La Realidad, solo vemos una realidad editada. Nos faltan cosas. Y las elipsis las rellenamos como podemos. Como en la encefalopatía alcohólica (eso de Korsakoff), esos agujeros como burbujas de vino hervido, en el cerebro, rellenos de cualquier cosa. Nos sobran agujeros, nos falta conocimiento (más: sabiduría, la de saber estar, pero también y sobre todo la de saber ser).

Y, la siguiente semana, esta semana, volveremos a tomar (más) decisiones, a que las tomen por nosotros, a que nos señalen los cursos de acción, las líneas rojas (o las azules).

Y nuestro Mourinho interior, ahí, con ese gesto, quejándose de todo y diciéndonos cómo hay que jugar —realmente— esta crisis. Ese ruido. Esas púas.

Habrá que invocar a Aragonés. Sacad la ouija. Ya.

La normalidad confinada (23)

17/04/20

A mí la normalidad me acojona.

Lo he dicho otras veces.

Pero ahora ya no, ahora vamos a tener una “nueva normalidad”. Ahora vamos a construir otro sentido común. (Popper is coming).

Uno, en su ingenuidad, cree (pero quizá no, quizá solo desea) que, cuando acabe El Virus, a la vuelta de Todo Esto, vamos [para entender este plural, este “nosotros”, lean, si quieren, a Savater, en su columna de El País, de ¿mañana?] a ir en bici, vamos a pedalear por ciudades amables y menos contaminadas y ruidosas, de vuelta del borde del acantilado, vamos a ser más prudentes, en los viajes, en el consumo, en las inversiones. Vamos a utilizar mejor, a emplear mejor, la asistencia sanitaria. Uno ve este futuro naive, como de Reyes Magos, pero sabe que La Realidad son los papás y como que no, que la bici no cae este año.

Hay carbón, mucho carbón, en la Nueva Normalidad.

Leo una entrevista a Fran Lebowitz (de la que había leído algunas de sus crónicas-irónicas de sociedad —neoyorquina— de los 70 o de los 80, recientemente; otra angry but not so young woman). Le preguntan qué le parece eso de “no poder dar ya la mano, al saludarse”. Ms Lebowitz contesta que le parece excelente, que lo que le parecía un horror era la moda esa de ahora de abrazarse. Abrazarse, esa Nueva Normalidad (para Ms L) antes de esta Nueva-Nueva Normalidad que viene. También habrá una Nueva Nueva York.

Lo normal.

Lo normal es una frecuencia. Es decir, lo que ocurre menos el 10% de lo que ocurre en los extremos (un 5% a cada lado, en la “distribución —o curva, esta sin pico— normal”). Lo normal es cualquier altura excepto la de los enanos y la de los gigantes. La normalidad es una cosa, en fin, con forma de campana (de Gauss o de Jouffret, pone la Wikipedia). Sylvia Plath también tenía una. De cristal. No salió bien.

Lo normal es una regulación (normas), lo normal es lo que dicen las leyes, los límites. Lo normal es jugar al fútbol dentro de las líneas de cal, en ese rectángulo.

Lo normal es morirse.

En la Nueva Normalidad también será normal morirse, suponemos. Incluyendo las colas, los extremos, el 100%. Ahí no hay descuentos: nadie es anormal, frente a la muerte.

Lo normal es —era— ser social, porque lo social construye la (nuestra) normalidad. Desear una Nueva Normalidad es querer determinar una sociedad nueva.

Acojona.

La Nueva Normalidad tendrá su nueva normopatía, suponemos, también. En la Nueva Normalidad lo subjetivo es/será (aún) más pequeño. La crítica es/será una anormalidad, una nueva anormalidad, como siempre, pero aún menos tolerable. La disidencia es una opinión anormal.

La Nueva Normalidad son los papás, otra vez. Pero han crecido, son más grandes, más fuertes. Tienen barba, los dos.

A mí, la Nueva Normalidad me acojona, decía, insisto.

Otra vez sin bici, otro año —lástima — y Melchor o Baltasar sin aparecer.

Lo normal.

Estudiante de cuarentena (22)

16/04/20

R está enfadada. Muy enfadada. Angry young woman, el signo [no encuentro emoji del círculo con la cruz al sur y con ojitos —de emoji— de enfado] de los tiempos. Le ha llegado —como llegan las cosas en estos tiempos confinados: de cualquier forma excepto a través de alguien que se dirija directamente a ti, específicamente a ti, que te hable— la noticia de que los exámenes (antes) atrasados (ahora) se adelantan.

La Universidad. Eso. Lo que sea eso.

R estudia Medicina. Vive, como todos los estudiantes de Medicina y casi de cualquier cosa en La UNI de Estepaís, sepultada por una tonelada de folios (o de GigaB en pdf en el mejor de los casos, diapos de PowerPoint en el caso habitual) mal escritos y peor enfocados. Todo por aprender, nada que sea moderadamente proporcionado, todo exageradamente detallado en sus confines biológicos, anatómicos, fisiológicos, patológicos. No más de un 10% de todo eso configurará sus necesidades como médico, en el futuro, lo que ella necesitará movilizar en una consulta, en un quirófano, en urgencias, en un laboratorio, incluso. Las Etimologías de San Isidoro (libro IV) eran (son) un enfoque más moderno: el compendio, el breviario, el manual, la edición.

Los siguen construyendo (a los médicos) como hicieron con nosotros, a base de ladrillos, atiborrados de información a la que (ahora) se puede acceder desde cualquier dispositivo móvil. Como si eso no existiera. Pero siguen sin enseñar cómo seleccionar la información adecuada, cómo abordar un problema, analizarlo, planificar su gestión, transaccionar con todo lo que está en juego en cada decisión.

Y luego, claro, está el examen, perdón: El Examen. Se estudia para aprobar El Examen que te prepara para aprobar El Examen que (ahí sí) te permitirá aprender, después. El Examen y sus preguntas “tipo test”. Pero ¿cómo se deciden cuáles son las preguntas relevantes y, de las opciones a escoger, la correcta —¿o era “todas las anteriores”?— delante de un paciente, delante de un problema médico, delante de una preparación anatomopatológica? ¿Cómo se interroga a un tejido, a un sistema hormonal? ¿Dan los pacientes opciones a, b, c, d entre las que escoger la correcta?

Todas las anteriores.

Todas las anteriores son preguntas retóricas.

Se han adelantado los exámenes. Se ha comprimido (más) este tiempo comprimido. Se ha vuelto a hacer desagradable estudiar algo que no debería serlo porque no lo es. Esto, seguramente, generará unos anticuerpos —qué de moda, los anticuerpos— que te inmunizarán, contra los textos, contra los libros. Se ha devaluado la importancia de la evaluación de capacidades, de conocimientos, porque, al parecer se puede hacer —seguir haciendo, indefinidamente— de cualquier forma, en cualquier momento, como sea.

R está enfadada, en el sofá. La mandíbula se proyecta hacia la tele; la mirada, hacia ninguna parte.

[Digresión/desvío provisional, perdonen, trabajamos para usted: asisto (?) a un webinar (británico) sobre aspectos psicológicos en personal sanitario durante la pandemia. Hago una pregunta al foro en genuino broken English. “Veo a mucha gente (staff) enfadada a mi alrededor. Con sus líderes, gestores, políticos. ¿Cómo se gestiona este enfado, la ira?”. La psiquiatra responde (después de compadecerse de Boris Johnson) “El enfado, que seguramente procede del miedo o de la frustración, hay que colocarlo en algún lugar. Y con mucho cuidado en dónde y cuánto y cómo.”]

R sigue enfadada. Ese topos o ese ethos, quizá ese logos, si seguimos así.

¿Dónde va a colocar todo ese enfado? ¿En su habitación de siete metros cuadrados? No cabe. Ahí, no. Está todo lleno de información inútil.

La Universidad y la Pandemia —pan (todos) demos (pueblos) vs universitas (totalidad) ergo todos contra todos, más etimologías—: la Universidad de siempre, sentada, tan (a)sentada, en la cátedra.

R (no) está (suficientemente) enfadada.

Oigo a Daniel Innerarity decir en un podcast “Yo no sé lo que voy a aprender. Si ya lo supiera no tendría que aprenderlo. Los que menos van a aprender de todo esto son los que ya lo saben todo”. Algo así, dice, algo parecido a la sabiduría me parece, tan alejado del Powerpoint, Innerarity.

R está enfadada y aprendiendo, mucho más allá de los pdf’s, aunque no lo sabe, creo.

WTF”, dice ella, “en plan”…

…mala vibra (interpreto).

D’n’D de cuarentena (21)

15/04/20

Este es un diario-no-diario (en adelante D’n’D), lo que encuentro muy coherente con esta epidemia-no-epidemia, esta epidemia de Schrödringer—siempre tengo que mirar cómo se escribe Schrödringer en Internet: se escribe “Schrödringer”,y ya van tres— donde las mascarillas sirven y no sirven simultáneamente y los medicamentos son compasivos pero se indican por protocolo y además hay que aislarse pero hay que salir a trabajar en lo esencial, que no siempre es esencial. Una epidemia donde todos estamos —pero no, o quizá sí— ya infectados o por infectar.

Este es un D’n’D porque un diario se escribe todos los días, literal y no literariamente, y, además, un diario debería ser algo como la memoria, o un tipo de memoria, un recuerdo fijado, traducido, ficticio, como todos los recuerdos. La memoria es un perro al que le tiras un hueso y te trae cualquier cosa, me dijeron que dijo Loriga (y no se me olvida: es demasiado exacto).

Este D’n’D, supongo, es también una forma —paradójica, como todo lo que vale la pena— de no perder la noción del tiempo, de no perder(me) el tiempo.

Una forma de descongelar (durante un momento) este tiempo congelado.

Este diario es para reivindicar la (a)normalidad, sea lo que sea eso o cualquier otra cosa que, de tan poco obvia, haya que ir reivindicando, diariamente.

Este D’n’D es mi respuesta —precaria— a algo que me interpela (“pregunta”, si no fuera yo tan pedante) y que, quizá, soy yo mismo, sea lo que/quien sea “yo mismo”.

Lo siento. Otra vez, dejándome llevar.

Últimamente —lately— intento —lo intento, me tenéis que creer/leer— describir (más), no interpretar o hacerlo menos. Lo he escrito antes, esto. Muchas veces. Me encuentro mejor, me sienta mejor (ahora me describo ¿o me interpreto? como alguien que “se encuentra/siente mejor”) si simplemente describo, si no interfiero/altero demasiado/más la realidad interpretándola, como si fuera una partitura que leo (mal). Debería dejar las acotaciones, también, me diréis. Estoy de acuerdo, pero dejad de interrumpir: ya lo hago yo (con las acotaciones).

A lo que iba: este D’n’D es una emergencia, es decir, algo que surge —y esto es una interpretación, no una descripción: contradecir(me/se) es fundamental en estos tiempos—. Este D’n’D es reaccionario, es decir, es una reacción a alguna causa que quiero creer que no es obvia.

Hay muchas personas escribiendo —o dibujando o dictando o cantando— diarios, estos días y publicándolos, editándose a sí mismas. Como si esta posibilidad (ser visto, ser escuchado, ser leído) fuera, también, una emergencia.

(Y hay mucha gente criticando esto, esta especie de nuevo género: la mala literatura pandémica).

(Y porque un millón de diarios no hacen una crónica legible).

Escribo en una habitación pequeña —una habitación propia, I’m sorry Virginia—, rodeado de estanterías y armarios. Hay un armario de ropa —ropa de abrigo pero ¿qué ropa no lo es?—, cajones con un millón de cosas almacenadas/abandonadas, juguetes detenidos en el tiempo en que fueron juguetes jugados, una impresora, la bolsa con la cámara réflex, los objetivos, los cuadernos. Ni Perec en su día más inspirado podría describir el contenido de esta habitación. [Call me Diógenes] Hay, a mi espalda, una especie de despensa con “las cosas de la limpieza et al”, tan visitadas en estos días, con las cápsulas de café Nespresso de colorines junto a la lejía Neutrex (en casa somos muy de orden alfabético aunque haya que asumir riesgos). (D)Escribo ahora (¿podéis verme ya?) en la misma habitación donde normalmente —es decir, antes, es decir, anormalmente— estudio, trabajo, leo, escribo cosas que raramente/ocasionalmente publico. Frente a mí hay una estantería con libros, la mayoría de los denominados “de consulta” —¿qué libro no lo es?—, fotos sin enmarcar prendidas con clips de cajas o de los lomos de otros libros, mal apoyadas, esperando(me) para caer(se) o ser miradas. A mi izquierda una ventana por donde entra la luz de la tarde tamizada por las nubes —el sol ha tenido la cortesía profesional de no salir tampoco estos días— y llena de verde: pinos, palmeras, acacias, cipreses y el ciruelo que, otra vez, otro año, ha decidido no florecer.

Escribo, describo, decía, este D’n’D.

Por ver(me).

Por si acaso la memoria. Ese perro.

Diario de Huerto en Tena (20)

13/03/20

R tiene un huerto desde hace unos seis o siete días.

No sé si ya he contado esto antes.

R ha plantado en una jardinera, en la terraza, plantones de tomate, pepinos, judías, guisantes. También ha colocado con delicadeza unas semillas de lechuga de dos variedades en un semillero muy pro, que dice ella.

Hoy los dos las miramos, maravillados.

Las semillas.

De cada semilla ha ido surgiendo un tallo —sonrosado, casi violeta— y unas raíces minúsculas, muy pálidas, transparentes en el extremo. Las (ad)miramos —a las microplantas— con esa actitud atávica con que se observa el mar o el fuego en una chimenea, con la convicción de estar viendo lo inexplicable, algún tipo de misterio que sí, que vale, que se resuelve con núcleos celulares y ribosomas y cloroplastos y todo eso, pero que no le quita nada, pero nada, al misterio. Células que deciden —esa determinación— ser tallo y hojas, células destinadas a ser raíces o partes de una flor, más adelante. Las células no han necesitado más que la energía que ya tenía acumulada la propia semilla y algo de sol y agua. Las pequeñas plantas crecen ancladas a unos cilindros húmedos de lana de roca —a lo “inorgánico”—, algo que Ikea (o la diseñadora del semillero) llama con uno de esos nombre raros. No me cuesta mucho imaginar el departamento de marketing de Ikea buscando el nombre para los cilindros verdes hilosos que su jefe les pone encima de la mesa cualquier mañana impregnada de cafés largos y dulces suecos.

Las semillas no han necesitado nada más que su propia energía (y la que sobra a su alrededor) y la memoria de lo que son, de lo que están determinadas a ser. Quizá los del marketing de Ikea tampoco, cafés aparte.

En el trasiego de macetas, traslado de jardineras, tierras, material diverso de jardinería, etc. de hace unos días me hice un pequeño corte en un dedo: al estirar de una anilla de cerámica de una maceta que el tiempo había convertido en una especie de terracota de aspecto casi babilónico, la anilla cedió, se astilló y me rebanó —por ese orden y como una daga también babilónica— unos milímetros de piel [del tercer dedo, mano derecha, articulación interfalángica distal, herida inciso-contusa, etc. para los del gremio]. Adecuadamente lavada y curada —qué menos, en casa del herrero/jardinero— en unos 10 días observo el efecto, la respuesta, de las células vecinas a la herida: inflamación, reparación, contracción, reepitelización. Una máquina perfecta: acción-reacción, reparación ad integrum. O sea, dedo como nuevo. Células eucariotas en perfecta cooperación para ayudar(se).

El triunfo de lo minúsculo, de lo breve. El milagro —laico— del diseño —evolutivo— perfectamente adaptado a la supervivencia. La cooperación, la sinergia, la selección natural (segunda temporada, la primera fue más floja), la competición entre seres vivos organizados, la supervivencia-del-más-fuerte 2.0.

Me estoy dejando llevar, perdón.

Nosotros, gente de ciencias, aunque de ciencias blandas, a estas cosas y en el mejor de los casos, le ponemos nombre (y números y siglas, y guiones, digamos “IL-6” o “plasmodesmo”) y creemos que ya, sí, que ya sabemos por qué. Gente de ciencias jugando a ser de letras. O viceversa.

Pero no tenemos ni idea, en el fondo. Tan sólo —no es poco— una elegante aproximación al mecanismo. Con mucho esfuerzo, un esfuerzo de siglos, de generaciones, podemos llegar a describirlo, pero, difícilmente, a interpretarlo (i.e. energía, memoria, determinación, etc.). Complejidad, siempre queda bien, complejidad.

R sonríe. Creo que es esto lo que buscaba con el huerto, lo que había imaginado —ese es el asunto—: este momento, nuestro, divagando, admirando los pequeños tallos.

No sé si ya lo había contado antes, decía.

No sé.

Guardia en Cuarentilandia (19)

11/10/20

Sábado de Gloria y… Gloria trae un brownie para celebrar, en el relevo de la guardia, con los que nos vamos. Nos ponemos lejos, “entrantes” y “salientes”, en el aula habitual, a más de dos metros de distancia. Unas cuatro sillas libres, al menos, entre cada uno. Resulta raro desayunar así, contarse las cosas así, es la “new normality” que dicen, que decimos, ya todos (la nueva normalidad es, sobre todo, anglófona, I‘m afraid).

“Dar el relevo de la guardia” es un tipo específico de narración con un código tácito pero que todos respetamos como las Tablas de la Ley en el Sinaí. Suele empezar con “en la guardia de ayer” en las ocasiones más formales, con alguien con cara y voz de cansancio sentado en una mesa frente al auditorio de cirujanos semidormidos/semidespiertos. Se describe cada caso, la clínica inicial, cuándo y cómo empezó todo, qué se sospechó de inicio y que exploraciones complementarias se hicieron, los análisis, sus resultados, las pruebas de imagen, los informes del radiólogo, ¿véis? aquí, esta imagen, sí, eso. La historia acaba en un “la/lo ingresamos con tratamiento” o “la/lo operamos” y la descripción de hallazgos y maniobras. Después comentamos cómo han ido los pacientes ingresados en las últimas 24h, quién va mejor, quién no tan bien. Cualquier desvío notable en la narración —en las normas de la narración— es señalado por el exigente público, arqueando una ceja, carraspeando —ahora queda mal, carraspear— o, si el tema lo precisa, exigiendo una aclaración, una justificación. El relevo debe cuadrar, como un buen libro de contabilidad, sin desfalcos, sin desfallecimientos. Claro y limpio.

Se habla mucho, entre nosotros al menos, sobre la sensación de “salir de guardia”. Esa mezcla de satisfacción + alivio + descompresión + cansancio. Ahora ya no es exactamente lo mismo. No hay mucha satisfacción ni alivio, dentro, estos días. Y fuera hay aire, pero es aire comprimido.

Para intentar mejorar las cosas —o sea, mi ánimo, eso que viene de alma—, aprovecho que me coge de camino y paso por el mercado de Verónicas. La cola es olímpica. Una vez más aparecen los espacios entre cada uno de nosotros, marcados diligentemente en el suelo con cintas adhesivas amarillas: distancias, líneas, que nos hacen (más) raros. La nueva normalidad no acaba de encontrarnos, no cuadra, del todo, con nosotros.

En el mercado compro tomates —espectaculares—, verduras de tamaños y colores variados, harina de espelta integral (por fin), quesos, sobrasada picante y paletilla de cabrito (de oferta). Otra cosa típica del saliente de guardia: la autogratificación. En un saliente (malo) de alguna guardia (peor) me he llegado a comprar una bici, un equipo de música (que L me obligó a devolver) y, qué menos, un par de (o tres o cuatro) libros. Autogratificado y cargado, salgo de Verónicas mientras las gafas se me empañan con el vapor que genera la mascarilla.

A la salida ordeno todo en la bici. Un compañero, M, todavía a media cola, me saluda y sonríe, vagamente condescendiente (modo “eso no te cabe en las alforjas ni aunque reduzcas el cabrito como un jíbaro”). En un gesto que es, a la vez, como una defensa (metafórica) de esgrima —defensa en cuarta: estoy leyendo, disculpen, a Pérez-Reverte (“Hombres buenos”) para llevar esto de la cuarentena con ligereza y mejorar algo el ánimo con ese saber estar de sus personajes, siempre tan resueltos— saco una mochila de una de las alforjas y multiplico x 3 la capacidad de carga (ciclista). Vencida la sonrisa —condescendida—del colega (M), monto y pedaleo, autogratificado y cargado como un mulo, camino de la Vía Amable (no soporto este nombre). Otra vez, otro saliente, en otra guardia tachada del calendario, con otro día que hay que contar, como el relevo, con la precisión y el aseo debido.

“En la guardia de ayer” dirá de nuevo, mañana, Gloria, a los que vayan, a los que les toca.

Y le tengo que pedir la receta del brownie, que no se me olvide.

Alternario de cuarentena (18)

10/10/20

Me despierto demasiado pronto.

Es viernes, es o era festivo (no estoy seguro) y tengo guardia (estoy seguro). Son las 7’30 y hemos quedado a las 9 para el relevo, un poco más tarde de lo habitual, como cuando —hace ya tanto— hacíamos en festivos.

Hago tiempo —¿qué querrá decir esta expresión?—, leo el periódico digital y desayuno a la vez que X, el perro. X lleva la cuarentena —la cuarentena del perro— perfectamente, o eso parece. Le doy un trozo de pan duro, como todas las mañanas, que come en la terraza, como todas las mañanas. A X le van las rutinas: tiene un cerebro confinado, que diríamos ahora. Un minuto después, puntual, también como todas las mañanas, llega un mirlo y termina con las pocas migas que X ha dejado esparcidas por el suelo. Me pregunto cómo sabe el mirlo que están ahí, desde dónde es capaz de distinguir esas migas. Me pregunto sobre el oficio de sobrevivir, con lo que hay, con lo que eres, con lo que sabes, con lo justo. Lejos se oye un cuco y, por todas partes, un rumor de abejas que ya están a su faena, tan pronto, haciendo lo que hagan las abejas en la madreselva. Ellas tampoco parece que tengan en consideración que hoy es (era) festivo.

Nadie más se ha despertado aún en casa, solo X y yo. Cuando salga, por la carretera, por la ciudad, no va a haber nadie, lo sé. Por la Calle Correos es posible que vea a una internista, una enfermera o una radióloga, como estos días atrás. Ni siquiera hay policía. Hoy no habrá empleados de la limpieza dándole otra vuelta a aceras que lucen más limpias que nunca. Cuesta encontrar una colilla.

Hoy es festivo en este calendario circular, monótono, como el canto del cuco. Hoy seguimos en el oficio. El oficio de sobrevivir, que, como alguien dijo, es como vivir, pero algo menos.

¿Cómo c… lo hace el mirlo?

Diario de los días enlatados (17)

07/04/20

Por la mañana quirófano. Lo echaba de menos (lo siento, somos así los cirujanos).

Las pacientes han sido evaluadas con un protocolo —más protocolos, nuevo protocolo— para descartar que sean portadoras de El Virus.

Difícil: no existe el riesgo “0”.

Pero se intenta, lo nuestro va de eso.

El quirófano va como la seda, la anestesista —a ella le gusta más “anestesióloga”, pero a mí se atraganta la palabra, quizá porque prefiero los oficios bien llevados a los tratados, pesados y solemnes— hace un trabajo perfecto: bloqueo intercostal ecodirigido para mejorar y prolongar la analgesia, intubación con técnica de seguridad para evitar aerosoles y proteger al personal, estabilidad hemodinámica rigurosa, despertar suave, sin una tos. Impecable.

Las enfermeras actúan sin una sombra de miedo: es el quirófano de siempre, el nuestro, el lugar más seguro del mundo para lo que tenemos que hacer. Por la mañana ha habido dudas sobre qué tipo de mascarilla (y otras medidas de protección) deberían utilizar (ellas). Hay una lucha —bastante visible— entre el ahorro de material para no desabastecer los entornos donde más se pueda necesitar —el subjuntivo es la clave—, donde más riesgo hay, e incluso, para el futuro, cualquiera que este sea (p or si “El Virus (II), la venganza”, de los directores de “Resacón en Las Vegas IV”). A pesar de las inconsistencias, los fallos de —pongamos— el más sencillo sentido común, las enfermeras acatan las economías que propone la supervisora y actúan. Sin una sombra de miedo, insisto. Eso permite un quirófano con buen ambiente, tranquilidad, conversaciones amables: están a lo que hay que estar, sin una queja. Habrá otro momento y otro lugar para eso, para las quejas. Las conozco desde hace muchos años: son incansablemente profesionales.

Por la tarde veo otro —van mil— “webinar”. El tema de hoy son los cirujanos que han pasado (ya) la enfermedad: dos residentes, un jefe y una adjunta. Sus historias, lo que cuentan: hoy no es una lección, es una conversación, casi una confesión: el aislamiento en domicilio, el miedo, la sensación de fragilidad, de vulnerabilidad, la dificultad de dejar(se) llevar (su “caso”) —con toda esta incertidumbre— por otro compañero (siempre he querido saber con qué criterio los médicos escogemos a nuestros médicos: yo tengo el mío), la espera de los diagnósticos, los consejos para no desanimarse, para continuar ligados, para proteger a tus pacientes, a tus familiares.

Los médicos al otro lado de esa frontera, visitando ese otro país: una experiencia que te va a hacer mejor médico, indiscutiblemente.

Contar.

Contarlo. No hay mejor lección.

Luego vuelvo a pensar en el quirófano de esta mañana, en ellas, sin sombra de miedo. En que lo podamos contar. Todo.

Diario de vientoencontra (16)

05/04/20

En la ciudad, si no vas en bici, el viento no te suele importar.

O te importa, pero mucho menos.

No sueles valorar si es del Sur o Noreste, si va a soplar en contra o a favor de tu camino. A lo sumo te importa que haga volar papeles o bolsas de plástico, por las esquinas. Te resulta —te resultaba— incómodo, quizá, para salir a pasear por la tarde.

Pero, en bici, el viento importa.

El viento en contra, aunque andando parezca una brisa leve, te hace emplearte, esforzarte mucho más al pedalear. Te cuesta progresar, avanzar, te entra arenilla en los ojos —a pesar de las gafas—, te seca los labios. Los siete kilómetros hasta casa se hacen eternos.

Y luego está el ruido en los oídos.

Lo que debía ser un camino agradable lleno de sonidos de pájaros, agua correteando por las acequias, risas de niños —ahora en los balcones— jugando, se convierte en un zumbido constante.

Ahora, a contracorriente, te zumban los oídos.

A veces toca. A veces hay viento en contra.

Intrusismo en la cuarentena (15)

04/04/20

Paso la mañana del sábado apoyando al equipo de Medicina Interna en una de las plantas-COVID del Hospital. Desde el principio me miran raro: soy mayor que ellos (bastante) y soy cirujano (un poco).

Les doy un poco de pena y lo sé: no doy el perfil de alguien que les pueda servir de mucho y no están (ellos y los tiempos) para perder el tiempo. Mi trabajo consiste en aliviar el suyo rellenando formularios, haciendo peticiones de radiología y laboratorio e informes de alta, actualizando los tratamientos, los protocolos de seguimiento, todo bajo su supervisión. Ellos valoran personalmente a cada paciente y toman las decisiones. En unos minutos aprendo mucho y durante unas horas intento no dar más trabajo del que quito. Me hacen sentir cómodo, las cosas funcionan bien y ellos son rápidos, listos, amables, médicos bien entrenados.

Pero hay una parte del trabajo que disfruto especialmente: hay que llamar por teléfono a los familiares de los pacientes, de cada uno, a sus casas, para decirles que los de aquí, los de este lado del extranjero, están mejor ––cuando están mejor—, van recuperándose, poco a poco, sí, claro, no se alarme, eso ya menos, no le duele, ya respira mejor, se levanta sola, apenas un poco más de oxígeno, por las gafas nasales, mucho mejor, no, no ha vomitado, no, a ver si se va pronto a casa, gracias, gracias a usted.

Algunos pacientes están preocupados por el regreso, su regreso. Hay personas con casas con dos habitaciones para tres personas y una de ellas con esquizofrenia. O hay personas mayores en sus casas —grupos “de riesgo”—; hay casas con demasiadas escaleras, o sin un baño adecuado, o están los nietos, que no paran. Los propios pacientes no quieren arriesgar a los suyos a la vuelta, aunque tienen muchas ganas de verlos. Los hoteles, esos que dicen, tal vez, la próxima semana. Hay muchas cosas, muchas pendientes, no todo son antivirales e hidrocloroquina. No todo es la vacuna pendiente o la curva o el pico de la curva o el tiempo de replicación.

En esta planta hay pacientes tan debilitados al salir de la UCI, después de 10 o 12 días de inmovilidad absoluta conectados al respirador, que no pueden ni coger el teléfono para hablar con los suyos. Hay pacientes con trastornos mentales, que no “colaboran” (siempre me ha molestado esa palabra) con su tratamiento: no aguantan la mascarilla, salen de la habitación, gritan, cuando no están demasiado débiles. Hay parejas, tres parejas solo en esta planta, pasando juntos la enfermedad, a veces uno está mejor que otro y parece sentirse, de algún modo, culpable. Hay pacientes que van lentos, muy lentos, hacia la recuperación, al ritmo lento que impone el cuerpo, ese ritmo de lo biológico que tan mal casa con estos tiempos acelerados de las noticias continuas, los móviles vibrando, las storys de Instragram.

Y, sobre todo, hay enfermeras (y enfermeros), vestidos con impermeables amarillos, gafas, máscaras y guantes, que no paran, no paran, no paran. Hay mucho esfuerzo, hay mucha vida apoyando otras vidas, hay algo casi elegante en manejarse bien con todas esas capas aislantes, con esa cantidad ingente de medicaciones, analíticas, electrocardiogramas pendientes, avisos a radiología, dietas, registros, alertas, llamadas. Hay una especie de coreografía oculta, un segundo plano, casi imperceptible, de habilidad, de saber de qué se trata y cómo se hace.

Veo un protocolo, una infografía, del BMJ sobre cómo hacer consultas “no presenciales”, por teléfono o por videollamada. También muy elegante, la infografía.

Pero esta gente sabe cómo hacer lo otro, lo presencial.

Entre formularios y protocolos le doy vueltas a lo de “estar”. Estar presente, tener presencia.

Cuando me voy, todos, allí, siguen sonriendo. Se quedan a dar el relevo al siguiente equipo. Yo he aprendido mucho, otra vez. No he entrado en una sola habitación, no he visto a un solo enfermo. Pero he aprendido mucho.

Y no precisamente a hacer altas, eso creo que ya sabía. En plan cirujano, claro.