#shazam

He acabado ya el café con hielo que he pedido como excusa para sentarme un rato en el interior de la cafetería y leer o escribir un poco mientras espero que L. termine su visita al dentista. Suena la típica canción –actual– saturada de autotunes y ritmo latino. No sé quién la canta. Podría abrir shazam pero (1) ¿para qué? y (2) quedaría grabado a fuego –de electrones– en mi perfil social: luego Papá Big Data me bombardeará con canciones similares, al menos tan malas como ésta, con entradas para sus conciertos, con “si te gusta X te gustará Y”. Algún periodista musical que admiro me afeará la conducta, mi falta de sensibilidad, y mencionará –siempre lo hace– “Música de Mierda” de Carl Wilson. Hay que esconderse, pienso, pasar desapercibido, no ceder a la tentación de tratar de averiguar algo sobre esta canción o mencionarla en un tuit o un post. Que no se sepa ni siquiera que huyo de ella. La cosa está fea en las redes ¿sociales?

La siguiente canción es peor aún: miro al camarero y sé que es su playlist como sé que su tatuaje es su tatuaje. Sonrío mientras le pago el café y abandono la cafetería disimulando, aunque no sé exactamente qué disimulo. Creo que se ha dado cuenta de que escribo –de que escribo a mano–.

#malostiempos, tuiteo en el móvil. Supongo que creerán que hablo de política.

No hay bancos, en la calle, para sentarse.

#amnistía

La vida es lo que sucede entre vacaciones, pienso, mientras paseo por el monte. Mi perro olfatea pistas cuyo significado se me escapa –y deben ser muchas o muy interesantes–. Es un monte humanizado, al menos la zona por donde yo suelo caminar. “Humanizado” en el sentido de “paisaje humanizado”: sendas amplias, árboles de repoblación –pinos siglo XX, un clásico en nuestros montes con vocación de incendio–, señalización, vallas y barandillas donde alguien lo creyó necesario, ausencia de animales salvo algunos escasos pájaros (tórtolas, sobre todo) y, por supuesto, un bar –un buen bar– al principio/final de la caminata. Mucha gente, ésta y tantas otras mañanas de domingo, expurga sus cuerpos de los pecados alcohólico-calóricos del viernes y/o el sábado anterior. Este año se llevan las camisetas fosforescentes de deporte –ellas– y la ginecomastia cervecera –ellos–. Por los auriculares suena Nick Cave y, no tan lejos, en la ciudad, en el valle, todo el mundo cree que sabe quién es el enemigo. Mi perro parece seguir buscando un determinado olor que nunca encuentra, un mensaje que debería llegarle en forma química, algún día. La cuneta del camino es su bandeja de entrada. La vida de un perro es lo que sucede entre paseos, pienso. O quizá sea al revés. Nick Cave deja de sonar de repente y me entra una llamada donde una chica me pide más dinero para Amnistía Internacional. Me entran dudas, tantas dudas.

Vacaciones #13

Pequeñas frustraciones vacacionales: no puedo participar en la carrera (cross, dice el folleto) oficial de este lugar –de cuyo nombre no quiero olvidarme– porque coincide con el día que nos vamos. El arroz, ayer, no salió perfecto y la sandía no estaba tan dulce como esperábamos. Hoy hace demasiado calor, incluso junto al mar. El vino blanco exagera su nota de cata como quien falsea su curriculum. La película que escogimos anoche no era, para nada, divertida ni inteligente ni nada de lo que presumía su cartel. El libro de Rodrigo Fresán ha derivado más a Cumbres Borrascosas que a Nabokov y se está haciendo un poco cuesta arriba. Nota mental. ¿Leer a las Brontë? ¿En serio?
Alguien (mucha gente) debe(is) estar haciendo que el mundo funcione mientras yo me dedico a hacer el bobo con estas notas (ficticias) de unas vaciones (reales), mientras me  quejo de cosas de tan escasa importancia, adoptando una actitud tan ¿infantil? –no, los niños no se quejan del vino blanco–. Creo, simplemente –todas las creencias tienen algo de simple, supongo–, que aún no estoy preparado para volver a la Realidad (™). Estas pequeñas frustraciones vacacionales probablemente sólo indican que quiero darme un día más, una carrera, una comida, una sandía, un vino más. 
Leo los signos (en la nota de cata).
Hoy nos vamos. Recogemos todo lo que hemos ido acumulando en estas dos semanas: lo que trajimos, lo que compramos por aquí (algún traje de las tiendas con olor a incienso: a veces vamos #afavordeguiri), las cosas del perro, lo que más abulta primero. En un par de horas tenemos todo colocado y el coche a punto de explotar. Echamos una última mirada al mar. Hoy vuelve a hacer sur. Lebeche o jaloque, nunca nos decidiremos, ni falta que hace. Dejamos un horizonte en buen uso, para quien lo pueda/quiera disfrutar. Preferentemente, con ojos de JB (Jaqueline Bisset ¿qué os pensabais?).

Vacaciones #12

Salgo a correr, otra vez. Son las 8 de la mañana, más tarde hará demasiado calor. La idea es intentar encontrar un sendero que va desde una cala bien señalizada, a unos 3 km de la casa, y sube por los acantilados hacia el sur del cabo. Estreno zapatillas de cross o de trail, no sé muy bien, aunque el dependiente de El Corte Inglés parecía muy convencido de la marca, del modelo, de la oferta, mientras me las cobraba. Cuando llego a la cala donde debe empezar la senda, el charco del lavapiés, junto a la arena, está lleno de avispas. Hay cientos pero no parecen preocuparse por mí, siguen devorándose unas a otras en pleno neoliberalismo himenóptero. Un poco más allá están abriendo el bar, poniendo las mesas, barriendo. El sendero, junto al bar, está muy bien señalizado, es un GR con la doble banda blanca y roja. La subida inicial es difícil, con mucha gravilla, luego se ensancha y se allana según alcanza unos 15 o 20 metros sobre el mar. La vista a partir de ahí es espectacular, en cada curva un paisaje de postal (debería decir de Instagram #federatas). Me paro en algunos carteles que detallan información sobre la antigua mina de plata, la cueva que habitaban las focas-monje, los antiguos asentamientos junto a la explotación del mineral. El monte está precioso, de una belleza áspera, metálica. Hacia el final de la senda se abre una cala de arena dorada, entre dos dunas fósiles. Me aparto del camino y desciendo. En medio de la arena hay unos diez o doce bidones de color azul eléctrico de grandes dimensiones, de unos 30 litros cada uno, agrupados. Algo que no debería estar allí, algo como de otro mundo. Me quito los zapatos, estoy solo en la cala. A pesar de cierta inquietud que me crea el conjunto de bidones no puedo evitar bañarme: el agua es un milagro de transparencia. Unos peces pequeñísimos me rodean los pies cuando entro en el mar. La sensación es fantástica, el calor es ya historia, el paisaje increíble, a solo 4 o 5 km de la masa de gente: aquí, #acontraguiri, el paraíso. Mientras me baño aparece un hombre por la vertiente contraria de la cala. Viste un mono de trabajo gris, de cuerpo entero con franjas amarillas fosforescentes en mangas y perneras. Lleva un sombrero de paja de ala ancha y gafas de aviador de espejo. Parece ser una especie de ¿funcionario-astronauta? salido de un episodio de Breaking Bad. Pronto veo que se dedica a retirar los bidones azules, de uno en uno, desapareciendo intermitentemente de mi vista, volviendo cada pocos minutos a por el siguiente bidón. Salgo del agua cuando aún le quedan 5 o 6 por recoger. Venciendo mi timidez –aumentada por el hecho de ir vestido con las mallas de correr mojadas que hacen transparentar mis calzoncillos de finas rayas blancas horizontales (cómo se me ocurre)– me acerco al hombre y le pregunto.
– Una patera. Deben haber llegado esta noche –me dice

– Y los bidones… ¿De qué son?¿Agua?

– Gasolina, hombre, gasolina. ¿Qué no se huele? –me contesta, mirándome por encima de las gafas de sol con la mirada que se dedica, universalmente, a un gilipollas.

Una patera. Y yo pienso en la mina de plata, agotada hace tantos años ya, mientras me calzo las zapatillas nuevas. Tan buenas, tan estúpidamente caras, de cross o de trail, lo que sea. 

El paisaje es menos espectacular cuando regreso, aunque ese hombre haya retirado ya los bidones.

Vacaciones #11

Contratamos un “bautizo de buceo”. El lugar es, dicen, ideal para practicar este deporte. Mis hijos transmiten entusiasmo y yo disimulo una leve inquietud por lo que supongo va a ser una muerte inminente y muy desagradable haciendo algo moderada-intensamente tonto para mi edad y mi condición física. Cuando llegamos al lugar, al club de buceo –¿por qué se llamará “club” como si fuese un lugar para discutir con una ceja arqueada sobre cricket o el tiempo adecuado de infusión de un té mientras se ojea la prensa?–, todo el mundo transmite una sensación de seguridad y profesionalidad que solo me reafirma en lo de la muerte por ahogamiento y/o en rescates in extremis. Si no fuera una posibilidad real –¿qué es una posibilidad real?– no andarían con tanta profesionalidad y tanta advertencia, pienso. Nos dan los trajes de neopreno (a mí me da un aspecto de tele-tubie que nadie parece querer hacer obvio quizá porque nadie tiene edad de haber visto los teletubbies con sus hijos, ni siquiera de tener hijos), escarpines y gafas. Caminamos hasta el barco (una lancha que se mueve muchísimo ya antes de salir del puerto) y partimos a una cala cercana. Han calculado que el bautizo (por qué no “extrema unción”, pienso) sea donde el mar va a resultarnos más amable a los novatos. Mientras la lancha oscila como si estuvieramos en una atracción de feria, nos dan las instrucciones sobre el equipo (botella, manómetro, reguladores…) y el procedimiento de forma sencilla. Instrucciones taxativas. También unos breves consejos en caso de pánico (que no retengo, por el pánico) y cuatro o cinco gestos para comunicarnos cuando estemos bajo el agua. Cada uno tenemos un monitor, un acompañante experto, para toda la inmersión. Cuando me ordenan me tiro de espaldas intentando que parezca una decisión propia y no una obligación socio-deportiva porque todos me están mirando. El resto… es una maravilla, sin matices. Ya sé otra cosa a la que he llegado tarde.”Hemos bajado a siete metros”, me ha dicho Juan, el monitor. El pulpo era increíble –le contesto–, y los pececitos de color azul fosforescente y la estrella de mar y el de la raya roja en el lado y el banco de peces junto a esa especie de cueva y la luz. Y él me mira como un adulto mira a un niño. Ya no pienso sólo en que hemos sobrevivido, sino en para qué, en cómo. En cómo.

Vacaciones #10

Empleo media tarde en leer un cómic alucinante (El Arte de Charlie Chan Hock Chye). Si no he entendido mal –la trama– se trata de la biografía ¿ficticia? de un dibujante de cómics mítico y de escaso éxito de Singapur –sí, Singapur y sí, llevo gafas de pasta– a través de la que se reconstruye la historia de Singapur/Malasia desde el colonialismo, la segunda Guerra Mundial, pasando por el proceso de la unión con Malasia hasta la época de “prosperidad” (y las restricciones a las libertades) capitalista tras su independencia y, quizá, también algo de la historia y las reflexiones políticas del propio dibujante (real) de este cómic (Sonny Liew). El dibujante real reconstruye incluso los bocetos reales del dibujante falsamente biografiado. El efecto es, obviamente, de un realismo absoluto. De hecho, aún no sé qué es falso y qué es real (antes de entrar en Internet y enterarme de los detalles, si es que eso vale remotamente la pena). Por si la dificultad –y el placer directamente proporcional– fuera poca, todo se entremezcla con cientos de referencias gráficas a otros dibujantes, incluso a la Comic-Con de San Diego (dibujada en formato Hergè), donde, por cierto, se otorga el Premio Eisner –el “Nobel” del cómic–, cada año, desde 1988.
Y así acaba la historia: premio Eisner (para este cómic). Y premio para Amazon (por traémelo: por encontrar en solo 24 h, esta casa apartada cerca del acantilado) y premio a la resistencia para este sillón orejero donde ya he dejado hueco después de varias horas de lectura intensiva/inmersiva. Con los cómics tengo una relación ambivalente (como con casi todo, aunque a veces también tengo relaciones tri, tetra o polivalentes, según el día): los buenos, los que me gustan, los disfruto tanto que no puedo dejar de leerlos hasta que los acabo de un tirón. No me dejo nada, no me reservo un poco de placer para otro momento. Binge-reading, diríamos.
Ahora, después de esta lectura, pienso que esto que escribo aquí estos días, estos posts, son algo similar: construir la historia de un veraneante ficticio, de escaso éxito en términos de veraneo convencional, reconstruir sus comidas, sus lecturas, sus pensamientos. Y falsearlo todo y que, a la vez, sea verdad.
Literatura del –falso– yo de baja intensidad, digamos. Y todo sin citar –aún– a Walter Benjamin. Mierda, se me escapó.

Vacaciones #9

Las mañanas, entre semana, son de una especial tranquilidad. No se oyen más que los ocasionales pasos de algún turista, veraneantes, corredores de aspecto y edades diversas y algún ladrido lejano al que contesta nuestro perro –supongo que para los perros no hay distinción del hogar propio: donde estemos todos es el lugar que hay que defender, reivindicar; de alguna forma son y no son nacionalistas, simultáneamente–.

Me dedico a hacer fotografías por la casa: de los cuadros, de las estanterías –de los lomos de los libros, claro–, de algunos detalles extraordinarios como una pequeña concha repleta de dimuntas caracolas casi transparentes, de una perfección extraordinaria. Pienso en cómo y por qué habrá llegado hasta allí, al pequeño estante frente a la cama de matrimonio del dormitorio principal, la labor de recolectar las caracolas, limpiarlos, la voluntad de guardarlas, año tras año. Y como ese, el sentido de cientos de objetos: botellas de cristal tallado, pósters, postales enmarcadas, juegos de té, un reloj antiguo (detenido), un reloj moderno (funcionante), álbumes de fotos, cucharillas, tinteros, el piano de pared, alemán (también en el dormitorio).
No resolveré a John Malkovich pero las fotos me ayudarán, después –en una especie de labor forense– a la reconstrucción de una historia inventada. Los libros que parecen sin estrenar compitiendo con los de lomos arrugados permitirán saber cuáles se usaron más, cuáles leyó o leyeron, imaginando quién y cuándo. Los objetos sencillos al lado de los caros suponen –pienso–un especial significado de los primeros. Pistas, huellas, falsas o verdaderas, eso es lo de menos. El resto lo hará la –falsa– reconstrucción, la fantasía.
(También podría preguntarle directamente a la propietaria, cuando venga en unos días, cuando marchemos. Pero esto no tendría mucha gracia).
Las mañanas, supongo, siempre deben haber sido tranquilas aquí, mecidas en el sonido del oleaje: el mar junto al paseo. Creo que veo, desde tan lejos y tan improbablemente, pasear a la chica que se parece a Jaqueline Bisset. Bonito contraluz. Fantasía, digo. De forense.