Diario de Q. BSO (29)

23/04/20

Saliente de guardia, de nuevo.

Os ahorro —esta vez sí— los detalles, incluyendo la forma de controlar la hemorragia del mesoapéndice, en su caso, y la vuelta al mundo en 80 PCRs.

De nuevo en casa escribo, esta mañana, jueves, al lado de L que, ordenador on fire, llama y llama y llama por teléfono. Teletrabajo. El call-center de la Atención Precaria —perdón, Primaria— de Salud.

L normaliza lo normal, es decir, lo normal que sus pacientes consideran anormal. Hace fácil lo que debería ser fácil pero no, desde luego que no es fácil. Describe, detalla, aclara y contextualiza, calibra y redefine los síntomas, los problemas que le consultan. Los “devuelve” perfectamente procesados por el filtro de la normalidad. Hace fácil lo que siempre debería ser fácil. Como médico —la médico que L es, alineada en esa tradición de siglos— conoce el funcionamiento del cuerpo, de los cuerpos (y, hasta donde se puede, de las cabezas, esas cabezas) y de sus circunstancias. Las personas con cuerpo, las propietarias, muchas veces no conocen cómo funciona, cómo habla el cuerpo. O desconfían de ese lenguaje, ese latín original, tan antiguo que apenas recuerdan, que tarde o temprano les (nos) susurrará “exitus”, bajito, al oído, o gritando, directo al corazón. Las personas con cuerpo saben que su móvil tiene 4 o 5 G, saben lo que es G, incluso saben lo que es encriptación, ancho de banda o los megapixels de la cámara de su móvil. Saben resetear el ordenador cuando hay que hacerlo, robarle la wifi al vecino, con un tutorial que ven en YouTube mientras le roban la wifi al vecino. Muchos saben de añadas de vino o cómo pasarse el Call of Duty Warzone o quién es la última novia de Bertín o por qué deberían nominar a Gèrard para la nueva última gala de OT.

Saben. Muchas cosas.

Pero les aturde, les aterra, a veces, ese movimiento intestinal o ese temblor apenas perceptible, esa mancha que siempre estuvo ahí pero que ahora la veo, no sé, distinta, un (como un) ardor detrás del esternón o esa sensación (como) de fiebre pero sin fiebre, o esto que ¿no será ansiedad, verdad? y que sí, claro que es ansiedad. Desconfían de su cuerpo, ese cuerpo tan antiguo, sin Gs, sin actualizaciones, sin tutoriales, ese cuerpo que es capaz de desfallecer ante una peste, un cuerpo medieval en medio de toda esta tecnología. Íbamos a ser cyborgs y nos hemos quedado en leprosos, en leprosos potenciales, aislados en nuestros lazaretos privados, con nuestros móviles de (pen)última generación intactos. Somos, sin embargo, cuerpos primera generación, gente-Pentium, en el mejor de los casos.

Oigo a The Divine Comedy mientras tanto, es decir, a la vez que oigo a L trabajando, llamando y hablando con su tono tranquilo, su asertividad —que se dice así cuando es así—, su familiaridad con los problemas —porque ella atesora problemas como el que colecciona sellos o monedas, los clasifica y les pone nombre y solución, en ese álbum, en esa libreta de más o menos hojas—, su paciencia, su infinita paciencia. Oigo todo eso, parte de eso, filtrado a través de los auriculares, entre canciones, cuando la música se acaba o baja el volumen.

En un taller de escritura —sí, lo confieso, soy P y he ido a talleres de escritura, pero llevo limpio al menos dos años— me aconsejaron que no escribiera con música porque el texto se impregna de la música que escuchas. ¿Se nota? ¿Se nota que estoy oyendo ahora “I believe in the certainity of chance”? Pero ahora lo cruzo todo —en uno de esos mashups mentales tan habituales en mí— y pienso en la música que podría acompañar, la banda sonora original para el profesionalismo, la habilidad y la finura clínica de L.

Le doy vueltas.

[pausa de minutos, aquí]

Miles Davies.

Pero Miles con El Primer Quinteto.

O no, mejor El Miles de Kind of Blue: esa es la música de L, al teléfono.

Así suena, así está sonando, esa voz, toda la mañana —y seguirá por la tarde, lo necesario—, improvisando sobre lo que ya sabe que funciona, lo que le conviene al modo: un sonido, un tono adecuado, real, presente. Suave y directo, sin vibrato.

Facilitar: Ease.

Ease vs (dis)ease.

The (re)birth of the (so) cool APS.

Diario de noria (28)

21/04/20

Quirófano, por la mañana.

Actividad, por fin, profesional. Se echa de menos practicar eso para lo que uno lleva toda la vida practicando. Al menos hoy, al menos un día a la semana, aprendiendo de las heridas, otra vez.

El quirófano hoy va lento, como si todos estuviéramos un poco oxidados (todos estamos un poco oxidados). Los protocolos se han complicado y los pacientes tienen que ser testados, valorados y revalorados, no sea qué, no vaya a ser, porque esto es que está por todas partes. Las medidas de protección para el personal también han aumentado.

Todo esto lo denominamos “minimizar el error beta (o tipo II)”. Y cuesta mucho tiempo. Y dinero, estoy seguro.

Una vez más, todo sale bien, es decir, hacemos un daño lo más controlado posible para conseguir un bien lo menos improbable posible. Hablo con los familiares, reviso la consulta del día siguiente, hablo por teléfono con varios pacientes, pido sus pruebas, reajusto su agenda de controles habituales, tan desorganizada —desastrada (que diría mi madre) como una habitación donde hubiera entrado a vivir un niño revoltoso— por El Virus. Hablo con la enfermera de la consulta. Decido irme a organizar la agenda de quirófano. Me cruzo con M, la chica que limpia la planta de hospitalización, día tras día, hoy, más que nunca, más veces que nunca, y que me obliga a pisar por un lado del pasillo que acaba de fregar, otra vez. Nos saludamos con los ojos (porque el resto es todo mascarilla) irritados de lejía. En un despacho vacío donde solía haber un montón de compañeros tomando café y criticando a los compañeros ausentes ordeno papeles que contienen, en realidad, pacientes pendientes de intervenir cuando sea que se puedan intervenir de forma segura. Papeles que contienen multitudes, como Dylan, como Whitman, pero peor, mucho peor. Termino el papeleo y me cambio en la taquilla del vestuario de quirófano. Bajo por la escalera a por la bici.

A la vuelta, el trayecto de siempre (transítese en detalle, si se precisa, por capítulos anteriores).

Los días así, transcurren circulares —es decir: no—, dando la vuelta a su propia rutina, el burro atado a la noria, etc. Los días, así, dan esta sensación de encierro, aunque yo me intento convencer de que sigo haciendo prácticamente lo mismo de siempre. Lo mismo excepto ir al cine los lunes y los jueves, a ver la VO en los Centrofama, o a la Filmoteca cualquier otro día (el abono se ha quedado a medio gastar, números que se diluyen, se apagan, pendientes de ser rodeados por el bolígrafo de la mujer que atiende la taquilla); haciendo lo de siempre, digo, excepto correr por el monte, senda de las columnas arriba y abajo, salvo rebuscar en las librerías como un cazador solitario (el corazón es, etc.) o sentarme en el patio renacentista de La Merced, solo por admirarlo, una vez más o buscar el mujol o el sanpedro perfecto en Verónicas, tomarme un Vermú en Las Mulas (ese bar que le daría nombre a lo contrario de lo que sea “hipster”) y decidir otra vez si en esta ocasión con o sin soda; estos días donde sigo haciendo lo mismo, insisto, excepto darme una vuelta en bici por el barrio y fantasear con todas esas casas en venta que no pienso comprar, aunque estaría bien, quizá, quitándole esa balaustrada, pintándola toda de azul o, mejor aún, si no fuera tan cara, esos días en que no puedo visitar a la familia, en Valencia y correr por el parque del río, de amanecida, un costa-a-costa (desde casa hasta el Oceanográfico y desde allí hasta la comisaría de El Sol, en el otro extremo y de nuevo a casa) y caminar por Ruzafa y entrar en Bartleby o en Railowsky y hablar con JP antes de ir a la Malva a ver al sobrino (A) y reírme y recordar mientras habla y habla y paseamos perfectamente paralelos a la línea del horizonte, junto a un mar enorme y viejo y llevarme, de vuelta, un Tupper lleno de albóndigas de bacalao (de mi madre, sí, ese tópico) y ensayar, los viernes, o los domingos, o cuando apetezca, con La Momia e intentar, una vez más, que nos salga esa versión de esa versión de esa versión de James Taylor porque, en invierno, primavera, etc. you’ve got a friend y escuchar entre semana, cualquier tarde, cualquier noche, a esos músicos enormes (como F o J) que se dejan caer por bares demasiado pequeños para su talento y, cualquier fin de semana de estos que no llegan nunca en este tiempo circular que no circula, beberme, sí, en casa, el cava que nos regaló Fç pero en unas condiciones de dignidad suficiente para ese cava y, luego, algo más borrachos y menos dignos, pensar en comprar de nuevo el abono del Festival de Cine de San Sebastián donde lo pasamos tan bien —pero tan corto— con R y, añadir, quizá, este año sí, la transpirenaica en bici (V ya lo está mirando, hace meses) o tal vez no, pero poder pensar en ello, planificarlo, como se planifica lo que puede ser, lo que podría ser, la diferencia entre imaginar y fantasear y entre el buen cava y todo lo demás.

Estos días donde puedo hacer lo de siempre, cualquier cosa excepto salir del círculo vírico y virtuoso de lo excepcional. Todo menos salir de la noria, de esta noria cutre como de bajo presupuesto, una noria triste y tonta que no te permite ni siquiera reírte del ridículo de subirte a la noria.

Estos días para imaginar hacer lo mismo, lo de siempre, o sea: vivir.

Otra vez.

Zen y el arte de la cuarentena (27)

20/04/20

Por la mañana no trabajo. Lunes y no trabajo. El Virus y su reestructuración de turnos, labores y modos de hacer. El Virus que se ha hecho su lugar, entre nosotros, con nosotros.

El Virus que se te mete dentro, como el miedo. (Esa expresión: “meter miedo”).

Me pongo a arreglar la bici. La lámpara de delante se apaga continua y aleatoriamente y, cuando voy al trabajo por la mañana, aún con poca luz, me expone a ser atropellado estúpida e impunemente. Lleva así todo el invierno y en la casa donde la llevo a reparar no consiguieron hacerlo bien. Apenas funcionó durante un par de semanas para volver a apagarse, en cualquier momento, siempre en el peor momento, claro.

Hace una mañana preciosa, una consecuencia necesaria de la tormenta de ayer (adviértase la poco sutil metáfora). Brilla un sol suave en un cielo limpio como nunca, un aire a estrenar. Las hojas de las plantas presumen con el mejor de sus verdes y esas gotas que les favorecen tanto (y yo me voy poniendo cada vez más cursi, a tono con el día, perdón). En la terraza, subo la bici al trípode que uso para las pequeñas reparaciones. Saco la caja de las herramientas (una de estas donde un montón de llaves —llaves Allen, llaves de boca fija, de estrella, de carraca, destornilladores, llave inglesa, alicates, pinza extensible— esperan perfectamente colocadas en una especie de panoplia toledana (pero de plástico) a que surja una reparación cuya herramienta imprescindible no esté incluida en el set). Esta vez no, está todo lo que necesito porque necesito poco: un destornillador y un par de llaves fijas sencillas. Desmonto el portalámparas, lo que me obliga también a desmontar el freno delantero, abro e inspecciono todo el mecanismo e identifico el problema: el cable que alimenta la lámpara desde el generador de la rueda delantera está suelto y no hace contacto con el interruptor.

Sencillo.

Refresco el cable, rehago la conexión, vuelvo a atornillar todos los pequeños tornillos que he quitado para llegar hasta allí. Lo pruebo varias veces y funciona, perfectamente. Golpeo la bici para comprobar que el movimiento, cuando la use, no va a aflojar de nuevo las conexiones de los cables. Aprovecho y ajusto el freno trasero, algo destensado últimamente. Hago rodar la rueda en el aire y oigo el traqueteo metálico y perfecto del buje, de los trinquetes, que disminuye en su ritmo según la rueda va dejando de girar, como el mecanismo de un reloj que se parara, lenta y sigilosamente.

(Clic).

Hace muchos años leí un libro, un libro de los 70: “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”. No tengo ni idea de por qué lo leí, nunca he sido motero ni me ha atraído ese asunto de disfrazarme como un “Ángel del Infierno” o, en modo menos radical, de Dennis Hopper en “Easy Rider”. Tampoco ha tirado demasiado de mí “lo” Zen, aunque me ha interesado y he leído alguna cosa (lo que más me ha gustado, lo más reciente, la “Filosofía del budismo Zen” de Byung-Chul Han, ese filósofo tan de moda y tan claro que no le gusta a los demás filósofos de moda) . Pero me gustó el libro de Pirsig —el de la motocicleta y lo Zen— por todo lo que no tiene que ver —y sí, y también— con el mantenimiento de la motocicleta, la mecánica, por todas aquellas digresiones filosóficas de un hombre que viaja en moto por las carreteras de Estados Unidos, acompañado por su hijo, su mujer, amigos. Un lugar común, casi, un lugar mental común: el momento de concentrarse, de dedicarse a la reparación de un objeto, el momento, el presente continuo, de conducir (de ir conduciendo), la metáfora del viaje, el milagro de aparecer en cualquier otra parte, después, y seguir y no seguir siendo el mismo.

El momento de pensar con los otros, sobre los otros, sobre nosotros.

La mecánica de la bici es relativamente sencilla, al menos para el mantenimiento habitual. Los tutoriales en YouTube ayudan cuando la reparación te supera y resulta muy gratificante cuando consigues hacerte con el problema y que vuelva a oírse ese sonido tan elegante de la cadena al deslizarse por los engranajes. Comparada con la tecnología casi mágica que nos rodea y nos domina y a la que apenas podemos acceder, esa hiper-tecnología impermeable a cualquier intento de reparación, la mecánica de la bici resulta un verdadero placer (¿cuál no lo es?) y, como todo placer, algo bastante recomendable.

Y luego, claro, están los chautauquas, algo así como todo esto.

Y este aire. Este aire, esta mañana de lunes, después de la tormenta.

Cuarentena on the rocks (26)

19/04/20

Domingo.

Pero como un domingo doble, como esos whiskys dobles de las películas de los 60, o de Mad Men, en esos vasos anchos como piscinas, que se cogen del borde con toda la mano y se mira adentro, muy adentro, antes del primer trago, al entrar en casa, o en el despacho, muy tarde, demasiado tarde.

Domingo doble, pues.

La mañana la dedico a los periódicos (lo justo) y a otras lecturas (tanto como puedo). Me engancho —de nuevo— a Leila Guerriero y decido no contener el impulso de comprar el libro (e-libro y perdóname Jorge Carrión, ya sabes, estos días confinados sin librerías y los impulsos, mal medidos) que recopila sus columnas de periódico, al que añado otro que es o debe ser un reportaje-modo-Guerriero (espero) sobre un pianista. Hay escritores —ella lo es— que dominan el difícil lugar de lo breve, un lugar que ocupan haciéndolo brillar como un fuego de fósforo, más que como un hogar, un fuego incómodo, fascinante. [Ella nunca escribiría una frase tan mala como la anterior, por eso vale tanto la pena]. Después de Guerriero continúo con Fresán que va para largo, como siempre, y parece espiarme desde su libro-webcam (esa que tiene desde “La Velocidad de las Cosas” y que continúa antes y ahora, antes y después de tanto increíblemente bueno en la parte X, Y y ahora la parte recordada) y me echa un rapapolvo —circa página 100– a cuenta de la (mala y masiva) literatura del (tan prescindible) yo.

A mí me lo dice —en mi psicopatía autorreferencial—, que querría escribir como él (o haberlas escrito como su excritor), alguna vez, aunque solo fuera un par de líneas. (Y aquí, si yo fuera el narrador que escribe al excritor, seguirían diez o doce frases como —pero mucho mejores que— “Líneas como raíles de un tren que, en realidad, no va a salir ya nunca de esa estación” o “Líneas tan torcidas que ni Dios se atrevería ni, por un milagro, las podría poner rectas “ y todos esos y tantos etcéteras.)

Por la tarde intento tocar el piano (en el modo discapacitado musical con el que yo toco el piano) y pruebo un micrófono que recibí antes de la cuarentena. No acopla, al fin. En treinta minutos ya tengo una canción que, dada la distancia que me separa de Bob Dylan (y/o la ausencia de instrucción musical que atesoro como un ídem), solo puede ser mala como el infierno.

Pero no importa, no me importa.

La canto una y otra vez hasta que me doy por satisfecho o me agota, no sé exactamente; cambio algunas palabras, no muchas, encajan —relativamente— desde el principio, incorporo un ritmo sintético a 78 bpm que le sienta bastante bien, como los acordes de séptima y ese estribillo raro (pero que muy raro). La metáfora es bastante infantil (el Universo, una estrella que implosiona y libera toda su energía, etc) pero el campo semántico que abre está bien, aunque al final “electrones” solo me rima bien con “neutrones” y no consigo que las palabras “Heisenberg”, “Bohr” o “electrodébil” entren en ningún verso. Lástima.

No la grabo, para poder olvidarla pronto, y hago la cena: hervido.

Una vez me dijo alguien que, si lo tuvieran que operar, le gustaría que el cirujano supiera de lo suyo, que no tuviera otra afición que lo pudiera distraer, que no escribiera o tocara música o pintara. Que escribir, me dijo —era un poeta, un buen poeta, y los poetas mienten con toda la verdad por delante—, necesita dedicación completa (y, en el subtexto —gesto de poeta condescendiente—, que dedicarse a lo que yo me dedico, pues qué menos, chaval).

Pero no me dijo que habría domingos así, tan inevitables y tan largos como como esos whiskys dobles en Mad Men.

O no lo recuerdo.

Sueños con finados (25)

19/04/20

Hoy he soñado que salía a correr.

Si, ya sé, quien cuenta un sueño pierde un lector. Pero me lo puedo permitir: esto es un D’n’D íntimo. Y, peor: nunca me releo (si lo hiciera no escribiría: nunca estoy a mi altura).

He soñado que salía a correr —supongo, quizá, porque los sábados por la mañana, cuando no trabajo, salgo a correr— y, al rato de estar corriendo (la sensación era que estaba lejos de donde quiera que había empezado a correr, que había pasado tiempo), la gente con la que me cruzaba me increpaba, me llamaba la atención, me miraba mal. En el sueño yo, realmente, me había equivocado, o tenía la sensación de haberme equivocado, de tener la culpa; estaba avergonzado de mi error. Me acusaban con razón. Aún no era el día, en mi sueño, no era el día autorizado para poder volver a correr por la calle. (Ni tampoco en La Realidad: Fernando Simón no sabe las pesadillas que puede estar causando, a su pesar y en su ignorancia de estas levísimas consecuencias oníricas).

Pero lo malo del sueño, su característica limítrofe con la pesadilla, es que era la gente, las personas que estaban por la calle (para mí autorizadas a estarlo, a pasear, en el sueño, jamás desautorizaría yo a nadie, ni en sueños), es decir, todo el mundo, quien me llamaba la atención. No era la policía, insisto, eran las personas que iban por la calle.

[El formato del sueño, para que se sitúe el improbable lector, era un plano medio en leve contrapicado y el color y el tono un poco como en la película de “La invasión de los ladrones de cuerpos”, no la de 1956, sino la de 1978. Algo más que levemente inquietante, por tanto. Y Sutherland no salía. En el sueño, digo]

He identificado a uno de ellos. Uno de los que me reñía. Me refiero a que le pongo cara, no a que sé quien es. Es una persona soñada pero con cara. Es un hombre grande, algo grueso, mal (poco) afeitado, mofletes, con una considerable papada y generosas bolsas bajo unos ojos saltones. Unos ojos como los de Paul Auster pero un Paul Auster alcoholizado tras una muy mala noche, una mirada agresiva, denunciante, si existe la mirada denunciante. Lo describo por si podéis reconocerlo, por ahí, por si aparece en vuestros sueños. Es posible que alguien (¿el gobierno?) haya puesto a policías secretos, en los sueños, a vigilar nuestro deseo (insomne) de romper la cuarentena.

Aquí, inaugurando la conspiración de los fake-dreams, también.

El hombre, este hombre, iba con su familia. A lo suyo, hasta que mi ilegal carrera los ha alterado, ha roto su paz de familia, su orden de familia, su silencio tan familiar. No los conozco de nada, pero los sueños son así: sabes que son una familia porque el sueño mantiene esa condición innegociable de verosimilitud (como la buena literatura) donde sabes y sientes cosas tal y como el sueño las dicta, las guioniza. Yo me he detenido a hablar con él o, más bien, a recibir su recriminación que, más que una áspera bronca, era un “pero no te has parado a pensar que con tu estupidez, tu irresponsabilidad, estás poniendo en peligro lo que tanto nos ha costado conseguir a todos”.

Yo, a este hombre, sobre todo, le estaba decepcionando, como si esperara más de mí. Él sabía que yo también espero, siempre, más de mí. Y que nunca me entero de nada, al menos de nada importante. Los dos, allí, en medio de la calle. Con un silencio incómodo, incluso para ser un sueño.

[Porque en los sueños se lee muy bien el subtexto.]

Luego —todavía en el sueño, no desesperemos— me he vuelto andando a donde y desde donde sea que haya vuelto, porque no reconozco por dónde iba corriendo incialmente. Era un lugar amplio y llano, de calles anchas. Me recuerda —ahora, según lo reconstruyo— a la zona de la Universidad Politécnica de Valencia. A saber por qué. (Mis sueños son —creo— de bajo presupuesto, el director antes se dedicaba a hacer clips de publicidad de productos de limpieza, me aseguran, en sueños. Yo, si pudiera, les pondría, al menos música de Sufjan Stevens o algo así, que no queden tan sosos, tan mal acabados).

L dice que me llevo todo el edredón a mi lado y que ha pasado la noche helada.

“Y yo siendo insultado por la multitud”, le digo. Y no parece sorprendida, en absoluto.

Tenía los ojos de Paul Auster.

Pero en gordo y alcoholizado, recordad.

Just in case.

Erizos en cuarentena (24)

18/04/20

Parece que empieza el despegue, la descompresión, las “fases”, sean lo que sean esas “fases”, pienso, yendo en bici de nuevo al trabajo. Hay bastante más tráfico que estos días atrás y, en el puente que cruza el Reguerón, veo lo que queda de un erizo atropellado, en mitad del asfalto, como un peluche de púas ya inservibles.

Comienza el desconfinamiento, la vuelta a la (nueva) normalidad [ver (o no) capítulo anterior] y todos, de nuevo, tenemos una idea —La Idea— sobre cómo hay que hacerlo (bien). Todos tenemos ese corazón-Mourinho que sabe cómo hay que afrontar el partido, aunque solo conozcamos el juego (como tantas cosas) superficialmente, desde un ángulo, en tribuna, en el gol sur o a este lado de la pantalla. Aunque no seamos, ni de lejos, Mourinho. La abundancia de información nos ha dado pie a creer que, porque conocemos el grip de los neumaticos semiblandos —¿o eran semiduros?— y el spin de la bola en el drive y los milibares de las isobaras, somos Alonso, Nadal y Brasero, respectiva e ilusoriamente.

Y luego está la OMS, y las (otras) instituciones, en las que no creemos porque claro —¿quién hay ahí?/¿hay alguien ahí?—, no saben nada, fíjate, las consecuencias los delatan, vagos, mamandurrias, funcionarios, apesebrados, incompetentes (y tantos otros malos adjetivos y epítetos y memes y etcéteras). Los expertos solo saben equivocarse pero aparentando estar absolutamente convencidos de estar en lo cierto, pensamos, como expertos que somos en todo.

Es, tal vez, un fracaso de lo teológico.

Ya no creemos. No confiamos en las recetas salvíficas, no creemos en el Apocalipsis aunque tengamos el olor a azufre en las narices. Decimos “más ciencia” y queremos decir “que nos salven esos que dicen que lo saben todo” con la misma intensidad con la que no nos podemos creer (de tanto que creemos) que no haya wifi en el avión o que no hayan inventado ya, al menos, una energía limpia y gratis y para siempre o la vacuna del SIDA. ¿A qué esperan? La nuestra es una Fe de (e)ratas, de las que saltan del barco, apenas huele a tormenta (y sin salir del puerto).

Teníamos fe, decía.

(Y yo tenía un diario —un D’n’D— y ahora parece que estoy escribiendo una “Carta al Director” de un periódico de provincias, como hacía mi abuelo y con el mismo tono de queja; me hago viejo y me hago quejoso).

Teníamos fe en la inteligencia colectiva, en La Ciencia, en La Medicina, en los Modelos Predictivos, en lo virtual, en la ciberseguridad y la propiedad de nuestros datos, en El Mercado, en El Mercado Regulado, en el Estado del Bienestar. Teníamos fe en Bill y Melinda Gates. Teníamos fe en la suerte. Teníamos fe en que alguien contaría con nosotros para este partido.

Pero La Realidad (con su gesto hosco que repite Mourinho, como un espejo) nos ha dejado calentando banquillo, sin salir a jugar. Y nadie, tampoco, nos pregunta quién tiene que salir por la banda, pegado a la línea de cal, porque no somos del “cuerpo técnico”, porque solo somos cuerpos, sin apellido.

Teníamos una fantasía.

Creíamos que la información nos hacía más listos, que conocíamos mejor, más íntimamente las cosas. Creíamos, como el erizo, que un escudo invulnerable, la superficie, lo superficial, algo vagamente ajeno a nosotros como esas púas pegadas al asfalto, nos protegería.

Estábamos, como tantas veces, como casi siempre, perdidos (que no es lo mismo que equivocados). Estábamos andando a tientas como andaban en Lost antes de saber El Final. Tomando —virtualmente—decisiones basadas en información sesgada, confusa, incluso algo alucinatoria.

En (la) realidad, no confiamos. Levantemos nuestros corazones, etc.

Quizá es porque, de La Realidad, solo vemos una realidad editada. Nos faltan cosas. Y las elipsis las rellenamos como podemos. Como en la encefalopatía alcohólica (eso de Korsakoff), esos agujeros como burbujas de vino hervido, en el cerebro, rellenos de cualquier cosa. Nos sobran agujeros, nos falta conocimiento (más: sabiduría, la de saber estar, pero también y sobre todo la de saber ser).

Y, la siguiente semana, esta semana, volveremos a tomar (más) decisiones, a que las tomen por nosotros, a que nos señalen los cursos de acción, las líneas rojas (o las azules).

Y nuestro Mourinho interior, ahí, con ese gesto, quejándose de todo y diciéndonos cómo hay que jugar —realmente— esta crisis. Ese ruido. Esas púas.

Habrá que invocar a Aragonés. Sacad la ouija. Ya.

La normalidad confinada (23)

17/04/20

A mí la normalidad me acojona.

Lo he dicho otras veces.

Pero ahora ya no, ahora vamos a tener una “nueva normalidad”. Ahora vamos a construir otro sentido común. (Popper is coming).

Uno, en su ingenuidad, cree (pero quizá no, quizá solo desea) que, cuando acabe El Virus, a la vuelta de Todo Esto, vamos [para entender este plural, este “nosotros”, lean, si quieren, a Savater, en su columna de El País, de ¿mañana?] a ir en bici, vamos a pedalear por ciudades amables y menos contaminadas y ruidosas, de vuelta del borde del acantilado, vamos a ser más prudentes, en los viajes, en el consumo, en las inversiones. Vamos a utilizar mejor, a emplear mejor, la asistencia sanitaria. Uno ve este futuro naive, como de Reyes Magos, pero sabe que La Realidad son los papás y como que no, que la bici no cae este año.

Hay carbón, mucho carbón, en la Nueva Normalidad.

Leo una entrevista a Fran Lebowitz (de la que había leído algunas de sus crónicas-irónicas de sociedad —neoyorquina— de los 70 o de los 80, recientemente; otra angry but not so young woman). Le preguntan qué le parece eso de “no poder dar ya la mano, al saludarse”. Ms Lebowitz contesta que le parece excelente, que lo que le parecía un horror era la moda esa de ahora de abrazarse. Abrazarse, esa Nueva Normalidad (para Ms L) antes de esta Nueva-Nueva Normalidad que viene. También habrá una Nueva Nueva York.

Lo normal.

Lo normal es una frecuencia. Es decir, lo que ocurre menos el 10% de lo que ocurre en los extremos (un 5% a cada lado, en la “distribución —o curva, esta sin pico— normal”). Lo normal es cualquier altura excepto la de los enanos y la de los gigantes. La normalidad es una cosa, en fin, con forma de campana (de Gauss o de Jouffret, pone la Wikipedia). Sylvia Plath también tenía una. De cristal. No salió bien.

Lo normal es una regulación (normas), lo normal es lo que dicen las leyes, los límites. Lo normal es jugar al fútbol dentro de las líneas de cal, en ese rectángulo.

Lo normal es morirse.

En la Nueva Normalidad también será normal morirse, suponemos. Incluyendo las colas, los extremos, el 100%. Ahí no hay descuentos: nadie es anormal, frente a la muerte.

Lo normal es —era— ser social, porque lo social construye la (nuestra) normalidad. Desear una Nueva Normalidad es querer determinar una sociedad nueva.

Acojona.

La Nueva Normalidad tendrá su nueva normopatía, suponemos, también. En la Nueva Normalidad lo subjetivo es/será (aún) más pequeño. La crítica es/será una anormalidad, una nueva anormalidad, como siempre, pero aún menos tolerable. La disidencia es una opinión anormal.

La Nueva Normalidad son los papás, otra vez. Pero han crecido, son más grandes, más fuertes. Tienen barba, los dos.

A mí, la Nueva Normalidad me acojona, decía, insisto.

Otra vez sin bici, otro año —lástima — y Melchor o Baltasar sin aparecer.

Lo normal.

Estudiante de cuarentena (22)

16/04/20

R está enfadada. Muy enfadada. Angry young woman, el signo [no encuentro emoji del círculo con la cruz al sur y con ojitos —de emoji— de enfado] de los tiempos. Le ha llegado —como llegan las cosas en estos tiempos confinados: de cualquier forma excepto a través de alguien que se dirija directamente a ti, específicamente a ti, que te hable— la noticia de que los exámenes (antes) atrasados (ahora) se adelantan.

La Universidad. Eso. Lo que sea eso.

R estudia Medicina. Vive, como todos los estudiantes de Medicina y casi de cualquier cosa en La UNI de Estepaís, sepultada por una tonelada de folios (o de GigaB en pdf en el mejor de los casos, diapos de PowerPoint en el caso habitual) mal escritos y peor enfocados. Todo por aprender, nada que sea moderadamente proporcionado, todo exageradamente detallado en sus confines biológicos, anatómicos, fisiológicos, patológicos. No más de un 10% de todo eso configurará sus necesidades como médico, en el futuro, lo que ella necesitará movilizar en una consulta, en un quirófano, en urgencias, en un laboratorio, incluso. Las Etimologías de San Isidoro (libro IV) eran (son) un enfoque más moderno: el compendio, el breviario, el manual, la edición.

Los siguen construyendo (a los médicos) como hicieron con nosotros, a base de ladrillos, atiborrados de información a la que (ahora) se puede acceder desde cualquier dispositivo móvil. Como si eso no existiera. Pero siguen sin enseñar cómo seleccionar la información adecuada, cómo abordar un problema, analizarlo, planificar su gestión, transaccionar con todo lo que está en juego en cada decisión.

Y luego, claro, está el examen, perdón: El Examen. Se estudia para aprobar El Examen que te prepara para aprobar El Examen que (ahí sí) te permitirá aprender, después. El Examen y sus preguntas “tipo test”. Pero ¿cómo se deciden cuáles son las preguntas relevantes y, de las opciones a escoger, la correcta —¿o era “todas las anteriores”?— delante de un paciente, delante de un problema médico, delante de una preparación anatomopatológica? ¿Cómo se interroga a un tejido, a un sistema hormonal? ¿Dan los pacientes opciones a, b, c, d entre las que escoger la correcta?

Todas las anteriores.

Todas las anteriores son preguntas retóricas.

Se han adelantado los exámenes. Se ha comprimido (más) este tiempo comprimido. Se ha vuelto a hacer desagradable estudiar algo que no debería serlo porque no lo es. Esto, seguramente, generará unos anticuerpos —qué de moda, los anticuerpos— que te inmunizarán, contra los textos, contra los libros. Se ha devaluado la importancia de la evaluación de capacidades, de conocimientos, porque, al parecer se puede hacer —seguir haciendo, indefinidamente— de cualquier forma, en cualquier momento, como sea.

R está enfadada, en el sofá. La mandíbula se proyecta hacia la tele; la mirada, hacia ninguna parte.

[Digresión/desvío provisional, perdonen, trabajamos para usted: asisto (?) a un webinar (británico) sobre aspectos psicológicos en personal sanitario durante la pandemia. Hago una pregunta al foro en genuino broken English. “Veo a mucha gente (staff) enfadada a mi alrededor. Con sus líderes, gestores, políticos. ¿Cómo se gestiona este enfado, la ira?”. La psiquiatra responde (después de compadecerse de Boris Johnson) “El enfado, que seguramente procede del miedo o de la frustración, hay que colocarlo en algún lugar. Y con mucho cuidado en dónde y cuánto y cómo.”]

R sigue enfadada. Ese topos o ese ethos, quizá ese logos, si seguimos así.

¿Dónde va a colocar todo ese enfado? ¿En su habitación de siete metros cuadrados? No cabe. Ahí, no. Está todo lleno de información inútil.

La Universidad y la Pandemia —pan (todos) demos (pueblos) vs universitas (totalidad) ergo todos contra todos, más etimologías—: la Universidad de siempre, sentada, tan (a)sentada, en la cátedra.

R (no) está (suficientemente) enfadada.

Oigo a Daniel Innerarity decir en un podcast “Yo no sé lo que voy a aprender. Si ya lo supiera no tendría que aprenderlo. Los que menos van a aprender de todo esto son los que ya lo saben todo”. Algo así, dice, algo parecido a la sabiduría me parece, tan alejado del Powerpoint, Innerarity.

R está enfadada y aprendiendo, mucho más allá de los pdf’s, aunque no lo sabe, creo.

WTF”, dice ella, “en plan”…

…mala vibra (interpreto).

D’n’D de cuarentena (21)

15/04/20

Este es un diario-no-diario (en adelante D’n’D), lo que encuentro muy coherente con esta epidemia-no-epidemia, esta epidemia de Schrödringer—siempre tengo que mirar cómo se escribe Schrödringer en Internet: se escribe “Schrödringer”,y ya van tres— donde las mascarillas sirven y no sirven simultáneamente y los medicamentos son compasivos pero se indican por protocolo y además hay que aislarse pero hay que salir a trabajar en lo esencial, que no siempre es esencial. Una epidemia donde todos estamos —pero no, o quizá sí— ya infectados o por infectar.

Este es un D’n’D porque un diario se escribe todos los días, literal y no literariamente, y, además, un diario debería ser algo como la memoria, o un tipo de memoria, un recuerdo fijado, traducido, ficticio, como todos los recuerdos. La memoria es un perro al que le tiras un hueso y te trae cualquier cosa, me dijeron que dijo Loriga (y no se me olvida: es demasiado exacto).

Este D’n’D, supongo, es también una forma —paradójica, como todo lo que vale la pena— de no perder la noción del tiempo, de no perder(me) el tiempo.

Una forma de descongelar (durante un momento) este tiempo congelado.

Este diario es para reivindicar la (a)normalidad, sea lo que sea eso o cualquier otra cosa que, de tan poco obvia, haya que ir reivindicando, diariamente.

Este D’n’D es mi respuesta —precaria— a algo que me interpela (“pregunta”, si no fuera yo tan pedante) y que, quizá, soy yo mismo, sea lo que/quien sea “yo mismo”.

Lo siento. Otra vez, dejándome llevar.

Últimamente —lately— intento —lo intento, me tenéis que creer/leer— describir (más), no interpretar o hacerlo menos. Lo he escrito antes, esto. Muchas veces. Me encuentro mejor, me sienta mejor (ahora me describo ¿o me interpreto? como alguien que “se encuentra/siente mejor”) si simplemente describo, si no interfiero/altero demasiado/más la realidad interpretándola, como si fuera una partitura que leo (mal). Debería dejar las acotaciones, también, me diréis. Estoy de acuerdo, pero dejad de interrumpir: ya lo hago yo (con las acotaciones).

A lo que iba: este D’n’D es una emergencia, es decir, algo que surge —y esto es una interpretación, no una descripción: contradecir(me/se) es fundamental en estos tiempos—. Este D’n’D es reaccionario, es decir, es una reacción a alguna causa que quiero creer que no es obvia.

Hay muchas personas escribiendo —o dibujando o dictando o cantando— diarios, estos días y publicándolos, editándose a sí mismas. Como si esta posibilidad (ser visto, ser escuchado, ser leído) fuera, también, una emergencia.

(Y hay mucha gente criticando esto, esta especie de nuevo género: la mala literatura pandémica).

(Y porque un millón de diarios no hacen una crónica legible).

Escribo en una habitación pequeña —una habitación propia, I’m sorry Virginia—, rodeado de estanterías y armarios. Hay un armario de ropa —ropa de abrigo pero ¿qué ropa no lo es?—, cajones con un millón de cosas almacenadas/abandonadas, juguetes detenidos en el tiempo en que fueron juguetes jugados, una impresora, la bolsa con la cámara réflex, los objetivos, los cuadernos. Ni Perec en su día más inspirado podría describir el contenido de esta habitación. [Call me Diógenes] Hay, a mi espalda, una especie de despensa con “las cosas de la limpieza et al”, tan visitadas en estos días, con las cápsulas de café Nespresso de colorines junto a la lejía Neutrex (en casa somos muy de orden alfabético aunque haya que asumir riesgos). (D)Escribo ahora (¿podéis verme ya?) en la misma habitación donde normalmente —es decir, antes, es decir, anormalmente— estudio, trabajo, leo, escribo cosas que raramente/ocasionalmente publico. Frente a mí hay una estantería con libros, la mayoría de los denominados “de consulta” —¿qué libro no lo es?—, fotos sin enmarcar prendidas con clips de cajas o de los lomos de otros libros, mal apoyadas, esperando(me) para caer(se) o ser miradas. A mi izquierda una ventana por donde entra la luz de la tarde tamizada por las nubes —el sol ha tenido la cortesía profesional de no salir tampoco estos días— y llena de verde: pinos, palmeras, acacias, cipreses y el ciruelo que, otra vez, otro año, ha decidido no florecer.

Escribo, describo, decía, este D’n’D.

Por ver(me).

Por si acaso la memoria. Ese perro.

Diario de Huerto en Tena (20)

13/03/20

R tiene un huerto desde hace unos seis o siete días.

No sé si ya he contado esto antes.

R ha plantado en una jardinera, en la terraza, plantones de tomate, pepinos, judías, guisantes. También ha colocado con delicadeza unas semillas de lechuga de dos variedades en un semillero muy pro, que dice ella.

Hoy los dos las miramos, maravillados.

Las semillas.

De cada semilla ha ido surgiendo un tallo —sonrosado, casi violeta— y unas raíces minúsculas, muy pálidas, transparentes en el extremo. Las (ad)miramos —a las microplantas— con esa actitud atávica con que se observa el mar o el fuego en una chimenea, con la convicción de estar viendo lo inexplicable, algún tipo de misterio que sí, que vale, que se resuelve con núcleos celulares y ribosomas y cloroplastos y todo eso, pero que no le quita nada, pero nada, al misterio. Células que deciden —esa determinación— ser tallo y hojas, células destinadas a ser raíces o partes de una flor, más adelante. Las células no han necesitado más que la energía que ya tenía acumulada la propia semilla y algo de sol y agua. Las pequeñas plantas crecen ancladas a unos cilindros húmedos de lana de roca —a lo “inorgánico”—, algo que Ikea (o la diseñadora del semillero) llama con uno de esos nombre raros. No me cuesta mucho imaginar el departamento de marketing de Ikea buscando el nombre para los cilindros verdes hilosos que su jefe les pone encima de la mesa cualquier mañana impregnada de cafés largos y dulces suecos.

Las semillas no han necesitado nada más que su propia energía (y la que sobra a su alrededor) y la memoria de lo que son, de lo que están determinadas a ser. Quizá los del marketing de Ikea tampoco, cafés aparte.

En el trasiego de macetas, traslado de jardineras, tierras, material diverso de jardinería, etc. de hace unos días me hice un pequeño corte en un dedo: al estirar de una anilla de cerámica de una maceta que el tiempo había convertido en una especie de terracota de aspecto casi babilónico, la anilla cedió, se astilló y me rebanó —por ese orden y como una daga también babilónica— unos milímetros de piel [del tercer dedo, mano derecha, articulación interfalángica distal, herida inciso-contusa, etc. para los del gremio]. Adecuadamente lavada y curada —qué menos, en casa del herrero/jardinero— en unos 10 días observo el efecto, la respuesta, de las células vecinas a la herida: inflamación, reparación, contracción, reepitelización. Una máquina perfecta: acción-reacción, reparación ad integrum. O sea, dedo como nuevo. Células eucariotas en perfecta cooperación para ayudar(se).

El triunfo de lo minúsculo, de lo breve. El milagro —laico— del diseño —evolutivo— perfectamente adaptado a la supervivencia. La cooperación, la sinergia, la selección natural (segunda temporada, la primera fue más floja), la competición entre seres vivos organizados, la supervivencia-del-más-fuerte 2.0.

Me estoy dejando llevar, perdón.

Nosotros, gente de ciencias, aunque de ciencias blandas, a estas cosas y en el mejor de los casos, le ponemos nombre (y números y siglas, y guiones, digamos “IL-6” o “plasmodesmo”) y creemos que ya, sí, que ya sabemos por qué. Gente de ciencias jugando a ser de letras. O viceversa.

Pero no tenemos ni idea, en el fondo. Tan sólo —no es poco— una elegante aproximación al mecanismo. Con mucho esfuerzo, un esfuerzo de siglos, de generaciones, podemos llegar a describirlo, pero, difícilmente, a interpretarlo (i.e. energía, memoria, determinación, etc.). Complejidad, siempre queda bien, complejidad.

R sonríe. Creo que es esto lo que buscaba con el huerto, lo que había imaginado —ese es el asunto—: este momento, nuestro, divagando, admirando los pequeños tallos.

No sé si ya lo había contado antes, decía.

No sé.