Polycarpon tetraphylum (o no)

Siempre he admirado las plantas que surgen en las grietas, desafiando la propia posibilidad de que haya vida entre las losas, en el cemento o en las paredes encaladas y —especialmente— en los accesos a los garajes, esos joyeros de tanques de cuatro ruedas que producen carbono a mansalva y las pisotean cuando entran y salen de su cueva. En mi teléfono tengo muchas fotos —muchas más que selfis, lo prometo— de estas miniplantas resistentes, de esta muestra de débil pero irreductible fortaleza.

Esta primavera que empieza pronto se ha anunciado en el suelo de nuestra terraza con la aparición de una de estas especies. Armado de una (otra) aplicación que identifica plantas y árboles que desconozco —el 99% de las plantas y árboles que me rodean— averiguo que se trata de un ejemplar de Polycarpon tetraphylum. O tal vez no. Las hojas son demasiado pequeñas y los frutos apenas perceptibles para que la fotografía que gestionará el algoritmo correspondiente sea suficientemente precisa. Sin desconfiar de la aplicación —que sí— el nombre de la planta podría ser cualquier otro y su clasificación, para los dedicados y anónimos bot-taxonomistas online, diferente. Esto la hace aún más atractiva: una especie que se resiste a ser identificada, doblemente resistente: a las baldosas y a mi celo policial / neurosis denominativa-infotóxica.

Dice Fernández-Savater en su muy recomendable “La fuerza de los débiles” (ed. Akal) que “el pensamiento heredado ha pensado sobre todo la ofensiva y, más aún, ha hecho de la ofensiva su manera de pensar [… estableciendo] una relación privilegiada con la idea de control”. Según leo el libro admiro aún más a la planta, en su praxis —que diría Amador, supongo— que expresa “la confianza en que hay inteligencia y potencia en cada existencia”.

Porque hay un pensamiento que nace, como esta planta, a la defensiva y es, a la vez, desafiante, que “extrae toda su fuerza de su pertenencia terrenal”.

O, como dice Fernández-Savater que dice Julio Cortázar, algo que hace “necesario cambiar la vida sin moverse de la vida”.

Veo a la plantita, a las muchas plantitas asentadas sobre las muchas grietas de la terraza que han aparecido con el tiempo, el mismo tiempo que hemos habitado esta casa y que a nosotros también nos ha proporcionado grietas y heridas en nuestro cuerpo y en nuestros recuerdos —esas losas que podríamos llamar existencia— y unas pequeñas plantas débiles pero muy resistentes que nos brotan cada cierto tiempo y que hemos decidido llamar amor o alegría (o tal vez sean otros nombres, otra taxonomía, porque estas plantas escapan siempre al control absurdo de denominarlas).

Pero estas plantas la tienen. La fuerza de los débiles, digo.

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