Diario de los días enlatados (17)

07/04/20

Por la mañana quirófano. Lo echaba de menos (lo siento, somos así los cirujanos).

Las pacientes han sido evaluadas con un protocolo —más protocolos, nuevo protocolo— para descartar que sean portadoras de El Virus.

Difícil: no existe el riesgo “0”.

Pero se intenta, lo nuestro va de eso.

El quirófano va como la seda, la anestesista —a ella le gusta más “anestesióloga”, pero a mí se atraganta la palabra, quizá porque prefiero los oficios bien llevados a los tratados, pesados y solemnes— hace un trabajo perfecto: bloqueo intercostal ecodirigido para mejorar y prolongar la analgesia, intubación con técnica de seguridad para evitar aerosoles y proteger al personal, estabilidad hemodinámica rigurosa, despertar suave, sin una tos. Impecable.

Las enfermeras actúan sin una sombra de miedo: es el quirófano de siempre, el nuestro, el lugar más seguro del mundo para lo que tenemos que hacer. Por la mañana ha habido dudas sobre qué tipo de mascarilla (y otras medidas de protección) deberían utilizar (ellas). Hay una lucha —bastante visible— entre el ahorro de material para no desabastecer los entornos donde más se pueda necesitar —el subjuntivo es la clave—, donde más riesgo hay, e incluso, para el futuro, cualquiera que este sea (p or si “El Virus (II), la venganza”, de los directores de “Resacón en Las Vegas IV”). A pesar de las inconsistencias, los fallos de —pongamos— el más sencillo sentido común, las enfermeras acatan las economías que propone la supervisora y actúan. Sin una sombra de miedo, insisto. Eso permite un quirófano con buen ambiente, tranquilidad, conversaciones amables: están a lo que hay que estar, sin una queja. Habrá otro momento y otro lugar para eso, para las quejas. Las conozco desde hace muchos años: son incansablemente profesionales.

Por la tarde veo otro —van mil— “webinar”. El tema de hoy son los cirujanos que han pasado (ya) la enfermedad: dos residentes, un jefe y una adjunta. Sus historias, lo que cuentan: hoy no es una lección, es una conversación, casi una confesión: el aislamiento en domicilio, el miedo, la sensación de fragilidad, de vulnerabilidad, la dificultad de dejar(se) llevar (su “caso”) —con toda esta incertidumbre— por otro compañero (siempre he querido saber con qué criterio los médicos escogemos a nuestros médicos: yo tengo el mío), la espera de los diagnósticos, los consejos para no desanimarse, para continuar ligados, para proteger a tus pacientes, a tus familiares.

Los médicos al otro lado de esa frontera, visitando ese otro país: una experiencia que te va a hacer mejor médico, indiscutiblemente.

Contar.

Contarlo. No hay mejor lección.

Luego vuelvo a pensar en el quirófano de esta mañana, en ellas, sin sombra de miedo. En que lo podamos contar. Todo.

Diario de vientoencontra (16)

05/04/20

En la ciudad, si no vas en bici, el viento no te suele importar.

O te importa, pero mucho menos.

No sueles valorar si es del Sur o Noreste, si va a soplar en contra o a favor de tu camino. A lo sumo te importa que haga volar papeles o bolsas de plástico, por las esquinas. Te resulta —te resultaba— incómodo, quizá, para salir a pasear por la tarde.

Pero, en bici, el viento importa.

El viento en contra, aunque andando parezca una brisa leve, te hace emplearte, esforzarte mucho más al pedalear. Te cuesta progresar, avanzar, te entra arenilla en los ojos —a pesar de las gafas—, te seca los labios. Los siete kilómetros hasta casa se hacen eternos.

Y luego está el ruido en los oídos.

Lo que debía ser un camino agradable lleno de sonidos de pájaros, agua correteando por las acequias, risas de niños —ahora en los balcones— jugando, se convierte en un zumbido constante.

Ahora, a contracorriente, te zumban los oídos.

A veces toca. A veces hay viento en contra.

Intrusismo en la cuarentena (15)

04/04/20

Paso la mañana del sábado apoyando al equipo de Medicina Interna en una de las plantas-COVID del Hospital. Desde el principio me miran raro: soy mayor que ellos (bastante) y soy cirujano (un poco).

Les doy un poco de pena y lo sé: no doy el perfil de alguien que les pueda servir de mucho y no están (ellos y los tiempos) para perder el tiempo. Mi trabajo consiste en aliviar el suyo rellenando formularios, haciendo peticiones de radiología y laboratorio e informes de alta, actualizando los tratamientos, los protocolos de seguimiento, todo bajo su supervisión. Ellos valoran personalmente a cada paciente y toman las decisiones. En unos minutos aprendo mucho y durante unas horas intento no dar más trabajo del que quito. Me hacen sentir cómodo, las cosas funcionan bien y ellos son rápidos, listos, amables, médicos bien entrenados.

Pero hay una parte del trabajo que disfruto especialmente: hay que llamar por teléfono a los familiares de los pacientes, de cada uno, a sus casas, para decirles que los de aquí, los de este lado del extranjero, están mejor ––cuando están mejor—, van recuperándose, poco a poco, sí, claro, no se alarme, eso ya menos, no le duele, ya respira mejor, se levanta sola, apenas un poco más de oxígeno, por las gafas nasales, mucho mejor, no, no ha vomitado, no, a ver si se va pronto a casa, gracias, gracias a usted.

Algunos pacientes están preocupados por el regreso, su regreso. Hay personas con casas con dos habitaciones para tres personas y una de ellas con esquizofrenia. O hay personas mayores en sus casas —grupos “de riesgo”—; hay casas con demasiadas escaleras, o sin un baño adecuado, o están los nietos, que no paran. Los propios pacientes no quieren arriesgar a los suyos a la vuelta, aunque tienen muchas ganas de verlos. Los hoteles, esos que dicen, tal vez, la próxima semana. Hay muchas cosas, muchas pendientes, no todo son antivirales e hidrocloroquina. No todo es la vacuna pendiente o la curva o el pico de la curva o el tiempo de replicación.

En esta planta hay pacientes tan debilitados al salir de la UCI, después de 10 o 12 días de inmovilidad absoluta conectados al respirador, que no pueden ni coger el teléfono para hablar con los suyos. Hay pacientes con trastornos mentales, que no “colaboran” (siempre me ha molestado esa palabra) con su tratamiento: no aguantan la mascarilla, salen de la habitación, gritan, cuando no están demasiado débiles. Hay parejas, tres parejas solo en esta planta, pasando juntos la enfermedad, a veces uno está mejor que otro y parece sentirse, de algún modo, culpable. Hay pacientes que van lentos, muy lentos, hacia la recuperación, al ritmo lento que impone el cuerpo, ese ritmo de lo biológico que tan mal casa con estos tiempos acelerados de las noticias continuas, los móviles vibrando, las storys de Instragram.

Y, sobre todo, hay enfermeras (y enfermeros), vestidos con impermeables amarillos, gafas, máscaras y guantes, que no paran, no paran, no paran. Hay mucho esfuerzo, hay mucha vida apoyando otras vidas, hay algo casi elegante en manejarse bien con todas esas capas aislantes, con esa cantidad ingente de medicaciones, analíticas, electrocardiogramas pendientes, avisos a radiología, dietas, registros, alertas, llamadas. Hay una especie de coreografía oculta, un segundo plano, casi imperceptible, de habilidad, de saber de qué se trata y cómo se hace.

Veo un protocolo, una infografía, del BMJ sobre cómo hacer consultas “no presenciales”, por teléfono o por videollamada. También muy elegante, la infografía.

Pero esta gente sabe cómo hacer lo otro, lo presencial.

Entre formularios y protocolos le doy vueltas a lo de “estar”. Estar presente, tener presencia.

Cuando me voy, todos, allí, siguen sonriendo. Se quedan a dar el relevo al siguiente equipo. Yo he aprendido mucho, otra vez. No he entrado en una sola habitación, no he visto a un solo enfermo. Pero he aprendido mucho.

Y no precisamente a hacer altas, eso creo que ya sabía. En plan cirujano, claro.

La cuarentena. Instrucciones de uso (14)

(Ejercicio à la Perec, quién —sin duda— sigue riendo.)

03/04/20

La Carretera de Santa Catalina —oficialmente: “Avenida de Santa Catalina”— recorre 3,2 kilómetros entre el Bar «El Alias» y la Plaza de «El Charco».

Al comienzo de la Avenida de Santa Catalina, en el cruce con la carretera de El Palmar y frente a «El Alias», que no hace mucho tiempo tuvo que ser restaurado por haber recibido el impacto de un camión de gran tonelaje en una de sus esquinas, un descampado sirve de improvisado aparcamiento para sus clientes: muchos son médicos del Hospital Virgen de la Arrixaca que, a la vuelta del trabajo, paran —paraban— a tomar el aperitivo. Junto al descampado hay una ITV recién inaugurada que apenas ha podido recibido clientes. El solar junto a El Alias lo ocupa un destartalado negocio de compraventa de coches donde jamás, tampoco antes, se ha visto a un solo comprador, quizá asustados por el perro (también de gran tonelaje) que guarda la valla. La avenida se prolonga hacia el sur sorteando una casa con un jardín descuidado, un taller de reparación de motocicletas Harley-Davidson y un concesionario de automóviles Jeep donde tampoco nadie ha visto nunca un cliente. En ese punto, en un descampado rodeado de cañas y hierbas de gran altura que se despliega entre la avenida y la autovía Murcia-Cartagena, suele —solía— haber un agitado intercambio de pasajeros y automóviles a las 7 de la mañana, muchos —he supuesto con el tiempo, en este tiempo— profesores y profesionales que trabajan en Cartagena, imagino que coordinados en una lógica combinación de ahorro económico y ecología. Tras ese improvisado lugar que sirve de hub de transporte, una rotonda con una escultura de metal que representa una enorme muela —las cosas son así / el gusto de estos tiempos— permite, más bien dificulta si vas en bici, la conexión con el siguiente tramo de la Avenida de Santa Catalina.

Este segundo tramo de la Avenida contiene todo un mundo, un mundo longitudinal, atravesado por unos diez metros de asfalto, donde aparecen, en riguroso orden, una casa de apuestas deportivas (donde hasta no hace mucho había una Iglesia Evangelista llena de anuncios en inglés para su escasa congregación), un «after» abandonado desde hace años (aunque conserva cierto nivel de tráfico de sustancias en la puerta, cosas de la costumbre, supongo), un local de celebraciones llamado pomposamente “Royal Place” que también alberga una escuela de hostelería, un vivero de plantas ornamentales, una farmacia abierta 24h, un concesionario de microcoches Piaggio, algunos dúplex de color gris y de aspecto tenebroso frente al tanatorio «Arco Iris» —éste mucho menos tétrico que los dúplex, paradójicamente—, un albergue para personas sin hogar donde, en una de sus paredes, una pintada dice «Si juzgas mi camino, te presto mis zapatos», una fábrica de bombas hidráulicas, un taller electromecánico en el que, si insistes, también arreglan problemas de chapa, un concesionario de autocaravanas, un tren de autolavado que abre intermitentemente, algunas viviendas particulares, muchas muy modestas, alternando con unas pocas unifamiliares de —también—gran tonelaje, una tienda de herbicidas, una chatarrería con gran tráfico diario de personas de piel muy oscura y carritos de supermercado llenos de mercancías diversas, no siempre metálicas y en ocasiones muy voluminosas —neveras, postes de farolas, sofás, colchones—, una tintorería (ecológica), un centro de bricolaje Big Mat, una residencia de ancianos, el bar «La Huertana», que ofrece comidas para llevar y cerveza a precios muy competitivos si deducimos del aforo diario y de lo poco atractivo del entorno, una arrocería recientemente abierta donde antes había una tienda de bicis eléctricas excesivamente caras, una cervecería que ocupa una nave industrial —precios menos competitivos que «La Huertana» pero una enorme variedad de cervezas—, otra tienda de bombas hidráulicas, una serie de monótonas casas de un solo piso con sus fachadas oscurecidas por la contaminación del tráfico y con terrazas estrechísimas que se ciernen sobre la carretera en una intención un tanto veneciana (si obviamos la evidente ausencia de canales), un bar anexo al puticlub «Dos Diamantes», que también abre intermitentente (el puticlub), una tienda de pinturas murales, otro taller mecánico, previamente concesionario Kia, la tienda-taller de bicicletas de Nacho, una gasolinera Repsol, «Vinos Gallego», que distribuye, entre otros productos alcohólicos, la cerveza «Estrella de Galicia», otra tienda de coches usados llamada «Rayban’s» —ni siquiera Ray’s Vans—, un pequeño oasis de huerta a veces algo descuidada justo antes de que la carretera cruce el canal de El Reguerón por un puente tan antiguo que incluso tiene acera para peatones (y es de una altura tan correcta que los álamos plantados junto al canal le dan sombra por la tarde), un local de recreo con una pequeña pista de césped artificial donde una comunidad de ecuatorianos combinan barabacoas, fiestas y deporte los fines de semana, un taller de carpintería metálica, una empresa de grúas industriales —también de gran tonelaje—, otros dos talleres de automóviles, uno frente al otro, en aparente competencia feroz («talleres Hurtado» y «Autofrutos»), una nave industrial abandonada, plagada de graffitis también abandonados, una enorme tienda de electrodomésticos/bazar, las “Destilerías Vega Alta”, distribuidoras de ginebra «Kingsman», el restaurante «Los Arroces de Segis», un concesionario-taller de automóviles Hyundai, una empresa de mármoles, la tienda de muebles «Trazo», el supermercado «SuperDumbo», la guardería infantil («El Valle»), la tienda-taller (sic) de café «flor —con minúscula— de Jamaica —con mayúscula—», creo que cerrada últimamente, una clínica dental y otro local de apuestas que cierra, con perfecto sentido de la simetría, el trayecto de la carretera. Estos comercios están ocasionalmente intercalados con casas de distintas configuraciones, volúmenes y fachadas desacompasadas, fragmentos de huertos de limoneros, solares abandonados, promociones urbanísticas que quedaron varadas en la penúltima crisis económica/financiera y, quizá, otros bares y comercios familiares que sobreviven a ese ritmo particularmente lento de las pedanías.

La carretera —me cuesta tanto llamarle «avenida»— de Santa Catalina termina así, 3,2 kilómetros después, en la Plaza de «El Charco», una plaza tan poco atractiva como literal.

Y ahí empieza mi viaje, en sentido contrario a todo esto, cada mañana.

Mi vida, esta cuarentena, instrucciones de uso.

Diario de Umbralentena (13)

02/04/20

He dejado de escribir aforismos.

Me parece un ejercicio agotador. No tengo tiempo de escribir algo tan corto, como dijo alguien. Sigo con este diario intermitente (un diario-no-diario), lo que, dice Muñoz Molina, es el ejercicio de la escritura de estos tiempos, de mi tiempo.

Hace un par de días celebramos el cumpleaños de L. Otro cumpleaños en casa y no hay tiendas abiertas y tampoco he tenido tiempo de preparar un regalo en casa. Intento inventar una especie de regalo al nivel de los tiempos comprando algunas frutas exóticas en el supermercado de El Corte Inglés a la salida del trabajo: queda cerca, no me van a multar, supongo. Pienso en hacer una especie de surtido, una bandeja —preciosa en mi imaginación— con frutas de distintos tamaños y colores, absolutamente apetitosa. No puede ser: solo dejan comprar bandejas completas con cuatro o seis piezas. “Solo” es la palabra del mes. Miro en Internet las diferentes propiedades, combinaciones y formas de servir frutas exóticas (e incluso de cocinarlas) y finalmente me decido por una bandeja plastificada de maracuyás —¿maracuyases?— y otra de tamarillos. Me doy una vuelta por el supermercado y aprovecho para llevarme también algo más clásico (jamón, caña de lomo, aceite de oliva).

Con la bandeja de fruta exótica, la botella de aceite, un paquete de harina de espelta integral que me ha encargado R, una barra de pan también —cómo no— integral, el paquetito de jamón y el de caña de lomo y tres pasteles (por lo de soplar velas) —capuchina, «San Marcos» y un rollo de trufa también adornado con un nombre propio que he olvidado— en las alforjas de la bici (dejo a la imaginación del lector el aspecto del pastel «San Marcos» al llegar a casa) me da por pensar en Paco Umbral, no me pregunten —no me explico— por qué. ¿Cómo habría escrito Umbral sobre esto (El Virus) en su columna diaria? ¿Habría adoptado el tono —insuperable— de Mortal y Rosa para esta tragedia que nos lleva de la mano? ¿Habría comentado el triste destino de las y los amantes mutuamente abandonados/confinados? ¿Sus trucos para encontrarse clandestinamente? ¿Nos contaría el último chisme de la gente guapa?

No sé si añoro cómo escribiría ahora —cómo era— Umbral (que sí) o aquellos tiempos tan analógicos i.e. tan de analogías (que también).

Ya en casa, J, R y yo cocinamos unas doradas del Mercadona, montamos la mesa sabiendo que L llegará más tarde, mucho más tarde, de la consulta, otra vez. Nos tememos que las doradas no van a aguantar bien: hemos empezado a cocinar demasiado pronto.

Celebramos como toca, o sea, como podemos, y con las doradas milagrosamente en su punto, y a los postres descubro, sin sorpresa, que a L no le gustan ni la maracuyá ni los tamarillos. Tampoco sirve que le cuente que, según Internet, los tamarillos se pueden cocinar como el tomate. El aceite que he comprado para aliñar la ensalada —el AOVE que se dice ahora—, el jamón y el lomo sí le han gustado. Me costó una eternidad decidirme entre Picual, Arbequina u Hojiblanca o si era quizá mejor un blended. Triunfo parcial: hojiblanca.

Brindamos y nos miramos y no nos hacemos una selfie porque no toca o porque «somos lo que recordamos o lo que nos recuerda, no somos mucho más» que dijo, una vez Paco Umbral.

He dejado de escribir aforismos. Quizá porque resulta algo demasiado encerrado en sí mismo, quizá porque como todo, tantos lo han hecho mejor y antes.

Tal vez, de nuevo, a la salida de esto.

Una pandemia no es más que una forma biológica de exageración.

Diario de cuanterenas (12)

29/03/20

Otro saliente de guardia, de nuevo en la bici. La vuelta, no hay prisa, por la vía amable (que hoy realmente lo es, sin tráfico). Paso por Gran Vía (modo Amenábar en “Abre los Ojos”), mercado de Verónicas (cerrado, muy cerrado) y por el jardín de Murcia-Río, esa especie de mini Parque del Retiro de nuevos ricos (perdón, es el cansancio).

Después Barriomar: la calidad de una ciudad es la de su barrio más descuidado. Cruzo la vía con las barreras bajadas, el tren se ve de lejos, estoy buscando otra peli de CCTV (ver capítulo anterior). La huerta hacia Aljucer es todo soledad y azahar. El perfume de los árboles. Significa que no tienes anosmia (una prueba más, aunque débil, de que no tienes El Virus, de momento) y que te toca rememorar, esos recuerdos, Los Recuerdos: niñez, plano medio, travelling lateral, íbamos, primer plano del Renault R8, toda la familia, al mediodía, cuando ya hacía buen tiempo, de Marzo en adelante, a una casa de huerta rodeada de naranjos, plano general, Puzol, Valencia, la infancia. Los niños, mi hermana, los amigos de ambos que se venían, comíamos bocadillos (entrepáns) en medio de ese aroma y, meses después, en medio de esos mismos árboles ya cuajados de clementinas. A veces había aún más suerte (más que el azahar o las clementinas frescas, dulces y ácidas a la vez, recién cogidas del árbol) y regaban a manta: los niños corríamos entre los ríos del agua cristalina, entre los surcos de tierra que hacían de diques. Entonces el agua de las acequias era transparente: he visto cosas que no creerías, etc.

De camino cometo otra infracción, debo estar un poco mal o un poco punk: paso ilegalmente por casa de una compañera de trabajo y me presta ilegalmente un rodillo de bici para poder transformar una bici vieja de casa en una máquina de spinning pandémico que pienso orientar al (ahora ilegal) monte: pandémica y celeste, la bici.

Cuando llego a casa todo sigue en su sitio, incluyendo la tonelada de hojas del alcornoque, que también sabe que es primavera y cambia de hoja. Empiezo a contarles lo del azahar y eso pero las noticias lo invaden ya todo a primera hora y nadie está para mucho recuerdo. J declara que el olor del azahar le aturde, muy dulzón. Como no me hacen mucho caso, decido escribirlo aquí, que tampoco.

La bici con el rodillo queda perfecta, mirando al monte. Tenéis que creerme: he visto rayos C, Orión, etc.

Luego, en Spotify, oigo lo de Dylan, esa canción (nueva y ya clásica) donde Kennedy vuelve a morir pero mejor y por mejores motivos. Esa canción, esa elegía con una playlist dentro, con cientos de pistas, imposible de resolver como la buena literatura.

Y ahora vamos y le discutimos el Nobel otra vez, nosotros, que etc. como lágrimas en la lluvia, etc.

A dormir, queda un día menos para algo que aún no sabemos.

Diario de quarks y penas (11)

28/3/20

Hoy de de guardia de nuevo. Limpio la bici, mojada de la lluvia de ayer; dejé las alforjas fuera de la parte de la terraza que cubre el toldo y los guantes que guardo ahí se han mojado. Murcianos bajo la lluvia: falta de costumbre, manos mojadas.

Salgo de casa a las 8 —los fines de semana damos el relevo un poco más tarde— y el camino está despejado. Despejado 2.0. Nunca hay mucha gente a esas horas cualquier sábado pero hoy faltan hasta los ciclistas —agrupados, de dos en dos, como los cirujanos en los hospitales— que suben al monte. Echo de menos sus risas, las que esperaban el fin de semana para poder tener sentido, las risas de los amigos que ahora no nos vemos.

Cuando subo el puente sobre la autopista me doy cuenta de que me falta fuerza y bajo una marcha, un desarrollo que dirían los ciclistas habituales. Pienso que la inactividad me empieza a pesar. En las piernas, al menos. Desde la parte de arriba del puente más feo del mundo veo Sierra Espuña. Nevada. Uno se empieza a acostumbrar muy pronto a lo inusual. El aire es limpio y frío. Se puede ver, mucho más lejos que cualquier día, un paisaje precioso y, a la vez, un horizonte de mierda (en sentido figurado, entiéndase).

Ya en la ciudad me cruzo con alguna pareja de hombres jóvenes, subsaharianos, volviendo de alguna parte o yendo a alguna parte. Con ellos no parece ir este drama. Tienen y han tenido demasiados para que este les preocupe lo más mínimo. Piel de cuero y alma de acero, que podría cantar cualquier pésimo cantante folk.

Por la calle correos me paso todos los semáforos en rojo. Todos. Fantaseo con una película tomada por la policía desde esas cámaras CCTV que usan para poner las multas. Pagaría muy a gusto la multa por tener esa imagen grabada en casa, para repasarla, si llego a (más) viejo: yo solo, la calle desierta, como Will Smith en cualquier película heroica —si Will Smith ha ido alguna vez en bici— pedaleando sin manos, pasando de obedecer a la autoridad porque a esas horas aún no hay, ni falta que hace.

Al girar veo la frutería pakistaní de la calle Merced abierta, el hombre ordenando las peras conferencia o las chirimoyas, no lo distingo bien. La librería DM, en cambio, cerrada. Hace días que el escaparate no cambia. Las estanterías empiezan a parecer un columbario de libros sin leer, muertos también por El Virus. Nada de esto tiene sentido. Las peras conferencia no pueden disculpar un riesgo de contagio que los libros no merezcan también. Es un asunto de simple nutrición.

Cuando llego, el hospital sigue en pie, rodeado de silencio, lleno de silencio.

La bici se queda sola junto al aparcamiento. Nadie se va a acercar a intentar robarla. Hoy no.

Saludo a los que se irán y alguien me recuerda que hoy tendremos una hora menos de guardia: un horizonte de mierda para todos menos una hora. En sentido figurado, entiéndase.

Un día más corto y un post demasiado largo, mis disculpas.

Por lo de los semáforos, también.