Neogótico

La parroquia de mi colegio era imponente. Es decir, daba miedo. Sus columnas y nervaduras proyectaban sombras alargadas y calculadoramente inquietantes, como varas —o como fustas, más bien— en una exhibición de terror —religioso, como siempre es el terror— neogótico. El neogótico es una falsedad, es decir, algo muy contemporáneo. Una especie de pornoarquitectura. Una falsedad y, a la vez, una nostalgia de lo medieval, de otra arquitectura, de otras estructuras, tal vez prerrenacentistas, premodernas, algo, por tanto, pretencioso: un arte cuya creatividad se articula en torno a los metros que alcanza la clave de la bóveda, a ver quién la tiene —la torre, el cimborrio, la nave, la capilla— más alta. 

Éramos ya no tan pequeños e íbamos a Misa a aquella iglesia neogótica con una frecuencia inexorable, industrial. Nos aburríamos con la —también neogótica— solemnidad debida y hacíamos todo lo posible por evitar una amonestación, por parecer devotos y que nuestra genuflexión se leyera en toda su majestad, es decir, en su absoluta humillación. Adolescentes de rodillas: una imagen, a la postre, también inquietante (como las sombras alargadas y etc.) con todo lo que ha llovido (en denuncias) desde entonces. No allí, no me consta, no alimentemos rumores.

Recuerdo una vez que mi madre vino a casa después de una reunión rutinaria con el tutor de mi curso, el Padre X  —a.k.a. “el sopas”— un cura de los de halitosis en astillero, jersey de pico y amabilidad eternamente ausente. No sé cómo llegaron a esa conversación, pero mi madre, al volver a casa, me transmitió, con ese raro orgullo de madre hasta donde yo sé agnóstica, que el Padre X le había comentado que, si yo alguna vez me perdía —lo que era, bajo mi punto de vista, sumamente improbable ya que ni siquiera llegué nunca tarde a mi casa (mi padre era, para la puntualidad ajena, tan británico como violento)— me podrían encontrar en la iglesia, en aquella iglesia neogótica, rezando. Que ese sería —potencial, eventualmente— mi refugio secreto, mi seguridad: eso, al menos, interpretaba “el sopas” en su infinita sabiduría de cura y, simultáneamente, profesor de historia. Yo veía clara la imagen que ellos habían desarrollado (disecado) en aquella conversación: mi desorientación adolescente,  mi ira, mi tormenta hormonal, todo ello perfectamente domesticado, aquietado, recogido, humillado en un banco de iglesia rodeado de candelas eléctricas, cepillos vacíos e imágenes de vírgenes y santos (éstas, incongruentemente neobarrocas).

Desde entonces sé dos cosas: que lo aparentemente falso es falso y que yo proyecto una imagen muy alejada de quien realmente soy (o que, en el peor de los casos y seguramente, no me conozco en absoluto: lo siento ¿nos han presentado?). 

Una estructura neogótica, alejada de los tiempos, de su tiempo, alejada de mí tantos años y ahora frente a mí, impasible, esperando, de nuevo, mi genuflexión.

Ser, pero (al menos) no ser neogótico.

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