Diario de Q. BSO (29)

23/04/20

Saliente de guardia, de nuevo.

Os ahorro —esta vez sí— los detalles, incluyendo la forma de controlar la hemorragia del mesoapéndice, en su caso, y la vuelta al mundo en 80 PCRs.

De nuevo en casa escribo, esta mañana, jueves, al lado de L que, ordenador on fire, llama y llama y llama por teléfono. Teletrabajo. El call-center de la Atención Precaria —perdón, Primaria— de Salud.

L normaliza lo normal, es decir, lo normal que sus pacientes consideran anormal. Hace fácil lo que debería ser fácil pero no, desde luego que no es fácil. Describe, detalla, aclara y contextualiza, calibra y redefine los síntomas, los problemas que le consultan. Los “devuelve” perfectamente procesados por el filtro de la normalidad. Hace fácil lo que siempre debería ser fácil. Como médico —la médico que L es, alineada en esa tradición de siglos— conoce el funcionamiento del cuerpo, de los cuerpos (y, hasta donde se puede, de las cabezas, esas cabezas) y de sus circunstancias. Las personas con cuerpo, las propietarias, muchas veces no conocen cómo funciona, cómo habla el cuerpo. O desconfían de ese lenguaje, ese latín original, tan antiguo que apenas recuerdan, que tarde o temprano les (nos) susurrará “exitus”, bajito, al oído, o gritando, directo al corazón. Las personas con cuerpo saben que su móvil tiene 4 o 5 G, saben lo que es G, incluso saben lo que es encriptación, ancho de banda o los megapixels de la cámara de su móvil. Saben resetear el ordenador cuando hay que hacerlo, robarle la wifi al vecino, con un tutorial que ven en YouTube mientras le roban la wifi al vecino. Muchos saben de añadas de vino o cómo pasarse el Call of Duty Warzone o quién es la última novia de Bertín o por qué deberían nominar a Gèrard para la nueva última gala de OT.

Saben. Muchas cosas.

Pero les aturde, les aterra, a veces, ese movimiento intestinal o ese temblor apenas perceptible, esa mancha que siempre estuvo ahí pero que ahora la veo, no sé, distinta, un (como un) ardor detrás del esternón o esa sensación (como) de fiebre pero sin fiebre, o esto que ¿no será ansiedad, verdad? y que sí, claro que es ansiedad. Desconfían de su cuerpo, ese cuerpo tan antiguo, sin Gs, sin actualizaciones, sin tutoriales, ese cuerpo que es capaz de desfallecer ante una peste, un cuerpo medieval en medio de toda esta tecnología. Íbamos a ser cyborgs y nos hemos quedado en leprosos, en leprosos potenciales, aislados en nuestros lazaretos privados, con nuestros móviles de (pen)última generación intactos. Somos, sin embargo, cuerpos primera generación, gente-Pentium, en el mejor de los casos.

Oigo a The Divine Comedy mientras tanto, es decir, a la vez que oigo a L trabajando, llamando y hablando con su tono tranquilo, su asertividad —que se dice así cuando es así—, su familiaridad con los problemas —porque ella atesora problemas como el que colecciona sellos o monedas, los clasifica y les pone nombre y solución, en ese álbum, en esa libreta de más o menos hojas—, su paciencia, su infinita paciencia. Oigo todo eso, parte de eso, filtrado a través de los auriculares, entre canciones, cuando la música se acaba o baja el volumen.

En un taller de escritura —sí, lo confieso, soy P y he ido a talleres de escritura, pero llevo limpio al menos dos años— me aconsejaron que no escribiera con música porque el texto se impregna de la música que escuchas. ¿Se nota? ¿Se nota que estoy oyendo ahora “I believe in the certainity of chance”? Pero ahora lo cruzo todo —en uno de esos mashups mentales tan habituales en mí— y pienso en la música que podría acompañar, la banda sonora original para el profesionalismo, la habilidad y la finura clínica de L.

Le doy vueltas.

[pausa de minutos, aquí]

Miles Davies.

Pero Miles con El Primer Quinteto.

O no, mejor El Miles de Kind of Blue: esa es la música de L, al teléfono.

Así suena, así está sonando, esa voz, toda la mañana —y seguirá por la tarde, lo necesario—, improvisando sobre lo que ya sabe que funciona, lo que le conviene al modo: un sonido, un tono adecuado, real, presente. Suave y directo, sin vibrato.

Facilitar: Ease.

Ease vs (dis)ease.

The (re)birth of the (so) cool APS.

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