Vacaciones #5

Resulta curioso pasar estas dos semanas en una casa ajena. La propietaria, que vive aquí el resto del año, nos ha dejado todas sus pertenencias –vajilla, ropa de cama y toallas, objetos decorativos y libros– en su lugar original, sin reservar ni llevarse nada, a nuestra disposición. Me siento como los personajes de aquella estupenda película “Cómo ser John Malcovich”, habitando una cabeza ajena, aunque solo sea por unos días. Podría quedarme aquí, encerrado varios años leyendo todo lo que estas pobladas estanterías ofrecen. Desde Virginia Woolf a Maupassant, desde Kipling a Zweig, de Gide a un librito semianónimo sobre Pink Floyd. Los libros que yo he traído para este tiempo y que he colocado cuidadosamente sobre un aparador modernista, apoyados entre un bronce Renoir-like y una terracota de aspecto indígena (indígena de alguna parte, no sabría decir, quizá mejicana) parecen sentirse amenazados ante tantos clásicos, tantas colecciones de Premios Nobel y Cervantes y Planetas que les miran, perfectamente encuadernadas, desde las estanterías que rodean el salón. En el periódico entrevistan a Rodrigo Fresán y dice que la lectura mató a la lectura. Creo que mis libros estarían de acuerdo, si los entrevistaran.
Cientos de objetos, fotografías, detalles. No sé por dónde empezar a ser John Malcovich. Hay unas tazas de Duralex de colores pálidos que me recuerdan tardes de una infancia muy, muy lejana. Quizá por ahí, por un café en taza ajena.

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