Diario de vientoencontra (16)

05/04/20

En la ciudad, si no vas en bici, el viento no te suele importar.

O te importa, pero mucho menos.

No sueles valorar si es del Sur o Noreste, si va a soplar en contra o a favor de tu camino. A lo sumo te importa que haga volar papeles o bolsas de plástico, por las esquinas. Te resulta —te resultaba— incómodo, quizá, para salir a pasear por la tarde.

Pero, en bici, el viento importa.

El viento en contra, aunque andando parezca una brisa leve, te hace emplearte, esforzarte mucho más al pedalear. Te cuesta progresar, avanzar, te entra arenilla en los ojos —a pesar de las gafas—, te seca los labios. Los siete kilómetros hasta casa se hacen eternos.

Y luego está el ruido en los oídos.

Lo que debía ser un camino agradable lleno de sonidos de pájaros, agua correteando por las acequias, risas de niños —ahora en los balcones— jugando, se convierte en un zumbido constante.

Ahora, a contracorriente, te zumban los oídos.

A veces toca. A veces hay viento en contra.

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