Intrusismo en la cuarentena (15)

04/04/20

Paso la mañana del sábado apoyando al equipo de Medicina Interna en una de las plantas-COVID del Hospital. Desde el principio me miran raro: soy mayor que ellos (bastante) y soy cirujano (un poco).

Les doy un poco de pena y lo sé: no doy el perfil de alguien que les pueda servir de mucho y no están (ellos y los tiempos) para perder el tiempo. Mi trabajo consiste en aliviar el suyo rellenando formularios, haciendo peticiones de radiología y laboratorio e informes de alta, actualizando los tratamientos, los protocolos de seguimiento, todo bajo su supervisión. Ellos valoran personalmente a cada paciente y toman las decisiones. En unos minutos aprendo mucho y durante unas horas intento no dar más trabajo del que quito. Me hacen sentir cómodo, las cosas funcionan bien y ellos son rápidos, listos, amables, médicos bien entrenados.

Pero hay una parte del trabajo que disfruto especialmente: hay que llamar por teléfono a los familiares de los pacientes, de cada uno, a sus casas, para decirles que los de aquí, los de este lado del extranjero, están mejor ––cuando están mejor—, van recuperándose, poco a poco, sí, claro, no se alarme, eso ya menos, no le duele, ya respira mejor, se levanta sola, apenas un poco más de oxígeno, por las gafas nasales, mucho mejor, no, no ha vomitado, no, a ver si se va pronto a casa, gracias, gracias a usted.

Algunos pacientes están preocupados por el regreso, su regreso. Hay personas con casas con dos habitaciones para tres personas y una de ellas con esquizofrenia. O hay personas mayores en sus casas —grupos “de riesgo”—; hay casas con demasiadas escaleras, o sin un baño adecuado, o están los nietos, que no paran. Los propios pacientes no quieren arriesgar a los suyos a la vuelta, aunque tienen muchas ganas de verlos. Los hoteles, esos que dicen, tal vez, la próxima semana. Hay muchas cosas, muchas pendientes, no todo son antivirales e hidrocloroquina. No todo es la vacuna pendiente o la curva o el pico de la curva o el tiempo de replicación.

En esta planta hay pacientes tan debilitados al salir de la UCI, después de 10 o 12 días de inmovilidad absoluta conectados al respirador, que no pueden ni coger el teléfono para hablar con los suyos. Hay pacientes con trastornos mentales, que no “colaboran” (siempre me ha molestado esa palabra) con su tratamiento: no aguantan la mascarilla, salen de la habitación, gritan, cuando no están demasiado débiles. Hay parejas, tres parejas solo en esta planta, pasando juntos la enfermedad, a veces uno está mejor que otro y parece sentirse, de algún modo, culpable. Hay pacientes que van lentos, muy lentos, hacia la recuperación, al ritmo lento que impone el cuerpo, ese ritmo de lo biológico que tan mal casa con estos tiempos acelerados de las noticias continuas, los móviles vibrando, las storys de Instragram.

Y, sobre todo, hay enfermeras (y enfermeros), vestidos con impermeables amarillos, gafas, máscaras y guantes, que no paran, no paran, no paran. Hay mucho esfuerzo, hay mucha vida apoyando otras vidas, hay algo casi elegante en manejarse bien con todas esas capas aislantes, con esa cantidad ingente de medicaciones, analíticas, electrocardiogramas pendientes, avisos a radiología, dietas, registros, alertas, llamadas. Hay una especie de coreografía oculta, un segundo plano, casi imperceptible, de habilidad, de saber de qué se trata y cómo se hace.

Veo un protocolo, una infografía, del BMJ sobre cómo hacer consultas “no presenciales”, por teléfono o por videollamada. También muy elegante, la infografía.

Pero esta gente sabe cómo hacer lo otro, lo presencial.

Entre formularios y protocolos le doy vueltas a lo de “estar”. Estar presente, tener presencia.

Cuando me voy, todos, allí, siguen sonriendo. Se quedan a dar el relevo al siguiente equipo. Yo he aprendido mucho, otra vez. No he entrado en una sola habitación, no he visto a un solo enfermo. Pero he aprendido mucho.

Y no precisamente a hacer altas, eso creo que ya sabía. En plan cirujano, claro.

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