La cuarentena. Instrucciones de uso (14)

(Ejercicio à la Perec, quién —sin duda— sigue riendo.)

03/04/20

La Carretera de Santa Catalina —oficialmente: “Avenida de Santa Catalina”— recorre 3,2 kilómetros entre el Bar «El Alias» y la Plaza de «El Charco».

Al comienzo de la Avenida de Santa Catalina, en el cruce con la carretera de El Palmar y frente a «El Alias», que no hace mucho tiempo tuvo que ser restaurado por haber recibido el impacto de un camión de gran tonelaje en una de sus esquinas, un descampado sirve de improvisado aparcamiento para sus clientes: muchos son médicos del Hospital Virgen de la Arrixaca que, a la vuelta del trabajo, paran —paraban— a tomar el aperitivo. Junto al descampado hay una ITV recién inaugurada que apenas ha podido recibido clientes. El solar junto a El Alias lo ocupa un destartalado negocio de compraventa de coches donde jamás, tampoco antes, se ha visto a un solo comprador, quizá asustados por el perro (también de gran tonelaje) que guarda la valla. La avenida se prolonga hacia el sur sorteando una casa con un jardín descuidado, un taller de reparación de motocicletas Harley-Davidson y un concesionario de automóviles Jeep donde tampoco nadie ha visto nunca un cliente. En ese punto, en un descampado rodeado de cañas y hierbas de gran altura que se despliega entre la avenida y la autovía Murcia-Cartagena, suele —solía— haber un agitado intercambio de pasajeros y automóviles a las 7 de la mañana, muchos —he supuesto con el tiempo, en este tiempo— profesores y profesionales que trabajan en Cartagena, imagino que coordinados en una lógica combinación de ahorro económico y ecología. Tras ese improvisado lugar que sirve de hub de transporte, una rotonda con una escultura de metal que representa una enorme muela —las cosas son así / el gusto de estos tiempos— permite, más bien dificulta si vas en bici, la conexión con el siguiente tramo de la Avenida de Santa Catalina.

Este segundo tramo de la Avenida contiene todo un mundo, un mundo longitudinal, atravesado por unos diez metros de asfalto, donde aparecen, en riguroso orden, una casa de apuestas deportivas (donde hasta no hace mucho había una Iglesia Evangelista llena de anuncios en inglés para su escasa congregación), un «after» abandonado desde hace años (aunque conserva cierto nivel de tráfico de sustancias en la puerta, cosas de la costumbre, supongo), un local de celebraciones llamado pomposamente “Royal Place” que también alberga una escuela de hostelería, un vivero de plantas ornamentales, una farmacia abierta 24h, un concesionario de microcoches Piaggio, algunos dúplex de color gris y de aspecto tenebroso frente al tanatorio «Arco Iris» —éste mucho menos tétrico que los dúplex, paradójicamente—, un albergue para personas sin hogar donde, en una de sus paredes, una pintada dice «Si juzgas mi camino, te presto mis zapatos», una fábrica de bombas hidráulicas, un taller electromecánico en el que, si insistes, también arreglan problemas de chapa, un concesionario de autocaravanas, un tren de autolavado que abre intermitentemente, algunas viviendas particulares, muchas muy modestas, alternando con unas pocas unifamiliares de —también—gran tonelaje, una tienda de herbicidas, una chatarrería con gran tráfico diario de personas de piel muy oscura y carritos de supermercado llenos de mercancías diversas, no siempre metálicas y en ocasiones muy voluminosas —neveras, postes de farolas, sofás, colchones—, una tintorería (ecológica), un centro de bricolaje Big Mat, una residencia de ancianos, el bar «La Huertana», que ofrece comidas para llevar y cerveza a precios muy competitivos si deducimos del aforo diario y de lo poco atractivo del entorno, una arrocería recientemente abierta donde antes había una tienda de bicis eléctricas excesivamente caras, una cervecería que ocupa una nave industrial —precios menos competitivos que «La Huertana» pero una enorme variedad de cervezas—, otra tienda de bombas hidráulicas, una serie de monótonas casas de un solo piso con sus fachadas oscurecidas por la contaminación del tráfico y con terrazas estrechísimas que se ciernen sobre la carretera en una intención un tanto veneciana (si obviamos la evidente ausencia de canales), un bar anexo al puticlub «Dos Diamantes», que también abre intermitentente (el puticlub), una tienda de pinturas murales, otro taller mecánico, previamente concesionario Kia, la tienda-taller de bicicletas de Nacho, una gasolinera Repsol, «Vinos Gallego», que distribuye, entre otros productos alcohólicos, la cerveza «Estrella de Galicia», otra tienda de coches usados llamada «Rayban’s» —ni siquiera Ray’s Vans—, un pequeño oasis de huerta a veces algo descuidada justo antes de que la carretera cruce el canal de El Reguerón por un puente tan antiguo que incluso tiene acera para peatones (y es de una altura tan correcta que los álamos plantados junto al canal le dan sombra por la tarde), un local de recreo con una pequeña pista de césped artificial donde una comunidad de ecuatorianos combinan barabacoas, fiestas y deporte los fines de semana, un taller de carpintería metálica, una empresa de grúas industriales —también de gran tonelaje—, otros dos talleres de automóviles, uno frente al otro, en aparente competencia feroz («talleres Hurtado» y «Autofrutos»), una nave industrial abandonada, plagada de graffitis también abandonados, una enorme tienda de electrodomésticos/bazar, las “Destilerías Vega Alta”, distribuidoras de ginebra «Kingsman», el restaurante «Los Arroces de Segis», un concesionario-taller de automóviles Hyundai, una empresa de mármoles, la tienda de muebles «Trazo», el supermercado «SuperDumbo», la guardería infantil («El Valle»), la tienda-taller (sic) de café «flor —con minúscula— de Jamaica —con mayúscula—», creo que cerrada últimamente, una clínica dental y otro local de apuestas que cierra, con perfecto sentido de la simetría, el trayecto de la carretera. Estos comercios están ocasionalmente intercalados con casas de distintas configuraciones, volúmenes y fachadas desacompasadas, fragmentos de huertos de limoneros, solares abandonados, promociones urbanísticas que quedaron varadas en la penúltima crisis económica/financiera y, quizá, otros bares y comercios familiares que sobreviven a ese ritmo particularmente lento de las pedanías.

La carretera —me cuesta tanto llamarle «avenida»— de Santa Catalina termina así, 3,2 kilómetros después, en la Plaza de «El Charco», una plaza tan poco atractiva como literal.

Y ahí empieza mi viaje, en sentido contrario a todo esto, cada mañana.

Mi vida, esta cuarentena, instrucciones de uso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s