Despropósitos para el año nuevo (2026)

Dejar de ver las noticias hasta que decidan mejorarlas.

Recoger firmas para que no sea necesario recoger firmas continuamente.

Votar a políticos ya corrompidos que hayan comprendido la estupidez de corromperse.

Construir un legado efímero.

No ser, ahora mismo, contemporáneo.

Buscar un exitosísimo anonimato.

Dar ejemplo. Recibir ejemplo. Definir ejemplo.

Hablar de Lo Absoluto como si nada.

Cerrar círculos, afilar triángulos, suavizar Pentágonos.

Que mis selfies se los haga otro, a ver si así salgo favorecido en las fotos.

Pensar más con las manos. Acariciar más con el cerebro.

Cada cierto tiempo, devenir fiebre, desnortado. Tener paracetamol a mano.

Comportarme tan amablemente que parezca sospechoso.

Huir de las actitudes evitativas.

Construir un santuario para velar los éxitos que no lo fueron.

Hacer un monumento al granado y una estatua de la lluvia.

Participar en una orgía de abstinencia y buenos modales.

Leer el Quijote, por fin, y quedarme más Sancho que largo.

Fluir, como siempre, sin parar de tropezar.

Fundarnos —mejor que fundirnos— en un abrazo.

Parar la guerra, que ya cansa tanto matar por todo y para nada.

Burlar el futuro o, al menos, sacarle la lengua (y que no me vea).

Condenar enérgicamente y de la forma más contundente las hipérboles. Para siempre.

Apuntarme a un curso de comprensión lectora de subtextos.

Coordinar el caos, que está hecho un desastre.

Aceptar la complejidad de las cosas, así de sencillo.

Fundar el Museo de los #despropositos. Con tienda de regalos, a la salida.

Vivir otro año para no desperdiciar tanto almanaque.

Vivir otro año, como de costumbre.

Vivir otro año, que no sabemos hacer otra cosa.

Vivir otro año, que aún queda cuerda —o loca— para rato.

Despropósitos para el Año Nuevo. 2025

Intentar ser elegante (o hacer algo por el estilo).  

Aprender a contar(me) y fingir saber fingir.

Adoptar un permanente tono impreciso de ironía solemne, de alegría melancólica, un spleen2.0

Estar presente en el futuro. Envejecer a un ritmo sostenible. 

Que el presente no se me escape tanto, todo el tiempo.

Confrontar de forma lateral, como esquivando.

Ser radicalmente equidistante del punto medio.

Orientarme siempre según coordenadas imaginarias. Perder ese otro norte, tan fascista.

Ser un aristócrata de la precariedad.

Infringir la ley. De la oferta y la demanda. Del más fuerte. Del talión. De Murphy. Quizá otras.

Atesorar pérdidas y sacarles brillo, como a la plata de la familia.

Interpretar anocheceres y hacer exégesis del ocaso; predicar otoños, blandir primaveras.

Reflexionar sobre la sentadilla búlgara: origen, evolución, necesidad, variantes, etc. 

Diseñar nacionalismos radicalmente cosmopolitas. 

Estudiar las dinámicas de la pereza.

Ser un caso perdido muy fácil de encontrar.

Hacer muchas más veces mucho menos.

Leer en estado de excepción, como recomienda #piglia 

Ser agudo (e implacable) como —probablemente— leyó y —seguro— escribió #JoanDidion

Descubrir dónde van los diccionarios al morir.

Cambiar la eternidad por otra mañana más.

Admirar a cambio de nada.

Darme cuenta de las cosas, sin perder la cuenta, a su debido tiempo.

Hacer de mi incompetencia una ventaja competitiva.

Desarrollar un futuro carente de imprevistos. Prever que la suerte se encargue de los imprevistos, por si acaso.

Formar un ejército de desertores para ayudar a los países en guerra.

Alcanzar (acercarme a) la elegancia sencilla y útil del carpintero. 

Usar (mucho más) la expresión “no sé qué decirte”.

Ser sensatamente paranoico.

Aprender; a utilizar el punto y coma, entre otras cosas.

Bucear por los subtextos, a pulmón.

Darme, de vez en cuando, una paliza a descansar que me deje baldado.

Ordenar la casa más frecuentemente para que todo acabe otra vez irremediablemente perdido. 

Encontrar el remedio a tanto remedio.

Hacer un balance desequilibrado de lo queda de uno.

Hacer, de todo, preámbulo. También de esto.

Callar ya, que no se diga.

WAPSHOT

 

Ni siquiera era uno de esos domingos de verano, cuando todos los vecinos salen al jardín común a intentar refrescarse en la piscina y charlar sobre las vacaciones, los viajes realizados o los pendientes, el curso nuevo que empiezan los hijos o las notas conseguidas en el anterior. No, fue un miércoles a mitad de julio cuando llamaron a la puerta y el mensajero le entregó el paquete, sin apenas mirarle, a la vez que manipulaba su teléfono móvil. «Tenga un buen día», le dijo. Eduardo no contestó. Últimamente le costaba hablar con los demás, estar del todo presente, en una especie de progresiva invisibilidad. Abrió el envoltorio fingiendo una vaga sorpresa porque algo que fabrican en China llegue puntual, intacto, idéntico a la foto de la página web: «WAPSHOT, cinturón de entrenamiento de natación de piscina».

 

Aquello, el wapshot, era un dispositivo muy sencillo: una banda de cinco o seis centímetros de ancho, de color negro, ajustable a la cintura por medio de un velcro, unida a un cable elástico azul eléctrico de unos cuatro metros en cuyo extremo opuesto había un pequeño mosquetón de plástico y una cinta de nailon para fijarlo a la escalerilla. La verdad es que Eduardo recordaba haber visto, ya hace años, a una vecina utilizándolo: se pasaba horas en esa piscina redonda que compartían, nadando a toda velocidad gracias a algún chisme similar, quizá el mismo cinturón, tampoco habría tantos modelos, supuso. En aquel momento le pareció una idiotez, pero ahora, con el insoportable calor del verano que hacía imposible salir a pasear y mucho menos correr, el wapshot le serviría para hacer algo de ejercicio.

 

 Y así sucedía desde entonces, tarde tras tarde: él en el centro exacto de la piscina, nadando a braza con un estilo dudoso, retenido por un cable azul. Hacía tanto calor que le parecía estar sudando dentro del agua. A vista de pájaro, la piscina perfectamente circular, de unos diez metros de diámetro, recordaba una especie de reloj, uno de esos relojes antiguos de una sola aguja, con un peculiar eje central: un nadador inmóvil.

 

Mientras nadaba –o lo que fuera esto que hacía braceando sin progresar en el agua– rumiaba asuntos más o menos obsesivos: Lola, los niños, lejos, en la playa, en la casa alquilada y él aquí, en el trabajo, sin vacaciones hasta mitad de septiembre, vaya turno este año, el jefe que no se entera y Juan siempre le hace la envolvente y al final se va otra vez en agosto. Si es muy buena gente, Edu, dirán, si total a él no le importa, tampoco le gusta la playa. Y él sigue aquí, otro verano, chapoteando en el agua inerte que huele excesivamente a cloro. Recuerda ese cuento que leyó hace tiempo donde un tipo que ha ido de visita a casa de unos amigos decide regresar nadando de piscina en piscina, atravesar los jardines y las casas, sí, también había una película, con Burt Lancaster y su sonrisa llena de dientes y el tórax todo pectorales. Como en ese cuento, piensa, pero al contrario: sin moverse de la misma casa, de la misma piscina, en el mismo punto todo el tiempo y sin los gintonics ni las conversaciones con los vecinos ricos, sin la heroicidad trágica de esa especie de Odisea de los suburbios. No, nada parecido a Burt Lancaster: solo él con su cinturón wapshot, ejerciendo de improbable nadador, en perfecto silencio, brazada tras brazada, como un perro abandonado en su propia casa, tirando de la cuerda a la que le han atado. La parte buena, piensa, es que, de los quince vecinos, en estas fechas no queda ninguno en el edificio, solo él, y el resto del mes también, probablemente. No tiene que compartir la piscina con nadie ni justificarse si alguien le sorprende así. Toda la piscina, y todo el calor, para su uso exclusivo.

 

 Si consigue no pensar demasiado, anclado a la escalerilla mientras bracea, se entretiene viendo la luz reflectarse, hacer guiños y deslumbrarle con las ondulaciones del agua. Cuando, además, logra nadar sin chapotear excesivamente, la superficie oscila con suavidad, en calma. Los fragmentos de hojas, algunos insectos ahogados –abejas, avispas, libélulas– permiten apreciar el leve movimiento de la superficie. ¿Cada cuántos días limpian la piscina? Hoy Musta no ha debido venir. ¿No quedaron en la reunión de la comunidad que, en verano, al menos tiene que venir en días alternos? ¿Es Ramadán ahora? ¿En verano? Musta se va siempre en Ramadán a Marruecos. Aunque tampoco está tan mal el agua, piensa. Con el viento, este sur ardiente, implacable, es normal que haya algo de suciedad en el agua. La realidad es que Musta tiene muy cuidado el jardín que rodea a la piscina. Y seguro que no le resulta fácil conseguir que no se seque, que no se queme todo, con este calor que no da tregua, que hasta el levante parece caliente los pocos días que sopla, será eso del cambio climático, los niños insisten en eso, sí, los niños.

 

El wapshot está ya más que amortizado. Para once euros que le costó, la cinta, el elástico, todo aguanta perfectamente, tarde tras tarde. La resistencia es la justa, aunque si se pone a hacer crol, puede casi tocar el otro extremo de la piscina. Pero a esa velocidad, si es que puede haber velocidad en no moverse apenas, no aguanta ni diez segundos. A veces incluso nota un leve dolor en el pecho, apenas nada, algo que se pasa pronto. Nunca ha tenido mucho tren superior, eso le dice siempre Lola. Hace mucho que no hablan: la rutina, la vida o lo que sea esto ahora tan inmóvil, este verano que no acaba nunca, el viento caliente erosionándolo todo. Porque el lugar, la casa, es, en efecto, un desierto y el jardín alrededor de la piscina, una especie de oasis medianamente húmedo, gracias a Musta, sí, esté donde esté. El jardín, de verdad, un oasis, pero cualquier día la pinada que lo rodea va a arder como una yesca con este calor, este viento incesante: le despertará de noche el olor de los árboles quemados, el humo. Y el fuego podría llegar hasta la casa si se queman los pinos, al otro lado de la valla. Habría que quitar, por lo menos, las palmeras de la entrada del garaje, no sea qué, no vayan a, cualquier día, pero no, seguro que no, cualquiera convence a los vecinos, piensa mientras da veinte o treinta brazadas más, ya ha perdido la cuenta. La natación detenida, estática, la cuerda elástica, tiene algo de adictiva. Podría aconsejársela a los compañeros del trabajo, como ejercicio de relajación. Aunque, más que tranquilidad, siente una especie de distancia, una escisión, como si no fuera él quien sigue nadando, cada tarde, siempre sin moverse del mismo punto, de las mismas exactas coordenadas.

 

Ya no mide cuánto tiempo pasa en la piscina pero está seguro de que cada vez aguanta más: quizá casi media hora sin detenerse. Sigue con la braza, mejora la técnica, apenas agita el agua, desliza los brazos sin resistencia. El dolor del pecho no ha vuelto a presentarse. Cuando sale del agua no se esfuerza en recoger la cuerda elástica del wapshot. Deja el trasto atado a la escalerilla como una tela de araña de un solo hilo que le esperará al día siguiente. Vuelve a casa por el camino empedrado pisando alguna losa suelta. Musta parece haberse descuidado. En la última junta de vecinos alguien dijo que habría que despedirlo, que tenerlo contratado de forma irregular podía traer problemas. Quizá fue él mismo quien lo dijo, sí, es posible. Y hoy, además de los insectos habituales, había también restos de grama en el agua. Seguro que Musta estuvo cortando la hierba. La verdad es que ahora está preciosa la pradera y también los olivos, los granados, los cipreses, la buganvilla. Tiene que decirle algo a Musta, piensa, felicitarlo, agradecerle el trabajo de tantos años y disculparse por la propuesta de despedirlo, seguro que alguien le fue con el cuento, no es fácil ser capaz de mantener todo así de verde, con este clima imposible, con este calor que no para, que parece que no vaya a acabar nunca. Hace un calor mortal, incontestable. Hasta le ha parecido oír un helicóptero, antes, vigilando el monte. Sí, claro, ellos, en la playa es otra cosa: la brisa, los helados, los paseos por las calas y el puerto, pero aquí no va a mejorar, no, a ver en septiembre, y sí, tiene que hablar con Musta, agradecerle, disculparse.

 

Cuando por fin entra en casa por la cancela que separa su terraza del jardín común pisa el césped artificial castigado todo el día por el sol. La falsa hierba, que arde bajo sus pies, no le quema: demasiado tiempo en el agua, otra vez. En su parcela, apenas quince metros cuadrados, nunca ha conseguido mantener céspednatural, césped de verdad. La puerta acristalada de su casa, la que da al jardín, está cerrada. Puede ver a su través a Lola y a los niños, bueno, los niños, están enormes, cómo han crecido. Ya tienen veinte, quizá veintidós años, el mayor, sí, también ha perdido la cuenta. Este verano parece que se han decidido a volver antes desde la playa. Igual las matrículas de la universidad, o un viaje. Eduardo no lo recuerda, no sabe. Pero sí sabe que, aunque golpee la puerta con todas sus fuerzas, aunque grite, no le oirán. También sabe que, otra noche más, no podrá entrar en la casa. Y que, de algún modo, está bien que no se hayan desecho aún de la cuerda, del wapshot: el cinturón de entrenamiento de natación, ajustable, tan práctico, ningún peligro. ¿Quién podía sospecharlo? Solo consistía en nadar, tranquilamente, sin vecinos que lo molestaran, ni siquiera Musta cuando lo vio ahí, una vez más, en el centro exacto de la piscina, definitivamente inmóvil, sin hacer ningún ruido, enredado en aquel cable azul, elástico, irrompible.

 

SUSPENSO

He suspendido la vida.

Y no me refiero a que la haya interrumpido,

detenido o pausado.

Quiero decir, me entenderán,

que no llego al aprobado.

Un tres y medio, un cuatro a lo sumo,

si añado que mis hijos

son un encanto.

(En las notas, de pequeños,

les ponían “progresa adecuadamente”

y me daban mucha envidia,

aunque yo no, nunca:

he creído –y me he esforzado–

en ninguna de esas dos palabras).

He suspendido la vida, decía.

Empecé mal cuando quise ser

gente de bien.

Luego vi que, además, hay

gente notable,

incluso gente sobresaliente.

Y gente que te adelanta por la izquierda

o por la ultraderecha,

gente tan lista que, más que coger,

abate las ideas al vuelo.

He suspendido la vida

y no hay recuperación posible

ni en Julio ni en Septiembre.

Podría solicitar una revisión

pero ¿a quién?

¿Quién puso las pruebas,

las trampas, las pegas,

las pistas falsas,

las premisas incorrectas?

Porque la vida está mal planteada,

como esos problemas imposibles

que un profesor incluyó, distraído,

entre ecuaciones sencillas,

escondiendo para siempre la incógnita,

la equis, o lo que sea

que dicen que hay que despejar.

He suspendido la vida, creo,

porque nadie me advirtió

que la impiedad, el egoísmo,

la indolencia, el sarcasmo

y la indiferencia

entraban en el temario.

Y subían nota.

Su excelencia

Por tanto, sed vosotros perfectos  como vuestro Padre celestial es perfecto.

Mateo 5:48

La excelencia, ese semidios cruel al que apelar, ese tránsito inacabable, el altar donde sacrificar tiempo, amor, salud, incluso. 

                  La excelencia, la búsqueda [de la excelencia], como un mantra que rige nuestra vida profesional donde solo la perfección, esa elusiva, exclusiva y divina característica, tiene cabida. La excelencia como Gran Excusa, también, para tapar la imprudencia, la desatención a lo básico, a lo proporcionado, a lo humilde (de humus, tierra, también a lo humano con la misma, sí, raíz). La excelencia como vértice de la pirámide –i.e.convergencia de afiladas artistas– del hacer profesional. La excelencia, que nunca llega, del saber[1]: la pirámide, de nuevo, de Miller, ¿et. al.?. La excelencia como fuego eterno en el templo de la Medicina, monumento al médico, al cirujano desconocido, también fuego en el que arder –a.k.a. burn-out–, también, eternamente. La excelencia como marca, como certificado[2] (de excelencia, claro), como fetiche[3]. La excelencia como palabra que aparece cuando no se pronuncian otras: honestidad, realismo, conformidad, ajuste, proporcionalidad, justicia, etc.

                  La pregunta es ¿podemos dejar de pretender ser –disfrazarnos de– excelentes, dejar de perseguir la excelencia persiguiéndonos, a la vez, a nosotros mismos? ¿Podemos hablar del elefante en la habitación: de la mediocridad, de la media, de lo normal, así, tranquila y gaussianamente? ¿Podemos, excelentísimos lectores, celebrar o, al menos, trabajar desde nuestra imperfección, también en lo profesional? Como recuerda Zizek[4], el superego “es un instrumento cruel e insaciable que me bombardea con demandas imposibles y que se burla de mis intentos fallidos de satisfacerlas”. El superego, el policía (montado) de la excelencia.

                  Frecuentemente se invoca, en los numerosísimos tratados, artículos, editoriales, discursos, conferencias, etc. sobre el profesionalismo (médico) y sus derivadas, la metáfora del deporte para entender cómo deberíamos comportarnos: compromiso, sacrificio, competitividad, perfeccionamiento continuo, resiliencia. También se nos brindan ejemplos en el ámbito comercial, industrial y económico e, incluso, en la cultura y ¡en el arte! (excelente orquesta, excelente director, excelente oboísta…). Y las metáforas están bien así, para explicarnos lo que es difícil de articular con buenos argumentos. La razón poética (de Zambrano). Divinas, pues, las parábolas. Aunque se puede argumentar (bien, suficientemente) contra la perfección[5]como hace Sandler, afrontando “cuestiones que el mundo moderno ha perdido de vista”. El dopaje, la perspectiva de atletas más fuertes, más rápidos, más hábiles, incluso genéticamente modificados para ello ¿entran también en el paquete-metáfora de la excelencia deportiva? Y, en lo nuestro ¿no resultaría incómodo (“inquietante”) pensar en personas que tengan acceso a cuidados de salud “excelentes” y otros que no? Por seguir la metáfora: una asistencia sanitaria de primera (de champions, incluso) frente a la segunda, tercera división (regional, incluso). “La cuestión fundamental no es cómo asegurar la igualdad de acceso a la mejora, sino si deberíamos aspirar a ella”, dice Sandler que, además, utiliza otra metáfora, la “guerra armamentística” para referirse a estas prácticas que persiguen vorazmente la infinita perfección. Otra metáfora: la competición desmedida, arrogante, peligrosa (mortal) y ciega que es la guerra (¿origen del deporte?). Pensemos –solo por un momento, no vayamos a estropearlo– en la cirugía robótica, esa otra y actual guerra armamentística (o tecnoquirúrgica, mejor).

                  Veamos, pues, otro ejemplo, deportivo, deportivamente. En las últimas (excelentes) olimpiadas (juegos olímpicos me gustaba más, la verdad), Armand “Mondo” Duplantis batió el –su propio– record mundial de salto de pértiga con una marca de 6,25 m. Bravo. [Excelente.] El artículo de El País que publicaba la noticia[6], muy celebrada en los siguientes ¿treinta y cinco minutos?, incluía este gráfico:

                  Aquí podemos apreciar la magnitud de la gesta: 4 años de entrenamiento y competición (2020-2024) para saltar 7 cm más que él mismo. Y, sí, también atentos al mensaje: “A los 15 años consigue el mayor aumento de su carrera: 55 cm más que el año anterior” y al “Con solo…[etc]”. Es decir, el don / talento incial, los (intermedios) saltos cualitativos, irruptivos y, finalmente, el esfuerzo constante y la mejora progresiva pero lenta, asintótica (antes del declinar, eso no se publicará): la inexorable (subrayen el adjetivo, es un ruego) ley de los rendimientos decrecientes (o, también, la curva de productividad marginal[7]). 

                  Y, sí, reconozcámoslo: no conozco a médicos (ni otros miembros de las profesiones sanitarias) que dediquen tanto tiempo como un deportista, como un músico de élite, a su entrenamiento. Somos gente con menor dedicación, es así. “Soy X y no soy excelente”, deberíamos decir en nuestra Asociación de Mediocres Anónimos. También, podríamos deducir que interpretar excelentemente al violín el Concierto nº3 en Mi Mayor de Paganini (que puede, tal vez, ni siquiera ser la pieza más difícil para este instrumento[8]) resulta mucho más importante que hacer una excelente pancreatectomía o que coger una vía central (cumpliendo el estricto protocolo bacteriemia-zero) o que comunicar –¿excelentemente?– una mala noticia, abrazar un moribundo, curar una úlcera…

                  Por supuesto, no voy a abogar (Dios, en su infinita perfección, me libre) por hacer las cosas mal, indolentemente, sin atención ni compromiso ni, según su acepción usual, de forma mediocre. Pero sí, voy a romper una lanza por las clases medias de la profesión, los medianos (los hobbits de nuestra Tierra Media), los que realizan técnicas con los resultados en el rango de lo habitual, por los que tienen (si las/se miden) las complicaciones que se tienen en nuestro ámbito, en nuestro entorno, O.K., está bien: en el benchmarking. Sí, un cierto (auto)elogio de la medianía, de la mediocridad, otros lo han escrito antes[9]. Yo (me) acuso: no he realizado curas de úlceras sacras en un entorno de simulación antes de desbridar las dos o tres de la última guardia, no he leído el penúltimo artículo sobre las indicaciones de la biopsia de ganglio centinela tras neoadyuvancia en el cáncer de mama triple negativo (que dice, probablemente, lo contrario del anterior, o quizá lo mismo, pero el de la próxima semana no). Mi conocimiento no es, en modo alguno, excelente. Espero que se aproxime a la media, y ya me vale.

                  Antes mediano que quemado, mejor conforme que cínico, preferiblemente en la versión actual (pero posible) de mí mismo que en mi mejor versión (que igual no llega o ya pasó, oh cielos). La idea sería –modestamente, sugiero– alejarse de los discursos de calidólogos, neuroeducadores, gerentes y otros excelentistas del último día y abrazar la realidad de lo que somos y de lo que es la profesión: un grupo de mediocres, sesgados y limitados mortales enfrentados a la provisión de cuidados con técnicas y resultados inciertos basados en evidencias débiles. Y, sí, claro que somos perfectibles (infinitamente, en muchas dimensiones, no sólo la técnica) pero, si nos midiéramos, si nos midieran (más feed-back por favor), en nuestra performance, probablemente nos veríamos así, natural y absolutamente mediocres y asintóticos (si tenemos la suficiente experiencia) y en perfecta decadencia (si estamos rozando la jubilación que quizá hemos solicitado, estúpida y arrogantemente, prorrogar). 

                  Abandonemos toda esperanza: la excelencia, ese camelo, ese aceite de serpiente (a.k.a. snakeoil) para advenedizos, no va a llegar, no va a funcionar. O lo hará, pero como los crecepelos, sólo para creyentes o para los que no son calvos. Perseguidla, de acuerdo, haced otra editorial más en la revista de la sociedad que toque, pero si resultan ser molinos de viento, ni a mí, ni a Cervantes (que ese sí escribía excelentemente), ni, sobre todo a los pacientes y a los compañeros de profesión, nos pidáis explicaciones. 

Seamos prudentes con la perfección: genera monstruos.


[1] https://elpais.com/diario/2006/02/06/universidad/1139255094_850215.html

[2] https://www.elsevier.es/es-revista-educacion-medica-71-articulo-la-excelencia-educacion-medica-aspire-S1575181315000297

[3] “el fetiche no es el elemento al que me aferro para poder actuar ignorando lo que sé: el fetiche es este propio acontecimiento”. Zizek en (4)

[4] Demasiado tarde para despertar ¿Qué nos espera cuando no hay futuro? Slavoj Zizek. Anagrama. Documentos.  2024.

[5] Contra la perfección: la ética en la era de la ingeniería genética. Michael J Sandler. Ed. Debate 2021. Conferencia en Fundación R Areces:  https://www.youtube.com/watch?v=bWYuwCO9Ulo

[6] https://elpais.com/deportes/juegos-olimpicos/2024-08-05/mondo-duplantis-un-ovni-sobre-el-stade-de-france-eleva-a-625m-su-record-del-mundo-de-pertiga-oro-en-paris.html

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Productividad_marginal

[8] https://tono-menor.blogspot.com/2015/10/top-5-las-obras-mas-dificiles-para.html#:~:text=Para%20Szeryng%2C%20el%20Concierto%20nº,como%20por%20su%20complejidad%20compositiva.

[9] https://www.abc.es/xlsemanal/a-fondo/estudios-mediocridad-esfuerzo-triunfo-trabajo-consecuencias.html

Despropósitos 2024

Seleccionar mejor mis lecturas aleatorias.

Confirmar la incertidumbre como concepto incontrovertible.

Distinguir mejor entre lo banal y lo superfluo, cuando sea importante.

Militar en el escepticismo, estoicamente.

Aprender lunfardo, por si los tangos.

Escribir aforismos con argumento y personajes, o sea, novelas. Novelas cortas. Cuentos. Escribir aforismos.

Disparatarme con todo el sentido del mundo.

Vagar en vano. Pasearme en sentido contrario.

Investigar las causas de mis ocasionales desgracias, porque nunca acierto con la desgracia adecuada.

Fingir más autenticidad y que se note.

Mirar al desdén por encima del hombro.

Invertir en el próximo siglo, que seguro me resultará más estable que este.

Rescatar del olvido todo lo que dé señales de auxilio.

Descubrir las leyes que gobiernan la desidia general. Abolirlas.

Fundar el partido “Democracia y Deseo” y ganar la alcaldía de un pueblo minúsculo con el único voto. Llamarlo con mi nombre.

Beber menos café. Entre horas. Después de las comidas. En el desayuno y antes de cenar. Mientras estudio o cuando leo. Antes de salir a correr. Y cuando me apetece.

Aprender a nadar entre dos aguas. Saber distinguirlas.

Vestir más elegantemente y que nadie se de cuenta.

Fumar a escondidas de mí mismo.

Violentar la falsa paz de los adaptados a la guerra.

Que llueva de una vez encima de este papel mojado.

Acumular matices, coleccionar detalles, visitar rincones. Entender mejor lo que no entiendo.

Seguir con lo de siempre, siempre que pueda.

Valorar las cosas en su justa medida o mandar todo a la mierda, según convenga.

Escribir mejor que Kafka. Las historias clínicas, me refiero.

No confirmar nunca los desmentidos con dobles negaciones.

No ser poeta, ser boxeador. #szymborska

Ser más Mafalda y menos Felipe, excepto respecto al pelo.

No creer en el cambio climático. Pasarme a las plagas bíblicas.

Realizar una cirugía inconsútil.

Publicar un algoritmo sobre cómo no publicar nunca nada sobre IA.

Medir consecuencias, más que apoyar causas.

Promover un apartheid de lo intolerable.

Llegar tarde siempre a lo último.

Intentar que este año no pase tampoco en balde sin averiguar qué quiere decir “pasar en balde”.

Seguir siendo.

Punica granatum

Ha brotado el granado, de nuevo. O como siempre.

Y yo, también como siempre, en vacaciones, haciendo lo imposible porque el tiempo pase lo más lentamente posible, es decir, intentando no hacer nada. 

Casi nada. 

Lo indispensable: ducharme, desayunar, salir a correr, leer. 

Perder el tiempo para ganar tiempo. 

Pero el tiempo, claro, a lo suyo, a vencer todas las batallas. La maldición del ser humano no es ser consciente de su mortalidad, sino ser consciente del tiempo. El tiempo que te arrincona, en la esquina del recreo, se lleva tu bocadillo y te escupe un par de insultos nuevos, certeros (ni tú te hubieras insultado mejor). El tiempo como maldición de los dioses más antiguos. Porque, quizá, Prometeo no nos dio el fuego robado a aquellos dioses: nos dio un reloj de pulsera que le había mangado a Poseidón (sumergible, eterno, carísimo).

Pero antes, decía, el granado: punica granatum

El granado, frente a mí, al otro lado de la valla, se empeña en recordármelo (el tiempo). Cada hoja, más verde que la anterior, llevándoselo (al tiempo), como un nutriente, la savia que recorre sus nervaduras, brotando del tronco que parecía haber muerto por unos meses. Junto a él, decenas de mirlos, cada vez menos tímidos, empleando un lenguaje musical, místico y, por tanto, ininteligible: música que es, sobre todo, tiempo (intervalos, ritmos, silencios). 

Del granado todo es/será un milagro: el tronco, las hojas, las flores, el fruto (la manzana granada, la manzana fenicia: el malum granatum, punicum malum). Los armenios (otra época) lo cultivaban, hace más de 5000 años: formaba parte de los jardines colgantes de babilonia, dice Wikipedia (esta época). El granado es, por tanto, tiempo, pero tiempo vegetal, otra escala de tiempo, mirándome, triunfante desde el otro lado de la valla, desde otra primavera, desde otra época.

Los babilonios creían que masticar sus granos antes de las batallas los hacía invencibles: masticar ese tiempo vegetal, creían, los haría invencibles.

Yo solo lo miro, sabiéndome vencido. De nuevo.

Asphodelus fistulosus

Las flores y las personas comparten, al menos, tres características: su presencia universal, su perseverancia y su carácter efímero. En esta época, las varitas de San José (asphodelus fistulosus) acuden, puntuales, a su onomástica. El desordenado jardín que es esta naturaleza humanizada que me rodea, tan cerca y tan lejos, las exhibe a cientos, creyéndose eternas por unas semanas. Estas son las flores que, según la mitología griega, tapizan los Prados de Asfódelos, la región menos conocida del Hades, el inframundo. En la Guía Trotamundos del Mundo Clásico de los Muertos son mucho más conocidos el Tártaro (una especie de infierno, para entendernos) y los Campos Elíseos (el lugar para las almas de los héroes). Los Prados o Campos de Asfódelos serían un tercer lugar: el dedicado a la vida eterna de las almas mediocres. Por algo me gustaron, desde niño, estas plantas.

Las flores y las personas comparten, al menos, tres características: su (ocasional) belleza, su (aparente) pasividad y la tendencia a dar frutos. Las flores, como las personas, no han existido siempre, aunque las conozcamos desde hace tanto. Las angiospermas, desde su eclosión en el Cretácico, tienen unos 130 millones de años; el género Homo, quizá 600.000, contando desde los más arcaicos. Así que, para nosotros y nuestros ancestros, siempre ha habido flores. Hemos apreciado, unas veces más que otras, unas personas más que otras, su belleza, sus propiedades medicinales, sus nutrientes. Comemos, también, flores mucho antes de que los cocineros (con estrellas) las dispusieran como entrantes o guarnición: las alcachofas, el brócoli, las alcaparras… Somos polvo de estrellas con la posibilidad de ver, de cerca, alguna vez, una flor.

Las flores y las personas comparten, al menos, tres características: su dependencia del medio, su (simultanea) presunción de independencia y su falta de memoria. Sólo olvidando el crudo invierno se puede acabar así, haciendo esta publicidad de uno mismo, de una misma.

Poniéndose el nombre del padre del hijo de Dios.

O poblando el cielo, tan abundante, tan extenso, de los mediocres.

Despropósitos del año nuevo (y…)

Mantener un adecuado estado de salud decadente.

Considerar seriamente la posibilidad de que todo esto que me pasa no sea vejez, sino una adolescencia tardía, mal llevada.

Buscar la forma de caer bien a los que ya les caigo bien. Encontrarla.

Ir en bici a todas partes a las que se puede ir en bici. Evitar el trayecto comedor-dormitorio (por las escaleras).

Aprender, por fin, que no todo se puede aprender (y enseñarlo).

Leer los libros que tengo mientras leo los libros que voy a ir comprando.

Desarrollar un algoritmo que prediga lo que no necesito en absoluto (no incluir los libros).

Establecer definitivamente el mapa de mis decepciones y cerrar esas fronteras con concertinas y personal armado.

Leer más a Amador y menos a Fernando.

Ver el telediario sin sonido y aprenderme la gestualidad de los hombres del tiempo.

Buscar una alternativa a la expresión “hombre del tiempo”: diseñar un lenguaje inclusivo (por defecto), una especie de “esperantx”, que no me obligue a sospechar, cuando digo “todos ” o “todas” o “todxs” o “tod@s”, que soy un criminal (o criminala).

Que se pueda pedir hora para el médico sin pensar en la Teoría de la Relatividad.

Asistir a la dimisión de todos los que saben que no saben lo que hacen allí donde lo hacen.

Seguir pensando que la justicia es mejor que los milagros, a pesar de que la lotería le toque a un inmigrante que llegó en patera y que trabaja en un matadero por una miseria de sueldo. O precisamente por eso.

Vivir por vivir (vivir al cuadrado).

No comprar. Salvo los lujos imprescindibles.

Cuidar lo que poseo, es decir, la capacidad de cuidar.

Creer (otra vez) en la posibilidad de la semana que viene.

Y no procrastinar (no tanto, a partir de mañana).

Marte

Terraza. Exterior noche. Cena familiar que incluye a mi esposa, mi sobrino (10 años), mi hija (23) y una amiga de ésta (también 23: se conocen desde el colegio). Mi sobrino juega cedido mientras sus padres descansan el fin de semana a dos horas de coche de esta cena ligera, ya en modo verano y que supone más fruta que proteína, más líquido que sólido. Comemos y hablamos protegidos de los mosquitos por dispositivos de diferentes modos de acción: sprays, espirales de humo, incluso pegatinas en la piel (calcomanías, ahora llamadas tatus) impregnadas con citronella de liberación retard. Además de la cena, disfrutamos de conversaciones superficiales, suaves como esa brisa que creemos notar.

Hablamos de perros, de caballos, de plantas, de proyectos personales y de veganismo. Alguien plantea incluso –no soy yo esta vez– si las personas veganas pueden/deben matar mosquitos. Alguien dijo que la ideología sobre la comida es, también, quizá ahora más, una religión, incluso una época. Yo no lo digo esta vez, tampoco.

Mi sobrino comenta algo sobre las estrellas. Desde la terraza, lejos de la ciudad en llamas, se pueden ver bastantes estrellas, sobre todo las del Sur. Yo apunto, ahora sí entro, muy seguro de mí mismo, con esa especie de cuñadismo 2.0 del adulto que educa al sobrino, que esa estrella que brilla intermitente por encima de las copas de los pinos tiene un color diferente ¿lo ves? ¿ves que no es blanca-blanca? “Naranja” dice la amiga de mi hija. “Exacto”, respondo, con la sonrisa del actor al que le dan la entrada correcta para su monólogo-estrella (literal, en este caso). Y les cuento, adornándolo de múltiples detalles, que, efectivamente, no es una estrella, es un planeta, concretamente Marte, el planeta rojo, de ahí el tono, no todo lo que hay en el cielo nocturno son estrellas, sobrino, ya tu sabes, planetas, insisto, y eso otro, que se mueve tan rápido por encima de nuestras cabezas, un satélite, cuál, ni idea, un satélite, chaval, no llego a tanto.

La amiga de mi hija duda un momento, pero finalmente interviene. Con el aplomo de una astrónoma amateur de la generación Z sostiene que no, que eso no es Marte, porque (1) los planetas no parpadean –“titilan”, añado yo, aún henchido de cuñadismo y sin darme cuenta de que mi anécdota empieza a hacer aguas en mitad de la galaxia– y (2) Marte no está en esa posición sino mucho más al Este. En un segundo, apoyando el argumento, abre una aplicación en su móvil y lo comprobamos. Efectivamente: lo que yo había señalado como Marte era en realidad, es decir, es, una estrella anaranjada llamada Gamma Aquilae o Tarazed, de una magnitud aparente de 2.7, la segunda más brillante de la constelación del Águila, etcpedia. Marte –el planeta– está, aunque no lo podemos ver, hacia allí, como detrás de esas casas. Eso dice mientras desplaza el teléfono como un pequeño telescopio y lee la información que le proporciona la aplicación. En unos segundos añade, además, una búsqueda rápida en Google que desarrolla el al parecer sobradamente conocido hecho de por qué las estrellas parpadean y los planetas no lo hacen. “Si quieres la explicación completa está aquí”, añade, señalando un link o dos más.

Balbuceo algo con lo que reconozco ante todos mi confusión, el error en la información y mi exceso de confianza astronómica, que excuso en la certeza de haber utilizado una aplicación similar en el pasado con la que identifiqué Marte –o quizá era Júpiter, ya no recuerdo bien: la noche (estrellada) me confunde– en esa posición. Es incluso posible que fuera en otra hora o en otra época del año y las órbitas ya se sabe, son elípticas y tal. Sí, es posible, creo que dice alguien o quizá no. Nadie va a dudar de la exactitud enciclopédica de Google y, menos aún, de una aplicación ad-hoc. Mientras tanto, seguimos viendo a las estrellas parpadear y quedamos en silencio durante unos segundos que me parecen años-luz.

Ya, después, en la cama, pienso en todas las noches, todos estos años, que llevo admirando el milagro del Universo, la armonía de la bóveda celeste, la coreografía de las estrellas, constelaciones y planetas, mientras miraba un planeta Marte que no lo era, todo este tiempo de reflexiones inspiradas en algo perfectamente equivocado.

O quizá no. Quizá las estrellas sean como quieras tú mirarlas, como quieras nombrarlas.

A pesar de ellas mismas y precisamente.

Y creo que me consuelo algo mientras mi sobrino, mi esposa, mi hija, ya saben que no. Que no soy (no seré nunca) nada fiable.