Zen y el arte de la cuarentena (27)

20/04/20

Por la mañana no trabajo. Lunes y no trabajo. El Virus y su reestructuración de turnos, labores y modos de hacer. El Virus que se ha hecho su lugar, entre nosotros, con nosotros.

El Virus que se te mete dentro, como el miedo. (Esa expresión: “meter miedo”).

Me pongo a arreglar la bici. La lámpara de delante se apaga continua y aleatoriamente y, cuando voy al trabajo por la mañana, aún con poca luz, me expone a ser atropellado estúpida e impunemente. Lleva así todo el invierno y en la casa donde la llevo a reparar no consiguieron hacerlo bien. Apenas funcionó durante un par de semanas para volver a apagarse, en cualquier momento, siempre en el peor momento, claro.

Hace una mañana preciosa, una consecuencia necesaria de la tormenta de ayer (adviértase la poco sutil metáfora). Brilla un sol suave en un cielo limpio como nunca, un aire a estrenar. Las hojas de las plantas presumen con el mejor de sus verdes y esas gotas que les favorecen tanto (y yo me voy poniendo cada vez más cursi, a tono con el día, perdón). En la terraza, subo la bici al trípode que uso para las pequeñas reparaciones. Saco la caja de las herramientas (una de estas donde un montón de llaves —llaves Allen, llaves de boca fija, de estrella, de carraca, destornilladores, llave inglesa, alicates, pinza extensible— esperan perfectamente colocadas en una especie de panoplia toledana (pero de plástico) a que surja una reparación cuya herramienta imprescindible no esté incluida en el set). Esta vez no, está todo lo que necesito porque necesito poco: un destornillador y un par de llaves fijas sencillas. Desmonto el portalámparas, lo que me obliga también a desmontar el freno delantero, abro e inspecciono todo el mecanismo e identifico el problema: el cable que alimenta la lámpara desde el generador de la rueda delantera está suelto y no hace contacto con el interruptor.

Sencillo.

Refresco el cable, rehago la conexión, vuelvo a atornillar todos los pequeños tornillos que he quitado para llegar hasta allí. Lo pruebo varias veces y funciona, perfectamente. Golpeo la bici para comprobar que el movimiento, cuando la use, no va a aflojar de nuevo las conexiones de los cables. Aprovecho y ajusto el freno trasero, algo destensado últimamente. Hago rodar la rueda en el aire y oigo el traqueteo metálico y perfecto del buje, de los trinquetes, que disminuye en su ritmo según la rueda va dejando de girar, como el mecanismo de un reloj que se parara, lenta y sigilosamente.

(Clic).

Hace muchos años leí un libro, un libro de los 70: “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”. No tengo ni idea de por qué lo leí, nunca he sido motero ni me ha atraído ese asunto de disfrazarme como un “Ángel del Infierno” o, en modo menos radical, de Dennis Hopper en “Easy Rider”. Tampoco ha tirado demasiado de mí “lo” Zen, aunque me ha interesado y he leído alguna cosa (lo que más me ha gustado, lo más reciente, la “Filosofía del budismo Zen” de Byung-Chul Han, ese filósofo tan de moda y tan claro que no le gusta a los demás filósofos de moda) . Pero me gustó el libro de Pirsig —el de la motocicleta y lo Zen— por todo lo que no tiene que ver —y sí, y también— con el mantenimiento de la motocicleta, la mecánica, por todas aquellas digresiones filosóficas de un hombre que viaja en moto por las carreteras de Estados Unidos, acompañado por su hijo, su mujer, amigos. Un lugar común, casi, un lugar mental común: el momento de concentrarse, de dedicarse a la reparación de un objeto, el momento, el presente continuo, de conducir (de ir conduciendo), la metáfora del viaje, el milagro de aparecer en cualquier otra parte, después, y seguir y no seguir siendo el mismo.

El momento de pensar con los otros, sobre los otros, sobre nosotros.

La mecánica de la bici es relativamente sencilla, al menos para el mantenimiento habitual. Los tutoriales en YouTube ayudan cuando la reparación te supera y resulta muy gratificante cuando consigues hacerte con el problema y que vuelva a oírse ese sonido tan elegante de la cadena al deslizarse por los engranajes. Comparada con la tecnología casi mágica que nos rodea y nos domina y a la que apenas podemos acceder, esa hiper-tecnología impermeable a cualquier intento de reparación, la mecánica de la bici resulta un verdadero placer (¿cuál no lo es?) y, como todo placer, algo bastante recomendable.

Y luego, claro, están los chautauquas, algo así como todo esto.

Y este aire. Este aire, esta mañana de lunes, después de la tormenta.

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