Cuarentena on the rocks (26)

19/04/20

Domingo.

Pero como un domingo doble, como esos whiskys dobles de las películas de los 60, o de Mad Men, en esos vasos anchos como piscinas, que se cogen del borde con toda la mano y se mira adentro, muy adentro, antes del primer trago, al entrar en casa, o en el despacho, muy tarde, demasiado tarde.

Domingo doble, pues.

La mañana la dedico a los periódicos (lo justo) y a otras lecturas (tanto como puedo). Me engancho —de nuevo— a Leila Guerriero y decido no contener el impulso de comprar el libro (e-libro y perdóname Jorge Carrión, ya sabes, estos días confinados sin librerías y los impulsos, mal medidos) que recopila sus columnas de periódico, al que añado otro que es o debe ser un reportaje-modo-Guerriero (espero) sobre un pianista. Hay escritores —ella lo es— que dominan el difícil lugar de lo breve, un lugar que ocupan haciéndolo brillar como un fuego de fósforo, más que como un hogar, un fuego incómodo, fascinante. [Ella nunca escribiría una frase tan mala como la anterior, por eso vale tanto la pena]. Después de Guerriero continúo con Fresán que va para largo, como siempre, y parece espiarme desde su libro-webcam (esa que tiene desde “La Velocidad de las Cosas” y que continúa antes y ahora, antes y después de tanto increíblemente bueno en la parte X, Y y ahora la parte recordada) y me echa un rapapolvo —circa página 100– a cuenta de la (mala y masiva) literatura del (tan prescindible) yo.

A mí me lo dice —en mi psicopatía autorreferencial—, que querría escribir como él (o haberlas escrito como su excritor), alguna vez, aunque solo fuera un par de líneas. (Y aquí, si yo fuera el narrador que escribe al excritor, seguirían diez o doce frases como —pero mucho mejores que— “Líneas como raíles de un tren que, en realidad, no va a salir ya nunca de esa estación” o “Líneas tan torcidas que ni Dios se atrevería ni, por un milagro, las podría poner rectas “ y todos esos y tantos etcéteras.)

Por la tarde intento tocar el piano (en el modo discapacitado musical con el que yo toco el piano) y pruebo un micrófono que recibí antes de la cuarentena. No acopla, al fin. En treinta minutos ya tengo una canción que, dada la distancia que me separa de Bob Dylan (y/o la ausencia de instrucción musical que atesoro como un ídem), solo puede ser mala como el infierno.

Pero no importa, no me importa.

La canto una y otra vez hasta que me doy por satisfecho o me agota, no sé exactamente; cambio algunas palabras, no muchas, encajan —relativamente— desde el principio, incorporo un ritmo sintético a 78 bpm que le sienta bastante bien, como los acordes de séptima y ese estribillo raro (pero que muy raro). La metáfora es bastante infantil (el Universo, una estrella que implosiona y libera toda su energía, etc) pero el campo semántico que abre está bien, aunque al final “electrones” solo me rima bien con “neutrones” y no consigo que las palabras “Heisenberg”, “Bohr” o “electrodébil” entren en ningún verso. Lástima.

No la grabo, para poder olvidarla pronto, y hago la cena: hervido.

Una vez me dijo alguien que, si lo tuvieran que operar, le gustaría que el cirujano supiera de lo suyo, que no tuviera otra afición que lo pudiera distraer, que no escribiera o tocara música o pintara. Que escribir, me dijo —era un poeta, un buen poeta, y los poetas mienten con toda la verdad por delante—, necesita dedicación completa (y, en el subtexto —gesto de poeta condescendiente—, que dedicarse a lo que yo me dedico, pues qué menos, chaval).

Pero no me dijo que habría domingos así, tan inevitables y tan largos como como esos whiskys dobles en Mad Men.

O no lo recuerdo.

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