Guardia en Cuarentilandia (19)

11/10/20

Sábado de Gloria y… Gloria trae un brownie para celebrar, en el relevo de la guardia, con los que nos vamos. Nos ponemos lejos, “entrantes” y “salientes”, en el aula habitual, a más de dos metros de distancia. Unas cuatro sillas libres, al menos, entre cada uno. Resulta raro desayunar así, contarse las cosas así, es la “new normality” que dicen, que decimos, ya todos (la nueva normalidad es, sobre todo, anglófona, I‘m afraid).

“Dar el relevo de la guardia” es un tipo específico de narración con un código tácito pero que todos respetamos como las Tablas de la Ley en el Sinaí. Suele empezar con “en la guardia de ayer” en las ocasiones más formales, con alguien con cara y voz de cansancio sentado en una mesa frente al auditorio de cirujanos semidormidos/semidespiertos. Se describe cada caso, la clínica inicial, cuándo y cómo empezó todo, qué se sospechó de inicio y que exploraciones complementarias se hicieron, los análisis, sus resultados, las pruebas de imagen, los informes del radiólogo, ¿véis? aquí, esta imagen, sí, eso. La historia acaba en un “la/lo ingresamos con tratamiento” o “la/lo operamos” y la descripción de hallazgos y maniobras. Después comentamos cómo han ido los pacientes ingresados en las últimas 24h, quién va mejor, quién no tan bien. Cualquier desvío notable en la narración —en las normas de la narración— es señalado por el exigente público, arqueando una ceja, carraspeando —ahora queda mal, carraspear— o, si el tema lo precisa, exigiendo una aclaración, una justificación. El relevo debe cuadrar, como un buen libro de contabilidad, sin desfalcos, sin desfallecimientos. Claro y limpio.

Se habla mucho, entre nosotros al menos, sobre la sensación de “salir de guardia”. Esa mezcla de satisfacción + alivio + descompresión + cansancio. Ahora ya no es exactamente lo mismo. No hay mucha satisfacción ni alivio, dentro, estos días. Y fuera hay aire, pero es aire comprimido.

Para intentar mejorar las cosas —o sea, mi ánimo, eso que viene de alma—, aprovecho que me coge de camino y paso por el mercado de Verónicas. La cola es olímpica. Una vez más aparecen los espacios entre cada uno de nosotros, marcados diligentemente en el suelo con cintas adhesivas amarillas: distancias, líneas, que nos hacen (más) raros. La nueva normalidad no acaba de encontrarnos, no cuadra, del todo, con nosotros.

En el mercado compro tomates —espectaculares—, verduras de tamaños y colores variados, harina de espelta integral (por fin), quesos, sobrasada picante y paletilla de cabrito (de oferta). Otra cosa típica del saliente de guardia: la autogratificación. En un saliente (malo) de alguna guardia (peor) me he llegado a comprar una bici, un equipo de música (que L me obligó a devolver) y, qué menos, un par de (o tres o cuatro) libros. Autogratificado y cargado, salgo de Verónicas mientras las gafas se me empañan con el vapor que genera la mascarilla.

A la salida ordeno todo en la bici. Un compañero, M, todavía a media cola, me saluda y sonríe, vagamente condescendiente (modo “eso no te cabe en las alforjas ni aunque reduzcas el cabrito como un jíbaro”). En un gesto que es, a la vez, como una defensa (metafórica) de esgrima —defensa en cuarta: estoy leyendo, disculpen, a Pérez-Reverte (“Hombres buenos”) para llevar esto de la cuarentena con ligereza y mejorar algo el ánimo con ese saber estar de sus personajes, siempre tan resueltos— saco una mochila de una de las alforjas y multiplico x 3 la capacidad de carga (ciclista). Vencida la sonrisa —condescendida—del colega (M), monto y pedaleo, autogratificado y cargado como un mulo, camino de la Vía Amable (no soporto este nombre). Otra vez, otro saliente, en otra guardia tachada del calendario, con otro día que hay que contar, como el relevo, con la precisión y el aseo debido.

“En la guardia de ayer” dirá de nuevo, mañana, Gloria, a los que vayan, a los que les toca.

Y le tengo que pedir la receta del brownie, que no se me olvide.

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