Diario de cuarentuna (3)

19/3/20

Es fiesta pero no tanto: hoy tengo guardia. De camino —en bici, de nuevo— al trabajo, las calles se ven vacías, silenciosas, tan solo habitadas por gente pobre. Gente muy pobre. Los inquilinos de Jesús abandonado esperan el autobús, un autobús que tal vez no llegue hoy. Los africanos en la gasolinera del Rollo esperan las furgonetas que les lleven, hacinados, a los campos de Cartagena, a un trabajo que tal vez no tengan hoy. Pequeños grupos de gente con pieles de diferentes grados de oscuridad caminan por las aceras buscando algo, algo que tal vez no llegue hoy. Visten ropa pobre, andan con pasos de pobre, te miran de la forma en que te miran las personas pobres. Fuman. No sonríen. Hay algo de apocalipsis zombie en todo esto, pero ¿quién es el zombie? (Alguien ya ha dicho esto en alguna parte. Alguien ya ha dicho todo alguna vez).

Todos, toda la ciudad, esperamos, encerrados, a mañana: mañana es cuando todo se soluciona, mañana será una mañana azul, azul ansiedad. Todos encerrados en su casa, hasta mañana, menos los que no tienen casa.

Mañana se acabará la guardia, otra guardia.

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