“Volver” a.k.a. “La piscina de Toni Soprano”

Volver.

Otros años he escrito algo cuando me he ido –cuando nos hemos ido– de vacaciones.

Pero este año me apetece más escribir sobre “volver” (si es que se vuelve, alguna vez, a alguna parte, especialmente yo, que nunca me acabo de ir, de dejar ir).

Vuelvo a ver “Los Soprano”. He leído una columna en el periódico que ensalza la serie por su visionaria forma de narrar, de inaugurar el terreno de estas películas por capítulos a las que todos nos hemos ido aficionando en mayor o menor medida, ese producto que recomendamos con fervor, intentando que otros se hagan partícipes (descubrimos series como otros, antes, descubrían océanos, con menos épica, pero con el mismo entusiasmo), para poder comentar con el neófito o el experto las escenas, las situaciones, los finales, sobre todo los finales. Comentar, vivir, nuestra vida –paralela– de ficción.

Vuelvo a ver esta serie con la tecnología actual, streaming, HBO, VOSE, etc. La vez anterior no recuerdo bien dónde me quedé, sé que no pasé de la segunda temporada. Tampoco sé por qué, aunque veo que los primeros capítulos se emitían el año en que nació mi hija. Quizá sea que no teníamos demasiado tiempo. Quizá no me “enganchó”, pero la reviso y es, efectivamente, droga de la buena.

Y está esa estupenda canción de los títulos de crédito iniciales. La descargo en Spotify. La oigo mientras corro, de nuevo, por el monte.

Vuelvo (a Los Soprano): está ese acento italoamericano y todas esas inteligencias enfrentadas, como cuchillos. Nada es fácil en el mundo de Toni Soprano y pronto sabes que también es tu mundo, exagerado –o no tanto–, caricaturizado –o no lo suficiente–, pero lo sientes como la propia Realidad (™), imponiendo sus tiempos, sus obligaciones, sus cadáveres.

El capítulo inaugural de Los Soprano termina con la imagen de la piscina de la mansión de Toni Soprano. La piscina de la que ya han volado los patos, la familia de patos, cuando los pequeños han aprendido a volar. Los patos significan mucho para Toni Soprano.

Significan, quizá –¿quién sabe lo que piensa Toni?– que nada, nada, vuelve.

Volver para ver que todo ha volado, de nuevo.

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