#amnistía

La vida es lo que sucede entre vacaciones, pienso, mientras paseo por el monte. Mi perro olfatea pistas cuyo significado se me escapa –y deben ser muchas o muy interesantes–. Es un monte humanizado, al menos la zona por donde yo suelo caminar. “Humanizado” en el sentido de “paisaje humanizado”: sendas amplias, árboles de repoblación –pinos siglo XX, un clásico en nuestros montes con vocación de incendio–, señalización, vallas y barandillas donde alguien lo creyó necesario, ausencia de animales salvo algunos escasos pájaros (tórtolas, sobre todo) y, por supuesto, un bar –un buen bar– al principio/final de la caminata. Mucha gente, ésta y tantas otras mañanas de domingo, expurga sus cuerpos de los pecados alcohólico-calóricos del viernes y/o el sábado anterior. Este año se llevan las camisetas fosforescentes de deporte –ellas– y la ginecomastia cervecera –ellos–. Por los auriculares suena Nick Cave y, no tan lejos, en la ciudad, en el valle, todo el mundo cree que sabe quién es el enemigo. Mi perro parece seguir buscando un determinado olor que nunca encuentra, un mensaje que debería llegarle en forma química, algún día. La cuneta del camino es su bandeja de entrada. La vida de un perro es lo que sucede entre paseos, pienso. O quizá sea al revés. Nick Cave deja de sonar de repente y me entra una llamada donde una chica me pide más dinero para Amnistía Internacional. Me entran dudas, tantas dudas.

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