Vacaciones #12

Salgo a correr, otra vez. Son las 8 de la mañana, más tarde hará demasiado calor. La idea es intentar encontrar un sendero que va desde una cala bien señalizada, a unos 3 km de la casa, y sube por los acantilados hacia el sur del cabo. Estreno zapatillas de cross o de trail, no sé muy bien, aunque el dependiente de El Corte Inglés parecía muy convencido de la marca, del modelo, de la oferta, mientras me las cobraba. Cuando llego a la cala donde debe empezar la senda, el charco del lavapiés, junto a la arena, está lleno de avispas. Hay cientos pero no parecen preocuparse por mí, siguen devorándose unas a otras en pleno neoliberalismo himenóptero. Un poco más allá están abriendo el bar, poniendo las mesas, barriendo. El sendero, junto al bar, está muy bien señalizado, es un GR con la doble banda blanca y roja. La subida inicial es difícil, con mucha gravilla, luego se ensancha y se allana según alcanza unos 15 o 20 metros sobre el mar. La vista a partir de ahí es espectacular, en cada curva un paisaje de postal (debería decir de Instagram #federatas). Me paro en algunos carteles que detallan información sobre la antigua mina de plata, la cueva que habitaban las focas-monje, los antiguos asentamientos junto a la explotación del mineral. El monte está precioso, de una belleza áspera, metálica. Hacia el final de la senda se abre una cala de arena dorada, entre dos dunas fósiles. Me aparto del camino y desciendo. En medio de la arena hay unos diez o doce bidones de color azul eléctrico de grandes dimensiones, de unos 30 litros cada uno, agrupados. Algo que no debería estar allí, algo como de otro mundo. Me quito los zapatos, estoy solo en la cala. A pesar de cierta inquietud que me crea el conjunto de bidones no puedo evitar bañarme: el agua es un milagro de transparencia. Unos peces pequeñísimos me rodean los pies cuando entro en el mar. La sensación es fantástica, el calor es ya historia, el paisaje increíble, a solo 4 o 5 km de la masa de gente: aquí, #acontraguiri, el paraíso. Mientras me baño aparece un hombre por la vertiente contraria de la cala. Viste un mono de trabajo gris, de cuerpo entero con franjas amarillas fosforescentes en mangas y perneras. Lleva un sombrero de paja de ala ancha y gafas de aviador de espejo. Parece ser una especie de ¿funcionario-astronauta? salido de un episodio de Breaking Bad. Pronto veo que se dedica a retirar los bidones azules, de uno en uno, desapareciendo intermitentemente de mi vista, volviendo cada pocos minutos a por el siguiente bidón. Salgo del agua cuando aún le quedan 5 o 6 por recoger. Venciendo mi timidez –aumentada por el hecho de ir vestido con las mallas de correr mojadas que hacen transparentar mis calzoncillos de finas rayas blancas horizontales (cómo se me ocurre)– me acerco al hombre y le pregunto.
– Una patera. Deben haber llegado esta noche –me dice

– Y los bidones… ¿De qué son?¿Agua?

– Gasolina, hombre, gasolina. ¿Qué no se huele? –me contesta, mirándome por encima de las gafas de sol con la mirada que se dedica, universalmente, a un gilipollas.

Una patera. Y yo pienso en la mina de plata, agotada hace tantos años ya, mientras me calzo las zapatillas nuevas. Tan buenas, tan estúpidamente caras, de cross o de trail, lo que sea. 

El paisaje es menos espectacular cuando regreso, aunque ese hombre haya retirado ya los bidones.

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