Vacaciones #11

Contratamos un “bautizo de buceo”. El lugar es, dicen, ideal para practicar este deporte. Mis hijos transmiten entusiasmo y yo disimulo una leve inquietud por lo que supongo va a ser una muerte inminente y muy desagradable haciendo algo moderada-intensamente tonto para mi edad y mi condición física. Cuando llegamos al lugar, al club de buceo –¿por qué se llamará “club” como si fuese un lugar para discutir con una ceja arqueada sobre cricket o el tiempo adecuado de infusión de un té mientras se ojea la prensa?–, todo el mundo transmite una sensación de seguridad y profesionalidad que solo me reafirma en lo de la muerte por ahogamiento y/o en rescates in extremis. Si no fuera una posibilidad real –¿qué es una posibilidad real?– no andarían con tanta profesionalidad y tanta advertencia, pienso. Nos dan los trajes de neopreno (a mí me da un aspecto de tele-tubie que nadie parece querer hacer obvio quizá porque nadie tiene edad de haber visto los teletubbies con sus hijos, ni siquiera de tener hijos), escarpines y gafas. Caminamos hasta el barco (una lancha que se mueve muchísimo ya antes de salir del puerto) y partimos a una cala cercana. Han calculado que el bautizo (por qué no “extrema unción”, pienso) sea donde el mar va a resultarnos más amable a los novatos. Mientras la lancha oscila como si estuvieramos en una atracción de feria, nos dan las instrucciones sobre el equipo (botella, manómetro, reguladores…) y el procedimiento de forma sencilla. Instrucciones taxativas. También unos breves consejos en caso de pánico (que no retengo, por el pánico) y cuatro o cinco gestos para comunicarnos cuando estemos bajo el agua. Cada uno tenemos un monitor, un acompañante experto, para toda la inmersión. Cuando me ordenan me tiro de espaldas intentando que parezca una decisión propia y no una obligación socio-deportiva porque todos me están mirando. El resto… es una maravilla, sin matices. Ya sé otra cosa a la que he llegado tarde.”Hemos bajado a siete metros”, me ha dicho Juan, el monitor. El pulpo era increíble –le contesto–, y los pececitos de color azul fosforescente y la estrella de mar y el de la raya roja en el lado y el banco de peces junto a esa especie de cueva y la luz. Y él me mira como un adulto mira a un niño. Ya no pienso sólo en que hemos sobrevivido, sino en para qué, en cómo. En cómo.

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