He suspendido la vida.
Y no me refiero a que la haya interrumpido,
detenido o pausado.
Quiero decir, me entenderán,
que no llego al aprobado.
Un tres y medio, un cuatro a lo sumo,
si añado que mis hijos
son un encanto.
(En las notas, de pequeños,
les ponían “progresa adecuadamente”
y me daban mucha envidia,
aunque yo no, nunca:
he creído –y me he esforzado–
en ninguna de esas dos palabras).
He suspendido la vida, decía.
Empecé mal cuando quise ser
gente de bien.
Luego vi que, además, hay
gente notable,
incluso gente sobresaliente.
Y gente que te adelanta por la izquierda
o por la ultraderecha,
gente tan lista que, más que coger,
abate las ideas al vuelo.
He suspendido la vida
y no hay recuperación posible
ni en Julio ni en Septiembre.
Podría solicitar una revisión
pero ¿a quién?
¿Quién puso las pruebas,
las trampas, las pegas,
las pistas falsas,
las premisas incorrectas?
Porque la vida está mal planteada,
como esos problemas imposibles
que un profesor incluyó, distraído,
entre ecuaciones sencillas,
escondiendo para siempre la incógnita,
la equis, o lo que sea
que dicen que hay que despejar.
He suspendido la vida, creo,
porque nadie me advirtió
que la impiedad, el egoísmo,
la indolencia, el sarcasmo
y la indiferencia
entraban en el temario.
Y subían nota.