Su excelencia

Por tanto, sed vosotros perfectos  como vuestro Padre celestial es perfecto.

Mateo 5:48

La excelencia, ese semidios cruel al que apelar, ese tránsito inacabable, el altar donde sacrificar tiempo, amor, salud, incluso. 

                  La excelencia, la búsqueda [de la excelencia], como un mantra que rige nuestra vida profesional donde solo la perfección, esa elusiva, exclusiva y divina característica, tiene cabida. La excelencia como Gran Excusa, también, para tapar la imprudencia, la desatención a lo básico, a lo proporcionado, a lo humilde (de humus, tierra, también a lo humano con la misma, sí, raíz). La excelencia como vértice de la pirámide –i.e.convergencia de afiladas artistas– del hacer profesional. La excelencia, que nunca llega, del saber[1]: la pirámide, de nuevo, de Miller, ¿et. al.?. La excelencia como fuego eterno en el templo de la Medicina, monumento al médico, al cirujano desconocido, también fuego en el que arder –a.k.a. burn-out–, también, eternamente. La excelencia como marca, como certificado[2] (de excelencia, claro), como fetiche[3]. La excelencia como palabra que aparece cuando no se pronuncian otras: honestidad, realismo, conformidad, ajuste, proporcionalidad, justicia, etc.

                  La pregunta es ¿podemos dejar de pretender ser –disfrazarnos de– excelentes, dejar de perseguir la excelencia persiguiéndonos, a la vez, a nosotros mismos? ¿Podemos hablar del elefante en la habitación: de la mediocridad, de la media, de lo normal, así, tranquila y gaussianamente? ¿Podemos, excelentísimos lectores, celebrar o, al menos, trabajar desde nuestra imperfección, también en lo profesional? Como recuerda Zizek[4], el superego “es un instrumento cruel e insaciable que me bombardea con demandas imposibles y que se burla de mis intentos fallidos de satisfacerlas”. El superego, el policía (montado) de la excelencia.

                  Frecuentemente se invoca, en los numerosísimos tratados, artículos, editoriales, discursos, conferencias, etc. sobre el profesionalismo (médico) y sus derivadas, la metáfora del deporte para entender cómo deberíamos comportarnos: compromiso, sacrificio, competitividad, perfeccionamiento continuo, resiliencia. También se nos brindan ejemplos en el ámbito comercial, industrial y económico e, incluso, en la cultura y ¡en el arte! (excelente orquesta, excelente director, excelente oboísta…). Y las metáforas están bien así, para explicarnos lo que es difícil de articular con buenos argumentos. La razón poética (de Zambrano). Divinas, pues, las parábolas. Aunque se puede argumentar (bien, suficientemente) contra la perfección[5]como hace Sandler, afrontando “cuestiones que el mundo moderno ha perdido de vista”. El dopaje, la perspectiva de atletas más fuertes, más rápidos, más hábiles, incluso genéticamente modificados para ello ¿entran también en el paquete-metáfora de la excelencia deportiva? Y, en lo nuestro ¿no resultaría incómodo (“inquietante”) pensar en personas que tengan acceso a cuidados de salud “excelentes” y otros que no? Por seguir la metáfora: una asistencia sanitaria de primera (de champions, incluso) frente a la segunda, tercera división (regional, incluso). “La cuestión fundamental no es cómo asegurar la igualdad de acceso a la mejora, sino si deberíamos aspirar a ella”, dice Sandler que, además, utiliza otra metáfora, la “guerra armamentística” para referirse a estas prácticas que persiguen vorazmente la infinita perfección. Otra metáfora: la competición desmedida, arrogante, peligrosa (mortal) y ciega que es la guerra (¿origen del deporte?). Pensemos –solo por un momento, no vayamos a estropearlo– en la cirugía robótica, esa otra y actual guerra armamentística (o tecnoquirúrgica, mejor).

                  Veamos, pues, otro ejemplo, deportivo, deportivamente. En las últimas (excelentes) olimpiadas (juegos olímpicos me gustaba más, la verdad), Armand “Mondo” Duplantis batió el –su propio– record mundial de salto de pértiga con una marca de 6,25 m. Bravo. [Excelente.] El artículo de El País que publicaba la noticia[6], muy celebrada en los siguientes ¿treinta y cinco minutos?, incluía este gráfico:

                  Aquí podemos apreciar la magnitud de la gesta: 4 años de entrenamiento y competición (2020-2024) para saltar 7 cm más que él mismo. Y, sí, también atentos al mensaje: “A los 15 años consigue el mayor aumento de su carrera: 55 cm más que el año anterior” y al “Con solo…[etc]”. Es decir, el don / talento incial, los (intermedios) saltos cualitativos, irruptivos y, finalmente, el esfuerzo constante y la mejora progresiva pero lenta, asintótica (antes del declinar, eso no se publicará): la inexorable (subrayen el adjetivo, es un ruego) ley de los rendimientos decrecientes (o, también, la curva de productividad marginal[7]). 

                  Y, sí, reconozcámoslo: no conozco a médicos (ni otros miembros de las profesiones sanitarias) que dediquen tanto tiempo como un deportista, como un músico de élite, a su entrenamiento. Somos gente con menor dedicación, es así. “Soy X y no soy excelente”, deberíamos decir en nuestra Asociación de Mediocres Anónimos. También, podríamos deducir que interpretar excelentemente al violín el Concierto nº3 en Mi Mayor de Paganini (que puede, tal vez, ni siquiera ser la pieza más difícil para este instrumento[8]) resulta mucho más importante que hacer una excelente pancreatectomía o que coger una vía central (cumpliendo el estricto protocolo bacteriemia-zero) o que comunicar –¿excelentemente?– una mala noticia, abrazar un moribundo, curar una úlcera…

                  Por supuesto, no voy a abogar (Dios, en su infinita perfección, me libre) por hacer las cosas mal, indolentemente, sin atención ni compromiso ni, según su acepción usual, de forma mediocre. Pero sí, voy a romper una lanza por las clases medias de la profesión, los medianos (los hobbits de nuestra Tierra Media), los que realizan técnicas con los resultados en el rango de lo habitual, por los que tienen (si las/se miden) las complicaciones que se tienen en nuestro ámbito, en nuestro entorno, O.K., está bien: en el benchmarking. Sí, un cierto (auto)elogio de la medianía, de la mediocridad, otros lo han escrito antes[9]. Yo (me) acuso: no he realizado curas de úlceras sacras en un entorno de simulación antes de desbridar las dos o tres de la última guardia, no he leído el penúltimo artículo sobre las indicaciones de la biopsia de ganglio centinela tras neoadyuvancia en el cáncer de mama triple negativo (que dice, probablemente, lo contrario del anterior, o quizá lo mismo, pero el de la próxima semana no). Mi conocimiento no es, en modo alguno, excelente. Espero que se aproxime a la media, y ya me vale.

                  Antes mediano que quemado, mejor conforme que cínico, preferiblemente en la versión actual (pero posible) de mí mismo que en mi mejor versión (que igual no llega o ya pasó, oh cielos). La idea sería –modestamente, sugiero– alejarse de los discursos de calidólogos, neuroeducadores, gerentes y otros excelentistas del último día y abrazar la realidad de lo que somos y de lo que es la profesión: un grupo de mediocres, sesgados y limitados mortales enfrentados a la provisión de cuidados con técnicas y resultados inciertos basados en evidencias débiles. Y, sí, claro que somos perfectibles (infinitamente, en muchas dimensiones, no sólo la técnica) pero, si nos midiéramos, si nos midieran (más feed-back por favor), en nuestra performance, probablemente nos veríamos así, natural y absolutamente mediocres y asintóticos (si tenemos la suficiente experiencia) y en perfecta decadencia (si estamos rozando la jubilación que quizá hemos solicitado, estúpida y arrogantemente, prorrogar). 

                  Abandonemos toda esperanza: la excelencia, ese camelo, ese aceite de serpiente (a.k.a. snakeoil) para advenedizos, no va a llegar, no va a funcionar. O lo hará, pero como los crecepelos, sólo para creyentes o para los que no son calvos. Perseguidla, de acuerdo, haced otra editorial más en la revista de la sociedad que toque, pero si resultan ser molinos de viento, ni a mí, ni a Cervantes (que ese sí escribía excelentemente), ni, sobre todo a los pacientes y a los compañeros de profesión, nos pidáis explicaciones. 

Seamos prudentes con la perfección: genera monstruos.


[1] https://elpais.com/diario/2006/02/06/universidad/1139255094_850215.html

[2] https://www.elsevier.es/es-revista-educacion-medica-71-articulo-la-excelencia-educacion-medica-aspire-S1575181315000297

[3] “el fetiche no es el elemento al que me aferro para poder actuar ignorando lo que sé: el fetiche es este propio acontecimiento”. Zizek en (4)

[4] Demasiado tarde para despertar ¿Qué nos espera cuando no hay futuro? Slavoj Zizek. Anagrama. Documentos.  2024.

[5] Contra la perfección: la ética en la era de la ingeniería genética. Michael J Sandler. Ed. Debate 2021. Conferencia en Fundación R Areces:  https://www.youtube.com/watch?v=bWYuwCO9Ulo

[6] https://elpais.com/deportes/juegos-olimpicos/2024-08-05/mondo-duplantis-un-ovni-sobre-el-stade-de-france-eleva-a-625m-su-record-del-mundo-de-pertiga-oro-en-paris.html

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Productividad_marginal

[8] https://tono-menor.blogspot.com/2015/10/top-5-las-obras-mas-dificiles-para.html#:~:text=Para%20Szeryng%2C%20el%20Concierto%20nº,como%20por%20su%20complejidad%20compositiva.

[9] https://www.abc.es/xlsemanal/a-fondo/estudios-mediocridad-esfuerzo-triunfo-trabajo-consecuencias.html